-Oh,
gracias cielo, no sé qué haría sin ti. – mi madre me dio un beso en la mejilla
y corrió al baño de nuevo a terminar de maquillarse, mientras yo llevaba el
desayuno a la mesa, me sentaba y empezaba a comer tranquilamente.
-Vas
a salir hoy con Gordon, ¿no? – medio grité para que me oyera. -¿Cómo lo…
-Mamá,
vas emperifollada perdida. Tú no vas así a un tribunal.
-Cómo
me conoces, cariño.
-Hum…
-¿Te
cae bien Gordon, cielo? – me encogí de hombros. No había que darle muchas
vueltas a esa pregunta, tampoco es que lo viera a menudo, pero era un buen tío.
-¡Si,
es genial!
-Me
alegro mucho. Sabes que tu opinión es imprescindible para mí, tesoro. – me
llevé el vaso de zumo de naranja a los labios. - ¿Y como te llevas con Tom? –
lo poco que me había bebido acabó siendo devuelto al vaso, provocándome un
repentino ataque de tos. Mi madre se asomó por la puerta, poniéndose unos
pendientes de oro blanco que brillaban como diamantes a la luz de sol,
cegadores. - ¿Cielo?
-Estoy
bien… - respiré, intentando controlarme. – Tom y yo nos… llevamos bien por
ahora. – era la mentira más grande que había soltado en toda mi vida. ¿Cómo iba
a llevarme bien con ese macarra rastafari que me tenía entre la espada y la
pared? Acorralado como el gato al ratón, había cambiado mi vida de la noche a
la mañana y, de la manera más humillante posible, me había utilizado como se
utilizaba a una puta.
Sólo
faltaba que me pagara y oficialmente, sería una. ¡Que humillante! Y aún más
patético e inexplicable era que me había dejado hacer de nuevo, una vez supe
quien era y cómo era y, por encima de todo, la forma tan cruel con la que me
utilizaba y, aún siendo plenamente consciente de eso, dejé que volviera a
tocarme, a besarme, ¡Otra vez! Tenía unas ojeras de infarto, no había pegado
ojo. Después de la ducha me encerré en mi habitación y no salí en toda la noche
ni siquiera para cenar o preparar la cena.
Tom
tocó a mi puerta. Yo me acurruqué en la cama, abrazando la almohada y
escondiéndome entre las sábanas, enrolladas alrededor de mi cuerpo como
enredaderas.
-Eh,
muñeco. – no contesté y cerré los ojos con fuerza. ¡Mierda, quería un jodido
pestillo para mi cuarto! - ¿Estás ahí? – me mordí el labio. No pensaba
contestar, no, no. - ¿Cómo te ha ido el baño? ¿Te has enfriado lo suficiente?
Si tienes demasiado frío, ya sabes que yo puedo ayudarte a entrar en calor.
-¡Vete
a la mierda! – Tom se rió. Hice rechinar los dientes. Joder, no quería
contestarle.
-Vale,
vale. Sólo quería decirte que tu madre me dio permiso para pedir una pizza y ya
está aquí. ¿Te gusta la carbonara?
-¡Déjame
en paz!
-¿No
te gusta? Menos mal, porque la he pedido con extra de queso. – gruñí entre
dientes. – Si no quieres, dilo. Mejor para mí. Me da igual que te mueras de
inanición. – me mordí la lengua. Ahora si que no hablaría. – Eh, muñeco… eh… -
se hizo el silencio unos segundos, cada vez era más tenso. – Esta bien, esto…
Bill… - hinché las mejillas. Aunque me llamara por mi nombre, no pensaba
contestarle. – Bill, odio que me ignoren. – ¿Y a mí que me importa? Le oí
suspirar y, de repente, haciéndome salar de la cama de un bote y situarme en la
otra punta de la habitación, la puerta se abrió y él entró, con las manos
ocupadas con la caja cuadricular y aplanada que contenía una pizza. Olía
incluso a tres metros. Se me hizo la boca agua. - ¿Quieres? – abrió la caja
frente a mis narices, ofreciéndome. Yo giré la cara, evitando la tentación. No
quería verla. – Oh, si mamá se entera de que te dejo sin cenar se va a cabrear
mucho conmigo. -¿Mamá? – entrecerré los ojos, molesto. Llamar mamá a mi madre, ¡Ja! ¿Con que derecho? Él no era hijo suyo… técnicamente si, pero no lo aceptaba ni como hermano ni como hijo de mi madre. No era nada mío, salvo un incordio.
