Estoy en clase. No puedo contestar tus mensajes cada vez que te aburras, ¿Dónde estás?
En
la facultad. Creía que te hacía ilusión que te mandara mensajitos a escondidas.
Tom,
estás loco. Deja de darme toques y mandarme mensajes.
Eres
tú el que me da conversación, vamos, ¡Llámame!
Intentaba
concentrarme en las lecciones y en los apuntes que me convenían tomar, pero era
imposible hacerlo con el móvil vibrando en mi bolsillo constantemente. La
factura de ese mes sería enorme pero, la verdad, poco me importaba porque Tom,
me llamaba. Y me gustaba. Me recorría un calorcito agradable en el estómago
cada vez que me vibraba el móvil y, aunque intentara concentrarme en la clase y
olvidarme de que tenía un mensaje, no podía dejar de pensar en qué me abría
enviado, deseando contestarle para que me enviara más y más.
Me
estaba volviendo loco. La obsesión por Tom, ahora que lo conocía, se me había
disparado y no estaba seguro de que fuera algo bueno porque… ¿Qué significaba
exactamente lo que estaba haciendo? ¿Lo que hacíamos los dos?
¿Qué
quieres de mí?
Le
mandé el mensaje directamente, a escondidas, sin pensármelo mucho y, en cuanto
se lo mandé, me arrepentí.
-La
clase ya ha terminado por hoy. Suerte con el examen de filosofía. – dijo el
profesor, sobresaltándome. ¿Ya había terminado la clase? Y no había apuntado
nada… Suspiré y me resigné mientras me levantaba de la silla y recogía mis
cosas. En la otra mano mi móvil vibró de nuevo y me apresuré a ver el mensaje
nuevo.
Es
simplemente a ti a quien quiero.
¡Joder,
pero como podía hacerme esto a mí! Ser tan, tan… tan encantador. A este paso no
tardaría mucho en caérseme la baba y eso, definitivamente no era bueno.
No
acababa de entender que estaba ocurriéndome. Con Natalie esto no era así, con
ella… todo era mucho más romántico, más tranquilo, nos tomábamos las cosas con
calma. ¡Esta relación es a lo loco! Mirarnos y ponernos a cien. Una relación
así…
¿Relación?
¿Relación, relación? ¿Qué clase de relación teníamos?
Era
mi hermano. Mi hermano gemelo al cual no conocía, de nada. Bueno si, de cosas
que no recordaba y no contaban. ¡No contaban! Debía acabar con esto ¡Ya!
Buscarme una novia guapa y amable y olvidarme de esta locura que me tenía la
cabeza alocada. Agarré el bolso, justamente cuando el móvil volvió a vibrar,
dándome un susto de muerte y provocando casi el bolso se escapará de mis manos.
-¡Eh!
– oí que me gritaban y me quedé tieso, oyendo un golpe seco tras de mí. Le
acababa de golpear a alguien con el bolso cargado de todos los libros más el
archivador de tapa dura en las napias. Tragué saliva. Todo el mundo se giró en
mi dirección y yo, me volteé lentamente, clavando la mirada en el suelo. Creo
que palidecí. – ¡Kaulitz, me has roto la nariz!
Le
di la espalda, cargué con todo lo que tenía que cargar y casi salí del aula
corriendo.
-¡Kaulitz,
de esta te acuerdas! ¡Cuando te coja te voy a dar tal paliza…!
-¡No
te abría dado si no metieras las napias en todos lados, capullo! – grité en
contestación. No era de los que se quedaban callados aunque luego me caldearan
y tampoco de los que no se defendían. Es más, me metía en peleas a menudo y no
solía quedarme de brazos cruzados… aunque casi siempre saliera perdiendo… y me
sentía tan intimidado antes de una pelea que las evitaba cuanto podía pero…
-¡Después
de filosofía vas a desear no haber nacido! – ignoré sus gritos y seguí andando
pese a las miradas de la gente. Ni siquiera fui a pasarme por el aula de Georg
o de Gus, me fui directamente a filosofía y de allí no me movió nadie durante
el examen.
Todo
el mundo me miraba hasta que comenzó. Si ya estaba nervioso por el jodido
examen, la pelea me había puesto de los nervios y, en ese momento, deseé acabar
pronto para poder irme a casa y… y ver a Tom. Era cierto. Quería verlo y
quería… quería que me tocara.
Tenía
el jodido examen frente a mí y me lo sabía, ¡Me lo sabía! Pero no me
concentraba. No podía sacarme a Tom de la cabeza. ¡Lo odiaba, estaba histérico!
