sábado, 15 de febrero de 2014

Capitulo 8

 -¡Tom!

-¿Hum? – Tom estaba medio atontado viendo el baloncesto desde la cocina. Su actitud pasota me cabreaba, pero más lo hacía la de mi madre y Gordon, ocupando el sofá, mirándose como si en el mundo no existiera más que el otro, abrazados.

Joder, que cursilada y me daba más rabia aún tener que reconocer que en el fondo les tenía cierta envidia. Natalie y yo una vez fuimos así, casi me daba vergüenza recordar lo horriblemente meloso y cursi que era pero… estaba enamorado, ¿Qué se le iba ha hacer?

-¿Cómo se supone que tengo que sacar esto del horno sin quemarme? – miré a Tom, abriendo el horno y mirando el pastel de frutas de mi madre con mala cara, sin saber que hacer con él.

-Utiliza las manoplas.

-¿Manoplas?

-¿No sabes lo que son manoplas? – Tom miró de un lado a otro y agarró el delantal que mi madre había llevado puesto mientras hacía la cena. Me lo mostró con gesto interrogante. – No, eso no son manoplas. Es un delantal, burro. – alzó una ceja. - ¿Nunca has cocinado nada en tu vida?

-¡Claro que sí! Salchichas de lata, en el microondas.

Dios, ¿Cómo había pasado de Natalie a esto? Un… un…

-Quita anda. – me puse las manoplas y yo mismo saqué el pastel con extremo cuidado. Lo solté sobre la mesa de la cocina y sonreí con superioridad. – Así se hace.

-No me digas. ¿Te crees mejor que yo por saber sacar un pastel del horno?

-Tengo más experiencia culinaria que tú, sólo digo eso. – Tom se carcajeó mientras me quitaba las manoplas y sacaba los cubiertos. No le veía la gracia.

-Eres una jodida maricona.

-¡¿Qué?! - se cruzó de brazos, dirigiéndome una mirada de autosuficiencia y chulería irritable y se sentó sobre la mesa de un salto.

-Te gusta que te folle, ¿No? Que te de por culo un tío. Creo que es obvio.
 
-¡Una mierda! ¿Y tú qué? ¡Que te gusta tirarte el culo de tu hermano, pedazo de mamón! ¡Que no te cortaste un pelo en ir a por mí aún sabiendo que…!

-¡A mí no me amenaces con tenedores eh! – miré la mano que le alzaba, con los cubiertos agarrados fuertemente y los dejé sobre la mesa con lentitud.

-Tenía novia, hasta que tu llegaste todo era normal.

-¡Ja! Abría que ver a tu ex. – sería hijo de… le di la espalda, dispuesto ha hacerle tragar sus palabras y cogí el móvil, rebuscando por la galería de imágenes. Ju, aún tenía la foto que Natalie y yo nos hicimos en la playa en verano, cuando cogimos el bus y nos escapamos el fin de semana a la casa de veraneo de sus padres. Estábamos abrazados y en bañador en la orilla. Estaba guapísima y con la cabeza bien alta, se la puse en las narices a mi hermano.

-Esa es Natalie, mi ex. – sonreí al ver como la boca le llegaba al suelo al verla.

-¿Tu… ex? – asentí. Estaba orgulloso de ella, para que negarlo. – ¡Joder, que tetas! – me quitó el móvil de un manotazo - ¡Madre mía, como está la rubia!

-¡Tom, dame eso!

-¡Pero mira que piernas!

-¡Tom! – revoloteé a su alrededor, intentando quitarle el móvil, recibiendo empujones bruscos por su parte. - ¡Dámelo!
 
-¡Y tú te la tiraste! ¡No me lo puedo creer!

-¡AAhhh! ¡Idiota!

-¡Oh, no! ¡He borrado la foto! – me tiré literalmente a por él al oírle, arrancándole el móvil, mirando horrorizado como la foto de Natalie y mía había desaparecido.

-¡¿Qué has hecho?!

-No salías favorecido, Muñeco, créeme. Mejor así.

-¡No tiene gracia, Tom! ¡Era la única foto que tenía de ella! – Tom se toqueteó la gorra, pasota como él solo.

-¿Y qué? Es tu ex, ¿no? ¿Qué importa?

-¡Me importa, me importa mucho, eres un gilipollas! ¿¡Por qué has tenido que borrarla!? ¡Era mía!

-¿Tuya? – saltó de la mesa. Su típica expresión de niño malo me puso el vello de punta y al verlo acercarse con pinta de querer echárseme encima, retrocedí, concentrando la mirada en mi madre y Gordon acurrucados en el sofá. Ya era raro que no se hubieran enterado de nada de lo que andábamos gritando como para tentar a la suerte follando en la cocina como animales en celo.

-Tom, mamá está…

-¿Y qué? – abrí los ojos como platos cuando me agarró de las muñecas y me alzó las manos, acercando su cara a la mía. Me eché para atrás, con la vista fija en mi madre. Joder, ¡Que se iba a dar cuenta!

-¡Tom, eres un puto flipado! ¡Suéltame! – por unos momentos pensé que me haría caso al verle desviar la mirada a mamá.

-Y una mierda. – nada más lejos de la realidad. Empezamos a forcejear, empezó a empujarme lejos de la puerta del salón, hacía un rincón poco iluminado de la cocina. Por un momento casi tuve la tentación de ponerme a gritar llamando a mi madre, pero no lo hice. Tom era tan imprevisible y cabrón que era capaz de follarme encima de la mesa con nuestra madre delante.