-También
es mi madre.
-¡Bah!
– estuve a punto de escupirle a la cara. Él frunció el ceño y agarró un trozo
de pizza que, de nuevo, puso delante de mí. Olía tan bien…
-¿Quieres
o no? – tragué saliva.
-No.
-¿Seguro?
No la he envenenado si eso te preocupa.
-No
quiero.
-Mira,
¿Cómo decírtelo? Hum… o te la comes o te la meto por el culo, ¿entiendes? –
retrocedí. – La pizza, en tu culo, y si te pones burro, lo otro también. – me
estaba amenazando, de nuevo. No quería dar mi brazo a torcer, bastante orgullo
me había destrozado ya como para volver a dejarlo pasar.
Observé
el trozo de pizza detenidamente y, tras coger aire, le escupí encima. Sonreí,
triunfante, ante la expresión de sorpresa de Tom, pero enseguida la
preocupación volvió a mi rostro al ver como él ponía los ojos en blanco y me
dedicaba una mirada furibunda.
-¿Alguna
vez te han reventado las napias? Porque estás muy cerca de que eso suceda. – me
agarró de improvisto del pelo y tiró de mí hacía él. Apreté los dientes,
intentando quitármelo de encima. Me dolía. – Intento ser un buen hermano mayor
para ti, intento cuidarte y ser bueno, incluso te he traído la comida. – tiró
la caja con la pizza al suelo y le dio una patada, apartándola de nosotros,
deslizándose hasta acabar bajo la cama. Volvió a tirar de mi pelo. - ¡No me
hinches los huevos! – gritó en mi oído. Por un momento, me temblaron las
piernas y las lágrimas me inundaron los ojos. Me soltó y, en silencio me dio la
espalda, saliendo por la puerta.
Estaba
furioso con él, pero sobretodo conmigo mismo. ¿Cómo iba a poder con él sino
podía con un par de gritos suyos y un simple tirón de pelo? No me había
considerado tan débil hasta haberlo conocido. No tenía derecho ha hacerme esto.
Era mi casa, mi madre era mi familia, mis amigos eran míos, él sólo estaba aquí
de paso y no tenía ningún derecho a considerarse superior a mí.
Me
limpié las lágrimas, fui hacía la cama, cogí la caja con la pizza y crucé el
pasillo hasta su habitación, (la mía de hacía cuatro años). Él estaba tumbado
sobre la cama, con los cascos puestos y los ojos cerrados. Ni siquiera se dio
cuenta de mi presencia. Tomé aire de nuevo, reuniendo el valor suficiente e
intentando no pensar en lo que me haría después, caminé hacía él. Le miré
fijamente, abriendo la caja de la pizza. Casi parecía haberse quedado dormido
y… ahora, tranquilo, con los ojos cerrados, sin la gorra, parecía hasta bueno.
Parecía la misma persona que esa noche me había hecho sentir tan especial.
Las
dos veces que nos habíamos tocado, había mostrado su cara más dulce, la más
tierna. ¿Por qué no podía ser siempre así? ¿Por qué solo cuando me besaba veía
más allá de ese carácter tan violento? Apreté la caja entre mis manos. No tenía
sentido pensar en eso y, sin darle más vueltas, arrojé el contenido de la caja
en su cara. La pizza cayó sobre él e, instintivamente, retrocedí en cuanto le
vi pegar un bote de la cama, quitándose los cascos y la pizza de la cara y de
la ropa, tirándola al suelo, limpiándose con las manos los restos que le
quedaron en el rostro.
-Hijo…
¡De puta!
-¡Cállate!