De repente, otra vez sentí el móvil vibrar. Decidí darle de lado y concentrarme
en el examen pero… ¡No podía concentrarme sabiendo que tenía un mensaje suyo!
Miré para todos lados, con cuidado, esperando que nadie se diera cuenta de mis
intenciones e introducí mi mano en el bolsillo disimuladamente.
1
mensaje nuevo.
Suerte
con el examen, muñeco. Si apruebas, te aré un regalo ¿Qué te gustaría para esta
noche?
Pero,
¿De que iba? ¿A que venía ahora no se qué de un regalo? Tragué saliva.
Ya
estoy en el examen, deja de mandarme mensajes.
Suspiré,
nervioso, y me concentré en el examen, más relajado. ¡Otra vez vibrando!
Termina
rápida o iré a por ti.
¿Lo
mataba o no lo mataba?
No
volveré a contestar, ahórrate los mensajes.
De
nuevo, hundí la cabeza en el examen. Contesté media pregunta antes de que
volviera a sentirlo vibrar dentro de mi pantalón. No pensaba cogerlo. No… ¿Y si
era algo importante? No… no, Bill. Quieto.
¡Mierda!
Volví
a sacar el móvil disimuladamente del bolsillo y lo abrí.
-Kaulitz.
– me quedé paralizado. Vi claramente como toda la clase se volvía para mirarme,
curioseando y yo, lentamente, con las piernas temblorosas, giré la cabeza. A mi
espalda, mi tutora y profesora de filosofía me observaba con ojos escrutadores,
de brazos cruzados, con expresión casi divertida. – Así que copiando por medio
de mensajitos…
-No,
no, no estaba copiando. – tartamudeé torpemente.
-Dame
el móvil, Kaulitz. – abrí la boca de par en par y así me quedé durante unos
segundos, empezando a sudar, sintiendo como mi corazón se aceleraba y se paraba
cuando se agachó para quitármelo de las manos ella misma. Me levanté de un
salto, escondiendo el móvil a mi espalda.
-No…
- se empezaron a extender cuchicheos por toda la clase, a mis espaldas.
-¿Cómo
que no? – preguntó ella, con cara de sorpresa y tono severo. Yo negué
fuertemente con la cabeza, casi me sentía desfallecer.
-No
estaba copiando.
-Si
no estabas copiando ¿Qué hacías con el móvil? – ladeé la cabeza, buscando una
excusa aceptable, pero me quedé totalmente en blanco. – Es igual, dame el
móvil. – retrocedí en cuanto extendió la mano hacía mí, pálido. Los murmullos
se convirtieron en pequeñas risitas. - ¡Dame el móvil, Bill! – y se me echó
encima. La profesora y yo empezamos a pelearnos por mi móvil y la clase estalló
en carcajadas mientras intentaba quitármelo de las manos. Cuando me di cuenta,
espantado, ya le había metido un mordisco en la mano. - ¡Oh, Dios mío! – ella
retrocedió, escandalizada. Solté el móvil, demasiado shockeado al darme cuenta
de lo que acababa de hacer. ¡Acababa de agredirla! – No me lo puedo creer… -
murmuró, con el móvil ya entre sus manos y sulfurada, dirigiéndome una mirada
de reprobación, clavó la mirada en la pantalla del móvil. – No me dirás que
estás enfadado por lo de esta mañana o, ¿quizá por lo de anoche? Creía que te
haría ilusión la dedicatoria, que pena, yo me quedé con las ganas de echar un
buen… - mi tutora cayó, boquiabierta. Las carcajadas más ruidosas y los gritos
y vitoreos más exagerados destrozaron mis tímpanos. Me puse rojo de la cabeza a
los pies y estuve a punto de gritar, ¡Que alguien me mate! – Kaulitz, ¡Fuera de
mi clase, ahora!
-¡Kaulitz
mojó anoche!
-¡Que
bueno!
Volví
a entrar enseguida, abochornado.
La
profesora me miró con cara de mala hostia. Yo no dije nada, anduve despacio
hasta ella y, tragando saliva, le arrebaté mi móvil con un rápido movimiento.
De nuevo, los demás empezaron a descojonarse en mi cara, pataleando, algunos
incluso llorando al ver el poema que formó la cara de la tutora. Anduve hasta
la puerta de nuevo, siendo observado con la cabeza lo más alta posible y, en el
último momento, no pude evitarlo.
Me
giré y les saqué la lengua.
-¡Kaulitz!