Desde luego, vaya elemento con el que había llegado a parar.

-Tom… - bajé la voz. Una vez fuera de la vista de mis “padres” me daba miedo que fuera incapaz de parar y, sobretodo, que yo le siguiera el juego. ¡Coño, Tom arrasaba con todo mi jodido autocontrol! – Tom, que nos ven, joder.

-Me da igual. – aproximó su boca a la mía, sin soltarme las muñecas, pegándome por completo a la pared, acorralándome como un perro acorrala a una oveja y, con una fuerza de voluntad tremenda, eché la cara a un lado, esquivando sus labios. Tom se quedó parado unos segundos antes de zarandearme bruscamente.

-¡Oye!

-¡No me da la gana, gilipollas! A ti te da igual, pero a mí no. ¡No puedes ser tan animal como para no ver lo que hay a tu alrededor!

-Soy un animal y estoy cachondo, ¿Te lo explico a ladridos? – volvió a aproximarse a mí con intención de enganchar sus dientes en mi cuello. Alcé la pierna y rocé con la rodilla su erección.

-O te quitas o te la reviento de una patada. – Tom me miró con rabia contenida.
 
-Hijo de…

-¡Chicos! ¿¡Y la cena!? ¿¡Para cuando pensáis poner la mesa!? – sonreí triunfal al oír a mi madre desde el salón y nada me provocó más placer que ver la cara contraída de rabia de mi hermano.

-Aparta, negado culinario. – pero Tom no se apartó. Me apretó con más fuerza las muñecas hasta hacerme daño y provocar que un quejido saliera de mi garganta.

-Cuidado con hablar mucho de esa tal Natalie delante de mí. Ahora no eres suyo… ahora eres mío. – y me soltó. Me quedé paralizado unos instantes hasta que sentí un espasmo de placer y excitación total cuando su mano se cerró sobre mi entrepierna, apretándola con fuerza casi dolorosa.

-¡Oooh! – apreté los dientes, soltando aquel berrido. Agarré su mano y no sé como fui capaz de contenerme para no restregarme contra ella, quizás por la mirada de satisfacción y poderío con que me miraba Tom, con las mejillas ruborizadas. Me observaba fijamente con una extraña mezcla de enormes ganas de agarrarme, desnudarme y metérmela sin piedad hasta reventarme y una mirada repleta de admiración hacía algo, sorpresa.

Me la estrujó con más fuerza.

-Y sé que te encanta ser mío. – jadeó contra mis labios, mordiéndome levemente el inferior y entonces… me soltó. Precisamente cuando yo no quería que lo hiciera.

Sí, desde luego, como había acabado siendo Muñeco de un animal como ese era un misterio. Lo más jodido era que tenía razón, me gustaba serlo y que lo afirmara con tanta bestialidad.

Bill, eres un puto masoca enfermo.

-Tom ¿Te gustan los deportes? – mi hermano desvió la mirada del partido de baloncesto que se retransmitía por la tele y miró a mi padrastro, sin mucho interés. Ya estábamos los cuatro sentados a la mesa con un plato de pescado repleto de condimento delante, hecho al horno. Tom estaba a mi lado, con el tenedor en la mano. Era el único que no había probado bocado todavía.

-¿Los deportes? Si, bueno, algo…
 
-¿Se te dan bien? – Tom se encogió de hombros.

-Si, pero soy vago y jugar en equipo no es lo mío. Una vez jugué un partido de baloncesto oficial y… no, el quipo no es lo mío definitivamente.

-¿Por qué no? ¿No pasabas la pelota? No sabes compartir, hermanito. – le piqué, con cierto rentintín en la última palabra. Tom me sonrió con picardía.

-No me gusta compartir con nadie las cosas de mi propiedad, creo que ya lo sabes, hermanito. – me mordí el labio inferior. Eso iba por mí.

-¿Por qué no es lo tuyo el deporte en equipo? Da la sensación de que tienes buena coordinación. – observé con una mueca en la boca la pésima manera en la que Gordon intentaba ganarse a mí hermano como nuevo padre. A mí, prácticamente me tenía ganado. Me gustaba como padre, quizás porque no recordaba al mío y Gordon era un gran referente paternal para mí, un tío enrrollado y divertido, pero sospechaba que con Tom lo iba a tener un poco más difícil. - ¿Perdisteis el partido en el que participaste?

-Si… porque me echaron a los tres minutos. – miraba el pescado con una mueca de frustración con el tenedor en alto. Me costó varios segundos averiguar que Tom no tenía ni idea de cómo empezar a comer el pez, de cómo abrirlo, apartar las espinas y llevarse trocitos pequeños a la boca. Vaya, cuando hablaba de su negación culinaria no me refería a esto. ¡Si parecía que quería hacerle una autopsia al pez! ¿En que clase de sitio se había criado este hombre para ni siquiera saber coger los cubiertos adecuadamente?

-¿Te echaron a los tres minutos? ¿Por qué?

-Agredí a un jugador del equipo contrario. – entorné los ojos. ¿Por qué no me sorprende?

-¿Lo agrediste? – mi madre se llevo un vaso de agua a la boca, casi atragantándose al oír aquella confesión. Ella, abogada, fanática de la justicia, pobre. No sabía hasta que punto tenía un criminal metido en casa.