– le grité, haciendo acopio de valor para que la voz no me temblara - ¡Ahora
vas a escucharme! ¡Esta es mi casa, no la tuya, mi madre es mi familia, no es
la tuya y mis amigos, son míos, no tuyos! ¡Tú no tienes nada en esta ciudad,
absolutamente nada, estás sólo, así que deja de hacerte el chulo y de intentar
dominar algo que no te pertenece ni te mereces! – en ese momento, me quedé
paralizado en su puerta. Él me miraba fijamente, no con odio o rabia,
simplemente me miraba. Hizo un extraño ruidito con la boca que tomé como aviso
de que fuera a saltar, por lo que salí corriendo de su habitación y me metí en
la mía, cerrándola de un portazo. Suspiré y apoyé la espalda en ella, esperando
que viniera a degollarme vivo, pero no vino. Me dejé caer al suelo de rodillas,
alerta durante casi una hora, pero seguía sin venir y no oí nada a través de la
puerta.
Así
pasé la noche, acurrucado en la puerta, esperando y pensando. ¿Quizás me abría
pasado? Le estuve dando vueltas horas y horas, cambiando de postura varias
veces y dando vueltas alrededor de mi cuarto. Finalmente, me dejé caer a los
pies del escritorio y ahí, me dormí un par de horas.
Me
desperté de madrugada, encogido sobre el suelo, acurrucado al oír el ruido de
un coche salir de nuestra cochera, muy sigilosamente. Normalmente, no me hubiera
despertado por eso. Mi madre entraba y salía constantemente de la cochera de
madrugada y yo ni me enteraba, pero… ese no era su coche. Estaba seguro por el
suave sonido al arrancar.
Me
levanté. Tenía sobre el cuerpo la sudadera que me había prestado aquella noche
después de… hacerlo. Yo no me la había puesto, estaba seguro. Hacía frío.
Miré
mi cama. La almohada estaba a los pies de esta y tragué saliva. ¿Habría sido
él? Si había sido él, se abría dado cuenta de que dormía con su sudadera. Que
vergüenza. Corrí hasta su habitación y abrí la puerta de su cuarto lentamente.
No estaba. El del coche había sido él, estaba seguro y lo primero que se me
pasó por la cabeza era que había vuelto a casa, que lo que le dije le había
hecho sentir culpable y se había ido.
Genial,
mejor para mí.
Eso
abría pensado, pero no se me cruzó por la cabeza ni un momento. Estaba
preocupado, me sentía culpable y cruel. Si, me había pasado.
Momentos
después, llegó mi madre dispuesta a irse tras haberse retocado un poco y yo, me
vestí y arreglé cabizbajo para ir a la facultad.
-¿Tom
no se ha ido muy temprano a la universidad, cielo? Pensaba que iría contigo. –
suspiré.
-No
lo sé, no me ha dicho nada antes de irse. – abría y cerraba el móvil con los
dedos, pendiente por si recibía una llamada en cualquier momento, pero nada. No
llamaba. Él no llamaba. Al menos podría hacerlo para avisar de que estaba bien
y se piraba a Stuttgart otra vez.
Llamaron
al timbre. Me levanté de un salto de la silla, haciéndola caer en el proceso y
corrí hasta la puerta.
-¿Listo
para ir al infierno, enano? – Georg. Suspiré. – Joder, ya te vale. Ya veo que
no te alegras mucho de verme.
-No
es eso, Georgi. – él entrecerró los ojos. Odiaba que le llamara Georgi.
-Estás
poniendo en peligro ese frágil y delicado cuello tuyo, Bill. – sólo consiguió
salirme un puchero. – Vale tío, ¿Qué pasa? Me estás preocupando, ¿Aún tienes
fiebre?
-No.
-¿Te
duele algo?
-No.
-Vale,
ya se lo que te pasa. Te dije que moderaras el uso de la laca. No puede ser bueno
esnifarse dos botes al día.
-Vete
a la mierda.
-Me
encantan tus pelos, Billy. – soltó, conteniendo una sonrisita. Puse los ojos en
blanco.
-¿Tan
mal están?
-No,
si lo que quieres es hacerle la competencia a una erizo de mar.
-Vale,
vámonos antes de que me arrepienta entonces. – la universidad estaba a unos
cuantos kilómetros de mi casa y aún más lejos estaba para Georg y Gustav. Por
suerte para mí, ellos tenían carné de conducir y coches, unos bastante
impresionantes, aunque no tanto como ese enorme Cadillac de Tom… mierda, otra
vez pensando en Tom.
Ellos
me recogían ya que mi casa les pillaba de paso, bueno, a Georg, a Gustav le
pillaba al otro lado de la ciudad, pero siempre venía cuando Georg no acudía.
