Introducción
By Tom
28 de
Septiembre, una y media de la tarde, Stuttgart. Mi regreso a casa después de
una noche desenfrenada en el local de Black no fue muy agradable. Estaba medio
borracho, más bien resacoso después de dos horas en el baño más pestilente y
andrajoso que pudiera encontrar a veinte kilómetros a la redonda. Me había
quedado sin condones y el mareo se me pasó de golpe después de la fuerte paliza
que había tenido que propinar al mismísimo Black para que se olvidara del
asunto de tirarme a su novia. No tenía la culpa de que tuviera una puta por
novia que se vendía por veinte euros, al igual que tampoco tenía la culpa de
que a mí me lo dejara gratis.
Tenía
pensado tirarme en la cama y dormir hasta las tres de la tarde del día
siguiente cuando me encontré con un obstáculo de lo más inoportuno. Mi padre
había cambiado la cerradura de la puerta y mis llaves no podían abrirla. Golpeé
la puerta con el puño cerrado varias veces y me separé de ella cuando escuché
la voz clara de mi padre al otro lado.
-Es por tu
bien, Tom.
Estuve a
punto de tirar la puerta abajo a base de patadas y puñetazos, gritando que me
abriera, que en cuanto entrara, le metería una paliza, lo mataría, pero no me
abrió. Si no fuera porque las ventanas estaban cubiertas por barrotes, hubiera
trepado hasta mi cuarto y lo hubiera echado a él mismo de una patada en el
culo, pero era imposible atravesar los barrotes. Imposible forzar la cerradura
estando los cerrojos echados.
Le di una
patada a la puerta y fui hacía mi coche, al cual quería mucho más que a
cualquier ser vivo que me rodeara. Nadie había trabajado más que yo para
conseguirlo, ni siquiera mi viejo en toda su vida. Cierto que una gran parte
del dinero lo había conseguido en apuestas sobre, si tumbo a este, me daréis
veinte euros, si te salvo de aquel, me tendrás que dar cincuenta euros, no
prenderé fuego a tu coche, pero a cambio me darás cien euros, no te mataré si a
cambio me das doscientos.
La Ley de
la Calle. En realidad, mi Ley.
Mi Calle,
mis leyes. Mi ciudad, mi dictadura. Mis muñecos, mi juego.
Mi ropa, mi
guitarra, mis gorras, mis pertenencias, en el maletero del coche. Mi padre me
había echado de casa como un perro.
Sabía lo
que quería, joder, sí. Incluso me había actualizado el GPS del coche con el
mapa de Hamburgo y sus alrededores. Me había dejado una nota pegada al volante,
seguramente pidiéndome perdón y rogándome que lo entendiera. No lo sé, no la
leí. La hice trizas y tiré los trocitos de papel frente a la puerta, escupiendo
encima.
En ese
momento, Guetti se me acercó medio arrastrándose, con la cola amputada entre
las piernas soltando aullidos lastimeros.
-¡Espero
que se la dejes a Andreas, maldito hijo de puta! – le grité a mi padre desde
fuera, caminando hacía el coche y metiéndome dentro de un humor de perros,
encendiendo un cigarrillo y llevándomelo a los labios, arrancando el coche.
Era
absurdo. Llegar a esos extremos por mí integridad social, por mi extremista
comportamiento, por mi vida delictiva. ¿A quién le importaba que fuera por la
calle con la actitud y las ganas de tirarme a la cabeza de cualquiera que se me
pusiera por delante? ¿A quien le importaba cuanto alcohol consumiera o cuanto
tabaco fumara o, incluso, si llegaba a drogarme? ¿A quién le importaba cuantas
veces follaba al día? ¿A quién le importaba si utilizaba condones o no? ¿A quién
le importaba que pegara palizas a los débiles, que me metiera en peleas
callejeras, robara coches, rompiera cosas, hiciera grafitis o prendiera fuego a
algo? Era un delincuente, eso nadie lo negaba pero ¿Y qué? ¿A quién le
importaba? ¿A mi padre? Por mucho que se hiciera la víctima, no le importaba,
no desde luego. ¿A mí madre? ¿Aquella tía que no había vuelto a ver desde los
cuatro años? ¿La que se desentendió de mí? ¿Qué le importaba yo a ella como
para ahora, querer encargarse de un marginado social como yo? ¿Por qué los dos
después de no hablarse durante años se ponían en contacto para decidir qué
hacer conmigo?
Aquello no
tenía ni pies ni cabeza. De repente, me veía conduciendo por la carretera que
llevaba a Hamburgo a ciento treinta para no volver, a la aventura, a conocer a
mi madre y a ese hermano gemelo perdido del cual no recordaba absolutamente
nada. Mi madre era abogada de oficio, ganaba una pasta y por lo que suponía,
sería una amante de las reglas y las leyes, pija, rodeada de lujos, vestida de
negro, con gafas y con complejo de Roter Meyer. Yo era un delincuente que
pasaba más tiempo en comisaría que en casa, fichado a mis diecinueve años, con
antecedentes y poco dispuesto a cambiar para convertirme en un niño pijo y
repelente como seguramente sería ese gemelo mío que no conocía.
Sería
fácil. Sólo ser como soy y pronto volverían a echarme a patadas de allí. No
tenía esperanzas, no. En realidad, no tenía deseos de encajar en ese mundo y
tenía bastante asumido que tampoco en ningún otro y, sinceramente, me importaba
una mierda no encajar. Me gustaba como era, me gustaba jugar a ser Dios, me
gustaba pelearme, sentir la sangre de otros salpicarme, sentir el dolor, verlo,
palparlo, también sentir el placer del sexo puro, brusco, brutal. No tenía
ningún interés de ser aceptado allí, ninguno.
Encontrar
un juguete con el que jugar el tiempo que tuviera que aguantar allí estaría
bien. Un Muñeco, un bonito Muñeco con el que jugar, con el que experimentar,
con el que arriesgarme, con el que disfrutar plenamente del sexo y todo lo que
ello conllevara.
Un Muñeco
al que hacer sufrir… un Muñeco al que romper…
Poco me
importaba quien fuera o qué fuera para mí. No tenía preferencias por nadie,
cualquier criatura bonita con cuerpo de porcelana y fácil de manejar estaría
bien. Cualquier persona, cuanto más cerca estuviera mejor, cualquiera…
Sólo se
trataba de jugar con el Muñeco más perfecto que viera a mí alrededor, sin
importar quién o qué… cualquiera…
¿Cómo
hubiera pensado si quiera que el Muñeco perfecto podría ser mi propio hermano
gemelo?
Pero,
¿Acaso me importa que lo sea?
Un Muñeco
cercano y perfecto que allí estaba, esperándome.
¿Quién lo
habría imaginado? Al menos una tía, pero no.
El
candidato perfecto, mi hermano gemelo, Bill.
Mi próximo
Muñeco.
Pobre
Muñeco…

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