-Le rompí la nariz. Se puso en medio cuando iba a tirar a canasta. Me sacaron falta personal y directamente intentaron llevarme al banquillo… intentaron…

-¿Intentaron? – Tom puso los ojos en blanco. Notaba como empezaba a sulfurarse con el pescado.

-También agredí al árbitro cuando me sacó la falta, también al entrenador… y me echaron del recinto porque le prendí fuego a la mascota del equipo contario. – Gordon abrió los ojos como platos y tragó saliva. Contuve la risita y al ver a Tom casi empezar a cabrearse con la comida de pura impotencia ante su pescado, le di un codazo para que me mirara y empecé a abrir el mío, a pelarle la capa salada con el cuchillo y tenedor frente a sus ojos y a trocearlo con cuidado, llevándomelo a la boca. Le sonreí. Tom me devolvió la sonrisa, empezando a imitarme con cuidado.

-Vaya, que… interesante. – mi madre miró con mala cara a Gordon. El pobre hombre se había quedado de piedra.

-Si eso te parece interesante… mamá sabe muchas de mis experiencias en el terreno de la delincuencia. – por fin logró pelar el pescado y pinchó un trozo enorme, llevándoselo a la boca. Ups, lo iba a pasar mal con las espinas.

-Creo que ese no es un tema adecuado para hablar mientras cenamos.

-¿Por qué no? A mí me interesa. – interrumpí. La verdad es que la manera rebelde y maligna en la que se comportaba mi hermano me interesaba bastante. Me parecía… excitante, para que mentir.

-Claro, siempre puedes usarme de conejillo de indias para… - tragó saliva, con mala cara – tus aspiraciones a loquero. – tosió un poco, llevándose un vaso de agua a la boca. Sabía que lo iba a pasar mal con las espinas. – De hecho, estoy fichado ¿No te lo ha dicho tu madre?

-¿Fichado? ¿En serio? Uou, eres todo un criminal.

-Si. – y se reía. Hacía tres días un tío fichado me hubiera echado para atrás pero a estas alturas, ya no había forma de que algo me sorprendiera viniendo de mi hermano. Ni siquiera me sentía incómodo a su lado, de hecho, todo lo contrario.

-¿Qué hiciste? No habrás matado a alguien, ¿O sí?

-¡Bill!

-No, no he llegado tan lejos, pero poco me ha faltado y no a sido por falta de ganas.

-Guau. ¿Qué has liado entonces? ¿Violación, intento de homicidio, atraco a un banco? – mi madre me iba a asesinar con la mirada y Gordon intentaba comer sin atragantarse, manteniéndose al margen de la conversación, pero me daba igual. Estaba demasiado concentrado en Tom como para pararme a pensar en la reacción de los demás que, ciertamente, poco me importaba.

-Varios robos… - hizo una mueca. Soltó los cubiertos y se llevó una mano a la garganta. Sospeché que se le habían atascado las espinas bien hondo. – Allanamiento de morada, buscapleitos, agresión a varios agentes, grafittis, amenazas… constantes peleas. No recuerdo que más.

-Practicas pirómanas. – murmuró mi madre. Se le notaba no sólo tensa y enfadada, también avergonzada ¿Por qué? ¿Por qué Gordon estaba delante? Estaría pensando, vaya un regalito de niño. Nunca pensé que llegaría el día en que dijera esto pero… me daba igual. Crímenes por todos lados, no, no lo creía.

Tom no era tan malo, al menos no conmigo. Era… era diferente, eso sí, pero no malo. Desde que había llegado a Hamburgo no había hecho aún nada malo… salvo acostarse conmigo y deformarle la cara a Sparky, tampoco era tan grave ¿O sí?

-Pero para eso estás aquí, para moderar tu conducta agresiva y guiarte por el buen camino. Está claro que el lugar en donde te has criado ha influenciado muy negativamente en ti. Aquí estarás mejor. – habló mi madre con seriedad. Tom asintió con la cabeza, con una mueca de asco en la cara.

-Si, claro. Estoy seguro de que mi hermanito logrará quitarme el trauma de encima con su aplastante psicología. ¿Verdad, Bill? – sonreí. Joder, Tom estaba flipado. Se lo tomaba todo a cachondeo y cuando mi madre se ponía seria, más valía ir con cuidado.

-Supongo que el tener una madre también te irá bien. Criarte con un solo padre tan ocupado debió de ser duro y complicado. – tragué saliva, mirando alternativamente a mi madre y a Tom. Gordon hacía lo mismo, preocupado. Mamá se estaba metiendo en terreno pantanoso, un terreno que ni siquiera ella quería tocar y Tom… no sabía como reaccionaría Tom, pero no sería muy agradable si se metía con su padre. Lo entendería si lo defendía con uñas y dientes de las afiladas palabras de mi madre, pero… una vez más la actitud de mi hermano me hizo enmudecer.

-¿Ocupado? Si, claro, cargado de litronas de vino. Cargar con un padre borracho perdido a cuestas es mucho más fácil a como te lo ponen. Le das una botella de tequila y ya te lo quitas de encima, lo demás… es cuestión de aprender a cuidar de ti mismo. Además… sí que he tenido madre. – lo soltó todo de golpe, entre risas, como si hablara de un chiste malo.