Se tomaban tantas molestias por mí… mis queridos dos hermanos mayores. Así los
veía yo.
-Bill,
no es por joderte, pero tienes una cara de muerto que no puedes con ella.
-Déjame
en paz. – mi mirada se clavó en las afueras de la ventana del asiento del
copiloto, pensativo.
-¿Tu
hermano ya se ha ido a la facultad?
-¡Otra
vez Tom, deja de hablar de Tom!
-¡Pero
si no he hablado de él en la vida, eres tú el que siempre habla de él!
-¡Eso
es mentira! ¡Yo nunca he hablado de Tom, le odio!
-Entiendo.
No os lleváis muy bien.
-¡Ju!
¡Pues no!
-Pero
si es muy majo ¿no? Y tenías unas ganas increíbles de conocerle.
-¡Mentira!
¡Yo nunca he querido conocerle, por mí como si se muere!
-Vale,
vale, es imposible hablar contigo así. Me callaré y esperaré a que se te pase
la mala hostia de buena mañana antes de que me muerdas. – me crucé de brazos
sobre el asiento, mosqueado. Es que… es que… ¡Tom se había ido, como si nada!
No era que me importara pero al menos podría haber dicho adiós o avisar a mamá,
no irse así después de joderme la existencia, después de acostarse conmigo y
tratarme como un vulgar muñeco.
Mierda,
aún seguía siendo su maldito muñeco.
De
repente, sentí el móvil vibrar en el bolsillo de mi pantalón. El humor de
perros desapareció de golpe y agarré el móvil con tanta ansia que casi se me
cae de las manos, abriéndolo entre pequeños temblores.
Un
mensaje nuevo de… él.
Mostrar,
mostrar.
Tragué
saliva.
Lo
siento…
¿Lo
siento? ¿¡Lo siento!? ¿¡Cómo que lo siento!? ¿¡Que quería decir con eso!?
¿Por
qué?
Lo
envié.
-¿Quién
es? – preguntó Georg a mi lado.
-Nadie
importante. – mi mirada estaba fija en el móvil. Era incapaz de apartarla de él
en ese momento aunque el tiempo se me hiciera eterno esperando su respuesta.
Un
mensaje nuevo.
Mostrar.
Me
pasé y tenías razón. Es tu vida, no la mía. Tampoco quería hacerte daño.
Claro
que tenía razón pero…
Yo
tampoco quería hacerte daño a ti. También me pasé con lo último que dije.
-Pues
para no ser nadie, te veo muy entretenido.
-¡Georg,
esto es muy importante!
-¡Joder
Bill, que somos amigos! ¿No puedes decírmelo?
-¡No!
-¡Venga
ya!
Un
mensaje nuevo.
Pero
tenías razón. No soy nadie para meterme en tu vida y echarte en cara con quien
pasaste la noche el sábado.
Ya,
bueno, si. Yo tenía razón y él no.
Lo
sé. Me molesta que lo hagas, lo odio.
-Georg,
deja de mirar. – intentaba ver que escribía de reojo y a ese paso acabaríamos
estrellándonos.
-No
estarás hablando con la puta de Natalie ¿no?
-No,
ni hablar… y no es una puta porque cortáramos. Las cosas no salieron bien.
-¡Siempre
la misma excusa!
Un
mensaje nuevo.
¡Mostrar!
¿Me
odias a mí?
Esa
pregunta me dejó descolocado unos segundos. ¿Qué si lo odiaba? ¡Pues claro que
si! ¿Por qué le enviaba mensajes entonces? ¿Por qué me preocupaba por si se
había ido o no? Era una buena pregunta. En realidad… no quería que se fuera.
No
te odio. Das miedo cuando te enfadas.
-Natalie
no era trigo limpio Bill, deja de engañarte.
-No
estoy hablando con ella, Georg. Déjalo ya.
Un
mensaje nuevo.
Mostrar.
No
quiero que me tengas miedo. No quiero que me odies.
Suspiré.
No pude evitar que una sonrisa se dibujara en mis labios mientras escribía las
palabras.
Y
yo no quiero que te vayas. Quédate.
A
los veinte segundos exactos llegó un mensaje nuevo.
¿Por
qué quieres que me quede después de todo?
No
creo que seas tan malo y yo aún quiero conocerte.