– gritó de nuevo mi tutora, pero antes de que pudiera decir nada más, cerré la
puerta en sus narices. Las carcajadas retumbaban incluso más allá del pasillo y
yo, me regocijé por dentro. No tenía ni idea de cómo había sido capaz de
hacerlo pero… me había quedado a gusto aunque a partir de ahora fuera motivo de
risa para toda la universidad.
Anduve
lentamente por los pasillos, aburrido, esperando que tocara pronto para poder
dirigirme a la siguiente clase, mantenerme ocupado y dejar de pensar en Tom
aunque fueran unos segundo. Ser capaz de desviar la mirada del móvil, pero
nada. Necesitaba que cualquier cosa me distrajera, cualquier cosa.
-Kaulitz.
– volteé lentamente el cuerpo, encontrándome frente a frente con Sparky, el
chico con el que tenía una pelea asignada. Crujió los nudillos – Tenemos un
asunto pendiente.
-¡Hola
Sparky! – lo saludé fingiendo una sonrisa de oreja a oreja. Alzó una ceja.
-¿Cómo
me has llamado? ¿Has dicho Sparky?
-¿No
era Sparky?
-¡Ese
es nombre de perro!
-Bueno…
tampoco es que halla tanta diferencia. – murmuré. Él me oyó. Vi a dos de sus
colegas a su espalda y decidí en ese momento que sería sano echar a correr, así
que no me entretuve más y salí disparado por el pasillo.
-¡Cobarde
de mierda, ahora huyes! – ¡No me refería a una persecución al estilo James Bond
cuando pensé en algo para distraerme! Me dirigí hacía las escaleras a toda la
velocidad que me daban las piernas. Oía como corrían y gritaban mi nombre
detrás de mí. - ¡Para cabrón, para ahora!
-¡Una
mierda! – bajé las escaleras de dos saltos y me torcí el pie en el tercero. Caí
de boca, me agarré a la barandilla y seguí corriendo sin parar, adolorido. Abrí
desesperado la puerta del patio y salí, a la luz, pegándole antes una patada al
cubo de la basura para obstaculizar el paso a los que me seguían. Seguí
corriendo sin mirar atrás hasta que me encontré con la valla. ¡Mierda, no había
forma de que pudiera saltar eso! Seguí corriendo, adentrándome de nuevo en la
universidad. Varios alumnos e incluso profesores se me quedaron mirando, pero
no me detuve, buscando la jodida salida, hasta que salí al otro edificio, un
aparte del principal. Me desorienté por completo ya que nunca había entrado en
él, entre dos pasillos iluminados e igual de vacíos. Miré hacía atrás y al
verlos seguirme a varios metros, me hizo decidirme por el de la derecha. Corrí
como si mi vida dependiera de ello y al girar en una esquina, el golpe fue
brutal. Choqué contra algo duro y caí de espaldas al suelo, golpeándome la
cabeza contra el suelo de mármol. Sentí los dientes castañear y la nuca sufrir
una fuerte sacudida. Todo se volvió oscuro unos segundos. Sentí como si me
hubiera roto el cráneo en dos, aturdido y mareado, incapaz de levantarme de
nuevo.
-¿Bill?
– alcé la mirada levemente, haciendo un esfuerzo por abrir los ojos. Tom se
sobaba la frente con una mano, con gesto de dolor - ¿Tanto me odias como para
intentar matarme? – se burló, sacudiendo la cabeza. Dejé caer la mía sobre el
frío suelo, my, muy mareado. - ¿Bill, estás bien? – se agachó de cuclillas
frente a mí. - ¿Y esos pelos? – rió. No tenía fuerzas ni para reír, se me
cerraron los ojos solos y todo se volvió oscuro.
-¡Ahí
está!
La
voz de Tom desapareció justo en ese momento. Oí ruidos amorfos y sentí el
cuerpo flotar como si fuera una nube. Algo suave me acarició la cara y el
cuello. Una mano me toqueteó la cabeza con sumo cuidado, como si buscara algo
entre mi pelo y sentí algo sobre mi pecho, justo encima del corazón y un
aliento chocar contra mi mejilla.
Algo
me rozó los labios suavemente y sentí humedad sobre ellos. Creí derretirme
entonces y medio luché por mantenerme en ese trance entre la inconsciencia y la
consciencia. Quería más roces, quería más profundidad porque aunque parecería
imposible, esa situación en la que me mantenía completamente fuera de juego, me
gustaba. Quería despertarme…
En
lugar de eso, perdí la consciencia por completo en cuando ese algo que me
tocaba se alejó de mí.
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