Mi padre era alcohólico, lo sabía. Se sometió a muchas terapias sin mucho resultado y al final, mi madre, cansada de pagar las facturas y llevar la casa y a sus hijos sola hacía delante, decidió divorciarse. Mi padre, tristemente, accedió. El amor que había surgido entre ellos se ahogó con cientos y cientos de litros de alcohol pero mi padre no estaba dispuesto a desaparecer así como así y no volver a ver a sus hijos, pues iba a mudarse a Stuttgart y no podría venir cada dos semanas a vernos y cumplir con la custodia en vacaciones. La mejor solución que encontraron fue esa, separarnos.

No recuerdo si lloré, ni siquiera si sentí algo parecido al dolor. Esa etapa de mi vida estaba en blanco porque… según ciertas cosas estudiadas en psicología y otras tantas que Georg me había explicado, superiores a mis conocimientos, había dos opciones…


La primera, que de verdad me importó poco que mi hermano se fuera, cosa muy poco probable, ya que a esa edad los niños están muy ligados a las personas que los rodean y más si son tan cercanas como hermanos.

La segunda, mi mente experimentó tal dolor que esa etapa de mi vida quedó sepultada de la única manera permitida para un niño de cuatro años, el olvido.

En esa etapa de nuestra vida familiar, tanto mi madre, mi padre y yo, aunque no lo recordara, lo habían pasado francamente mal. Fruncí el ceño. Burlarse de eso no era divertido, además… ¿Cómo que ya tenía madre? Eso… no lo entendía, pero mi madre si parecía entenderlo y no le había sentado bien.

-Helem ¿no? – Tom sonrió abiertamente ante ese nombre. Me sonaba. - ¿Cómo está tu madrastra? – lo preguntó con toda la indiferencia que pudo aparentar y yo até cabos de inmediato. El contacto con mi padre había sido nulo desde que se fue de casa y no porque mi madre no quisiera que contactara con él, sino porque yo no había mostrado mucho interés. Así que mi padre se había vuelto a casar. Vaya…

-¿Mi madrastra? – Tom alzó una ceja y sin borrar la sonrisa de la cara dijo. – Muerta desde hace 8 años.

Joder.
-¿Mu-muerta? – mi madre tragó saliva. Se había puesto pálida. Gordon y yo bajamos la cabeza, aturdidos por la respuesta. – Dios mío.

-Hubo un accidente de coche. – fue la única explicación que dio mi hermano y todos nos sumimos en un intenso silencio durante varios minutos. Empezamos a comer de nuevo, desganados e incómodos.

-Vaya. Eso… debió de ser duro para ti, Tom. – miré a mi hermano. Ante mi mirada atónita, su expresión se convirtió en la viva imagen de la extrañeza.

-¿Duro por qué? – preguntó, como si la muerte de su madrastra le hubiera importado tan poco como la muerte de una rata sucia, tirada en medio de la calle. No pude más, esa frialdad me heló las venas y no sólo a mí. Mamá se levantó, con los ojos brillantes, blanca como un muerto.

-Se acabó la cena. – ninguno había terminado de comer. Lo mismo daba.

Se nos había quitado el apetito.

Gordon se fue enseguida. Le había oído preguntar a mi madre si quería que fueran a terminar de cenar por ahí o ir a ver una película o simplemente, si quería pasear con él para hablar sobre lo ocurrido. Mamá dijo que no. Creo… que tenía miedo de que Tom y yo nos quedáramos a solas.

-Bill, cielo, voy a la cama. No me siento bien y mañana tengo que levantarme temprano para…

-Está bien mamá. Yo recojo esto, no te preocupes. Buenas noches.

-Buenas noches, cariño. – me dio un beso en la mejilla y caminó hacía las escaleras.

 

-Buenas noches mamá. – pude ver claramente como mi madre se estremecía al pasar al lado de mi hermano.

 

-Buenas noches, Tom. – su voz estaba quebrada. Desapareció como un fantasma al subir las escaleras. Seguí lavando los platos, ignorando la presencia de Tom a mis espaldas, moviéndose silenciosa. Apreté con fuerza el esponjita con la que limpiaba los platos, llenándome de espuma el brazo.

 

-¿Cómo puedes tener tanta sangre fría en las venas? – le pregunté sin dirigirle la mirada.

 

-No entiendo exactamente porque os habéis puesto en tensión cuando he hablado de la muerte de Helem. No la conocisteis de nada, ¿no?

 

-No es eso lo que nos ha revuelto el estómago, sino la forma en la que has hablado de ella, como si te importara una mierda. ¿Qué pasa? ¿Acaso la odiabas?

 

-No.

-¿Era mala contigo o qué?

-No. Era buena, divertida, lista y me ayudaba ha hacer los deberes. – solté el plato ya limpio bruscamente sobre el fregadero, haciendo un ruido estridente y me volví a mirarle, con el ceño fruncido.

-La que hizo de madre en tu infancia murió y tú te ríes hablando de su muerte. Te ríes burlándote de tu pobre padre alcohólico, te ríes burlándote de tus crímenes, de estar fichado por la policía y, sobretodo ni siquiera pareces tener el menor remordimiento acostándote conmigo, con tu propio hermano. ¿De dónde mierda has salido tú? – por una vez no se rió. Su expresión se volvió más seria, más melancólica, casi se tornó arrepentida. Se acercó a mí lentamente.