¿Quieres
psicoanalizarme, aspirante a loquero?
Si
me dejas…
Solo
si me dejas analizarte a ti.
Tú
no eres un aspirante a loquero.
No.
Pero te quiero para mí.
Esas
palabras me pusieron nervioso y las manos empezaron a temblarme
compulsivamente.
¿En
que sentido?
¿En
que sentido quieres verlo tú?
-Bill
¿Estás bien? Tienes pulso de abuela.
-Georg,
estoy concentrado y, por favor…
-Si,
si, lo sé. Ya me callo.
Otro
mensaje nuevo. Ni siquiera me había dado tiempo a contestar.
Seré
un buen hermano mayor a partir de ahora, lo prometo.
Confiaba
en su palabra aunque fuera escrita, aunque no estuviera cara a cara frente a
mí. Quizás era que deseaba creerlo más que nada en el mundo.
Gracias
por lo de esta mañana.
Fueron
mis últimas palabras y relajé el cuerpo.
De
nada.
Sonreí.
Tom no era tan malo después de todo.
-¡Georg!
– una de las manos de Georg se cerraron sobre mi móvil, tirando hacía él,
intentando quitármelo.
-¡Dámelo!
-¡Imbécil,
que nos la pegamos! – la bocina de un camión hizo a Georg soltar mi móvil y, en
un volantazo, esquivó al enorme camión que casi se nos hecha encima. Mi cuerpo
salió disparado hacía la izquierda y, de no ser por mis manos hubiera roto el
cristal de la ventana con la cabeza. Georg frenó el coche en mitad de la
autopista. Cuando separé la cabeza de la ventana, mi cuerpo temblaba. Georg
seguía mirando al frente con los ojos muy abiertos, apretando el volante con
fuerza.
Nos
miramos.
-Ge-Georg…
-¿Qué?
-Creo
que mañana… cogeré el autobús. – el asintió lentamente con la cabeza y arrancó
despacio. Mi móvil había caído a mis pies y me agaché, cogiéndolo como si fuera
un enfermo de parkinson.
Un
mensaje nuevo.
Pulsé
el botón muy lentamente.
Tienes
el cuerpo tan helado como un muerto por la mañana ¿lo sabías? Tenías los labios
como cubitos de nieve y, como buen hermano mayor, debía calentártelos. Creo que
lo hice bien, ni siquiera te diste cuenta cuando te calenté el pecho. Pensé en
llegar a más, pero como ahora soy un buen hermano mayor... No hace falta que me
des las gracias, de nada, no hay de qué, muñeco. Un beso.
Fue
entonces cuando el cuerpo se me deshizo como si fuera de barro. Miré de reojo a
Georg, con cuidado, por si miraba en el momento menos apropiado y al percatarme
que ahora, después de estar a punto de desparramar nuestros sesos por la
carretera, sólo tenía ojos para ella, me levanté la camiseta.
Me
ruboricé, acariciándome los pequeños puntos rojos que tenía repartitos por todo
el pecho. ¿Cómo no me había despertado mientras me lo hacía? Mientras me
acariciaba con sus labios, succionaba mi piel con su boca y me besaba mientras
yo dormía profundamente, me besaba y recorría mis labios con su lengua, me
mordía el pecho. También tenía suaves marcas de mordiscos alrededor de los
pezones.
¡Oh,
Dios, no podía imaginarlo! ¡Me estaba calentando de sólo pensarlo!
Los
puntos rojos acababan en una parte medio oculta de mi ingle y, de repente, vi
unas palabras justo encima de mi estrella, de mi tatuaje con forma de estrella
del que mi madre no sabía nada y hacía casi tres años que me lo había hecho,
junto con el de la nuca y el del brazo, y más valía que no lo viera.
Intenté
leer el mensaje a través de retrovisor.
Propiedad
de Tom Kaulitz.
El
nombre del dueño del muñeco.
Me
bajé la camiseta, totalmente abochornado, deseando llegar a un lugar privado,
encerrarme en un baño, meter la mano bajo mis pantalones y acabar con el calor
que dominaba mi cuerpo en esos instantes.
También
era él quien deseaba que me tocara por atreverse a plasmar algo así en mi piel.
Ahora
si que era su maldito muñeco oficialmente y… no estaba seguro de que me
disgustara del todo.
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