-Muñeco, yo… vengo del infierno… porque soy el diablo. – y volvió a reírse en mi cara. Esa actitud me sacó de quicio y no le aguanté ni una más. Le arrojé a la cara la esponjita húmeda del lavaplatos hecho una furia.

-¡No tiene gracia, eres gilipollas! ¡Esta noche ni se te ocurra entrar en mi habitación! – le grité, echo una furia y sin atender a razones, salí corriendo hacía mi cuarto, con el corazón encogido.

-Muñeco… – ignoré su llamada y cerré la puerta de mi habitación en cuanto llegué a allí. Apoyé la frente en la puerta, jadeando. Estaba hecho un manojo de nervios porque no conocía a Tom.

Había hecho daño a mamá y ni siquiera parecía darse cuenta del dolor que causaba a su paso. Sus crímenes me habían parecido hasta divertidos mientras los mencionaba él pero ahora empezaba a darme cuenta de lo egoísta que yo era.

Tom podría arrasar todo lo que se le pusiera por delante sin remordimiento alguno, era un prototipo de futuro delincuente, posible asesino, la semilla de un monstruo crecía en él y yo… yo estaba a su lado y era inmune. Me había concedido inmunidad, a mí, cuando ni siquiera le importaba su propia madre o su padre. Me había concedido el poder de hacerle frente, de plantarle cara a mí. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Ni siquiera era capaz de controlarme a mí mismo, de controlar el deseo que me hacía sentir.

-¿Por qué yo, Tom? ¿Qué quieres de mí, puto maníaco? – apoyé el hombro en la puerta, suspirando. – Tom… - y abrí.

Tom me miró fijamente en cuanto abrí la puerta, plantado frente a mí, con una expresión que no sabía clasificar en su cara. No mostraba malicia ni amenaza ni nada parecido. Se quedó quieto unos segundos antes de avanzar hacía dentro. Me aparté y él entró en silencio. Cerró la puerta.

-¿Qué clase de monstruo eres, Tom? – él alzó una ceja e hizo una mueca con la boca.

-No tienes que preocuparte por eso. – dio paso hacía delante, acercándose más a mí y se quedó quieto, como pensando que debería hacer, que debería decir. Vi el movimiento de su nuez al tragar saliva y alzó una mano. Agarró la mía suavemente, casi con miedo, preparándose para alejarse si le rechazara, pero no lo hice. Su tacto áspero me hizo sentir una descarga eléctrica y como si mi corazón estuviese conectado a los electrones, empezó a palpitar tan fuerte que casi superaba el sonido de mi jadeante respiración. – Soy un monstruo peligroso, pero no debes preocuparte ni temerme por eso.

-¿Que no te tenga miedo dices? Cuando tú mismo lo admites…

-Precisamente por eso también admito que no tienes razones para temerme. Soy un monstruo peligroso, pero no para ti. – los labios empezaron a temblarme y mi respiración prácticamente se volvió entrecortada.

 
-¿Por qué no para mí? – Tom se tornó pensativo unos segundos, una pequeña sonrisa, sin malicia alguna, se dibujó en sus labios.

-Creo que eso tienes que averiguarlo tú.

-¿Yo? ¿Por qué?

-Soy su primer paciente, Doctor Kaulitz. Si puede conmigo, será el mejor psicólogo del mundo. – me reí, bajito.

-Entonces, si voy a tratarte, tendré que saber mucho de ti.

-¿Mucho?

-Sinónimo de todo. – Tom se mordió el labio inferior unos segundos.

-Son muchas cosas. – nuestras manos seguían unidas. Sentí como me acariciaba con el pulgar el dorso de la mano y como se me erizaba la piel por ese simple hecho.

-Hay mucho tiempo. – él no respondió. Los dos nos quedamos absortos mirándonos fijamente como dos idiotas sin decir una palabra. Me dio tiempo a sentir como las mejillas me empezaban a arder y como mi hermano se toqueteaba nervioso el piercing, paralizado.

-¿Quieres…?

 
-Tom, cada vez estoy más seguro de que eres un poco idiota además de delincuente. – alzó una ceja con cara de ¿Qué me estás contando? Y me puse a reír.

 
Negó con la cabeza.

 
-A la mierda las gilipolleces. – me agarró de la barbilla y al segundo ya había metido su lengua en mi boca y nuestros labios se movieron con ansia incontrolada. Otra vez perdía el control como un loco desesperado, otra vez me dejaba devorar como un animal indefenso. Si, si, si, ojala me devorara y no dejara de mí ni los huesos.

Le arranqué la gorra y la bandana de un tirón.

-¡Au! – se quejó el tiempo justo que dejé su boca libre para quitarme la camiseta y agarrarme a su rastras, tirando de ellas hacía abajo, obligándole a alzar la cabeza y recorriendo las comisuras de sus labios con mis labios húmedos a causa del magreo.

Cayó sobre la cama, conmigo encima bebiendo de su boca y apretándole bruscamente las rastas. Nos separamos con su lengua todavía unida a la mía, rozándolas fuera de la boca, con la saliva descendiendo por mí barbilla y la suya.

-¿Por qué siempre acabamos así? – pregunté, alzándome sobre su cuerpo y agarrando sus manos, situándolas directamente en mi trasero. Me lo estrujó fuertemente.

-Misterios de la vida. Quizás estemos destinados a acabar siempre así. – eché mi pelo hacía un lado de mi cuello observando su inmensa sonrisa de niño malo y volví a descender hasta su boca.

-Lo dudo mucho. Ahora… házmelo… con fuerza.

-¿Sin límites? – tomé una bocanada de aire y sonreí ampliamente.

-Reviéntame.

-Vas ha desear no haber dicho eso, Muñeco.

Supongo que fue en ese momento cuando oficialmente me convertí en Muñeco y, pese a todo, seguía sin verle nada de malo. Dejando a parte los pensamientos de que era mi hermano con quien me acostaba, obviamente, pero esos pensamientos eran fáciles de esquivar, pues me costaba trabajo ver a Tom como tal. Sólo era un hombre, bueno… mi hombre.

 
Tom no me consideraba su hombre, sino su Muñeco y yo, seguía sin ver la diferencia

Capitulo 7

-¡Chicos, ya estoy en casa! – pegué un bote enorme. El corazón se me puso en la boca en cuanto oí a mi madre entrar en casa por la puerta y salté del sofá, disparado, tan exaltado y con tanta rapidez que tiré a Tom al suelo, de boca. No me paré a mirarle y agarré lo primero que vi a mano, su enorme sudadera, poniéndomela encima con descuido. – Chicos, ¿Estáis en casa? ¿Bill, cielo?

Vi a Tom, levantándose del suelo y mirándome con cara de incertidumbre al ver que le había robado su ropa. Le señalé, histérico, la puerta de la cocina y él frunció el ceño, tirando de su sudadera, la que tapaba la desnudez de mi torso plagado de chupetones y por si fuera poco, tatuajes. Le pegué una patada baja que quería dirigir hacía su vientre, pero al ver su cara pálida y como cerraba los ojos con fuerza, maldiciéndome por lo bajo y encogiéndose adolorido, me di cuenta de que por desgracia para él, le había dado un poco más abajo.
 
No me paré a pensarlo. Me levanté y aprovechando su escasa guardia y su “incapacidad” para replicar, lo empujé hacía la cocina y cerré la puerta de golpe.

-¡Bill, cielo!

-Hola mamá. – intenté sonreír, sudando a chorros al verla aparecer cargada de bolsas que depositó en el suelo después de dirigirme una mirada de extrañeza. - ¿Cómo es que has llegado tan temprano?

-Oh, lo tenía todo planeado para este día cariño y me he pedido el día libre. He ido a comprar algunas cosas para la cena de hoy, será especial. – miré las bolsas sobre el suelo con una ceja alzada.

-¿Qué celebramos?

-Que Tom está aquí y… ¡Gordon va a venir ha cenar esta noche! ¿No es genial? – entorné los ojos, no muy contento por la noticia, la verdad, pero al ver la expresión de felicidad de mi madre, no pude hacer otra cosa que sonreír.

-Genial mamá. Será… increíble. ¿Necesitas que te ayude en algo? – mi madre se quedó parada frente a mí, con las bolsas de nuevo en las manos cuando entornó los ojos, observándome fijamente. Parecía extrañada y sorprendida y eso me hizo tragar saliva, nervioso. Mi madre siempre había sido tan astuta como despistada, un lince para ciertos asuntos, como saber cuando mentía y cuando decía la verdad y acordarme de ello, me hizo empezar a sudar cuando se me acercó lentamente, con cara de preocupación. - ¿Qué… que pasa? – de repente, frunció el ceño.

-Bill… – rara vez me llamaba Bill y no utilizaba un apodo cariñoso y eso significaba que estaba enfadada. Oh, dios… no… - ¿Qué has hecho? – el corazón volvía a latirme desbocado a causa del nerviosismo. ¿Nos había descubierto? Joder, me tomaría por loco, por depravado, por cerdo. No me volvería a dirigir la palabra en la vida. Me echaría de casa o peor, ¡Me metería en un psiquiátrico! – Cariño… bueno, supongo que es normal. Estás en la edad después de todo.

-¿Qué? – fue lo primero que dije en cuanto tuve suficiente conciencia como para reaccionar. Mi madre se mordió la lengua, azorada de repente, cortada.

-Bueno, supongo que ya eres mayorcito como para saber donde te metes, pero ten cuidado. Mantener relaciones sexuales a tu edad… es un tema delicado.

-¿¡Qué!? – mi madre sonrió, como si lo que acabara de decir fuera lo más normal del mundo. Llevó una mano de repente hasta mi hombro y noté la frialdad de su piel sobre la mía. La sudadera era tan grande que se me caía y me dejaba al descubierto el hombro izquierdo, escurriéndose por él. Se me veían los chupetones y en cuanto me di cuenta, me aparté de un salto de mi madre y me coloqué bien la sudadera. Sentí las mejillas arder y mucha vergüenza ante la risita divertida de mamá.

-Cielo, lo comprendo. A tu edad yo también actuaba así. De esa forma acabé teniendo dos preciosos gemelos. Sólo te digo que tengas cuidado. ¿Estarás usando preservativos, no?

-¡Mamá! – como para decirle que no los necesitaba… de momento. De todas formas, si llegara a usarlos a día de hoy, seguramente no sería en mi pene donde acabaría puesto.

-¿Dónde está tu hermano? – preguntó, recogiendo las bolsas de nuevo.

-Pues creo que está… ¿¡A dónde vas!? – me puse frente a ella, frenándole el paso al ver que iba directa a la cocina.

-Voy a dejar las cosas, cielo. ¿Qué pasa? ¿Y ese nerviosismo?

-¿Nerviosismo? ¿Yo? ¡Que va! – estaba tan nervioso, que me entró la risa floja y empecé a sudar. Notaba las espesas gotas de sudor empapándome la cara y el cuerpo y las piernas me flojeaban y me temblaban, como un flan.

-¿Estás bien, cariño?

-¡Si, claro que si, genial! – un golpecito tras la puerta de la cocina me sobresaltó. Mi madre pareció no darse cuenta, pero yo empezaba a sentir una taquicardia compulsiva o lo que fuera que se sintiera cuando el corazón te hacía, ¡Bum, bum, bum! Y notabas como chocaba con las tripas.

-No creo que estés bien, quizás estés incubando algo. Iré a buscar alguna medicina para…

-¡No! – le grité. Ella saltó y me miró con expresión asustada. – No puedes entrar… - conseguí murmurar, con la boca seca.

-¿Por qué?

-Porque… porque… me estoy desmayando. – y me tiré al suelo dramáticamente.
 
-¡Bill! – mi madre prácticamente derrapó hasta mi lado y empezó a sacudirme entre sus brazos, gritando, histérica. Entreabrí los ojos, sin moverme, y pude ver como Tom asomaba la cabeza por la puerta de la cocina. - ¡Oh, dios, cariño! ¡Voy a llamar a una ambulancia!

-¡No, no, mamá, quédate conmigo, que tengo mucho miedo mamá! – mi madre se debatió, exasperada, sin saber que hacer mientras Tom salía de puntillas de la cocina, abrochándose los pantalones apresuradamente, dirigiéndose hacía la entradita. - ¡No! ¡No! ¡Me duele, me duele! – Tom me miró con una ceja alzada, sin saber que hacer. No era cuestión de que apareciera entrando en casa desnudo de cintura para arriba y descalzo. Ni siquiera mi madre se creería que había salido con esas pintas. - ¡El baño, el baño!

-¡Bill, que dices!

-¡No lo sé, estoy muy mal! ¡Me desmayo otra vez! – Tom salió corriendo del salón hacía el baño mientras mi madre, gritando mi nombre desesperada, empezó a arrastrarme hacía el sofá como podía. De repente, vi a Tom otra vez asomando la cabeza por la puerta del salón.

“Te vas ha enterar por esto” leí sus labios y vi como se señalaba la entrepierna con gesto furioso para salir corriendo hacía el baño de nuevo.

Tragué saliva. Pero si no le había dado tan fuerte.

-Hijo, hijo, ¿Estás bien? ¡Responde cariño, por favor!

-Si mamá… - la miré intentando aparentar incertidumbre y poco a poco me levanté del sofá hasta estar sentado. Mi madre estaba pálida. – Ya ha pasado. Sólo ha sido… un shock. Ya estoy mucho mejor.

-¡De eso nada! ¡Por dios, que susto me has dado Bill! ¡No puede haberse pasado tan rápido cuando incluso te has puesto a delirar! ¡Mañana irás al médico!

-¿Qué? No hace falta mamá.

-Oh, sí que hace falta. Tú estás incubando algo gordo y no me quedaré tranquila hasta que no te vea un médico.

-Pero…

-¡No me repliques, vas a ir al médico y se acabó! – puse los ojos en blanco. Más me valía no llevarle la contraria.

-Vale mamá.

-Y ahora no sé si debería posponer la cena de esta noche… - la oí murmurar de camino a la cocina, a regaña dientes. A veces, mi madre era una histérica.

Me levanté del sofá enseguida, de un salto cuando la perdí de vista tras la puerta y caminé con precaución hacía el baño, sintiéndome intimidado por el intenso silencio que se había formado. Me detuve unos segundos frente a la puerta, agarrando el pomo y la abrí de golpe. No sabía exactamente que esperaba encontrarme allí, pero me decepcionó bastante al no ver absolutamente nada fuera de lo normal.

De hecho, Tom no estaba.

Cerré la puerta y salí del baño. Me pregunté si quizás Tom había subido arriba, a su cuarto tal vez. Empecé a subir las escaleras y lo primero que hice fue entrar en su habitación furtivamente, examinándolo todo, sin verlo allí. Fui hacía la mía…

-¡Te pille! – grité al abrirla de golpe, pero seguía sin verle allí.

Ladeé la cabeza.

Sentí sus manos agarrarme los hombros y de un empujón, me empotró contra la puerta, cerrándola de golpe. Me hice daño en la espalda y por un momento, me encogí y cerré los ojos hasta que vi sus manos situarse a ambos lados de mi cabeza, acorralándome.

-Me has… reventado… los huevos. – me mordí el labio. Parecía muy enfadado.

-No te movías, nos iban a pillar.
  
-¡Porque me has robado la ropa! ¡Eso es mío! – gritó, tirando de su sudadera, la cual seguía escurriéndose por mis hombros.

-¡Estaba desnudo, me iba a ver todas las mierdas que me has hecho en el cuerpo!

-¡Ese no es mi problema!

-¡Si nos pillan será tu problema y el mío! – ahí se quedó callado unos segundos.

-¡Bah, me da igual!

-¿Qué te da igual? ¡Tú estás tonto! ¡Definitivamente, tengo un hermano gilipollas!

-¡Y yo uno obseso por mi ropa!

-¿Qué? ¡Yo no estoy obseso por tu ropa!

-¿No? – Tom anduvo con gesto cabreado hasta mi cama, deshaciéndola y metió la mano bajo la almohada, sacando de un tirón la otra sudadera, la que me había dejado la noche en la que por primera vez, lo habíamos hecho. Me la mostró, alzando una ceja. Me puse rojo hasta la raíz del pelo. – Entonces, esto lo ha traído el ratoncito Pérez ¿No?

-Eso… no es mío.

-¡Obviamente no, porque es mío!

-¡Eh, eh, que tú me la diste para que no pasara frío!

-¡Te la dejé! Y todavía no me la has devuelto, ¿Puedo preguntar por qué la tienes escondida debajo de tu almohada?

-Pu-pu-pues… - me daba vergüenza soltarle que me abrazaba a ella de vez en cuando para sentirle más cerca, para captar su olor.

-No me digas que la usas para hacer guarrerías, ¿Verdad?

-¿Qué?

-Admítelo. Nadie guardaría algo así de una persona que solo conoce de un par de polvos si no es para recordar como lo hizo. ¿A qué sí? – me quedé descolocado, observando como zarandeaba la sudadera frente a mí sonriendo con total maldad. ¡Me estaba provocando! - ¿Qué haces con la sudadera? ¿Te haces pajas sobre ella mientras piensas en mí? – sentí como me temblaba el brazo y la temperatura de mi cuerpo subía y subía, pero no por excitación, esta vez no. - ¡Pero que guarro eres, Muñeco! – cerré el puño. La barbilla empezó a temblarme de tan apretados que tenía los dientes.

-Cállate.
 
-Quizás te la restriegas.

-Basta ya, Tom y cierra la boca. – no parecía dispuesto a callar y los ojos empezaron a escocerme. Sentía las cuencas arder.
-O quizás la muerdas mientras te metes los dedos por detrás, imaginándote que soy yo. - mi cuerpo entero empezó a deshacerse en espasmos.

-Déjalo ya. - Bajé la cabeza y vi como Tom se me acercaba con la chulería pintada en la cara.

-No me digas que te vas a poner a llorar por… - no le di tiempo a acabar. Levanté el brazo y le pegué un puñetazo en la mejilla con tanta rabia acumulada que lo hizo retroceder varios pasos y encogerse un poco.

Me agarré el puño con la otra mano enseguida. Joder, me había reventado los nudillos con ese golpe. Me dolía hasta a mí, a él… le abría destrozado la mandíbula.

-Tom… - mi hermano no se movió, llevándose las manos a la boca con la cabeza agachada y el cuerpo encorvado hacía adelante. – Lo siento, ¿Te duele mucho? – me situé a su lado y apoyé mis manos sobre sus hombros, sin saber que hacer, sin saber cual sería su reacción en cuanto despertara del aturdimiento del golpe, sin saber si me gritaría o me devolvería el puñetazo y la patada con el doble de fuerza, sólo sabía que no podía irme y dejarlo ahí tirado cuando le había pegado yo mismo con mi propio puño en un arranque de ira.

Murmuró algo que no alcancé a escuchar.

-¿Tom? – y entonces alzó la cabeza y oí el crujido de su mandíbula, encajándosela de nuevo con sus propias manos. Cerró los ojos, acariciándose la mejilla con expresión molesta e irritada y me miró. Me agarró del cuello de la sudadera y tiró de mi hacía arriba, obligándome incluso a situarme de rodillas sobre el suelo.

-Hoy ya van dos veces. ¿Qué pasa? ¿Quieres morir? Dilo de una vez y te ayudaré a cumplir tu deseo. – entorné los ojos. Estaba muy enfadado y por un momento, tuve miedo recordando el aspecto demacrado de Sparky tras la pelea contra mi hermano. ¿Me haría a mí lo mismo? Tom ya había demostrado varias veces sus escasos escrúpulos, por no decir nulos. Me había follado sabiendo que éramos hermanos la primera noche y seguía haciéndolo, sin aparente remordimiento… aunque yo me dejara… porque me gustaba.

No lo entendía. No entendía como podía disfrutar tanto magreándome con mi propio hermano, dejando que me la metiera por detrás, dejando que me reventara por dentro y se corriera en mí. Era una locura, pero me encantaba.

Y sólo era así conmigo. Sólo era bueno conmigo.

Sonreí al recordar sus palabras.

-¿De que coño te ríes? – no me detuve a analizar su expresión. Poco importaba como de enfadado estaba, pues conmigo, no le funcionaba y era algo que también me había demostrado aunque fuera inconscientemente, aunque no tuviera escrúpulos.

Sólo era bueno conmigo.

-¿Qué mierda estás pensan…? – mi lengua recorrió de arriba abajo sus labios, dejándolo totalmente paralizado cuando pegué mi boca a su mejilla herida y la abrí. Le mordí suavemente. – Umh… - mierda, le deseaba otra vez. Quería terminar lo que habíamos empezado abajo, quería que volviera a tocarme, que volviera a agarrarme y me lo hiciera de todas las formas posibles.

Separé mi boca de su mejilla, empapada de mi saliva y le miré en silencio a los ojos. Tom entreabrió los labios, la respiración acelerada, jadeando como si hubiera estado corriendo durante dos horas sin detenerse un segundo. El brazo con el que me sujetaba le tembló unos instantes antes de soltarme.

-Puto Muñeco. – y se abalanzó sobre mí. Los dos nos cogimos con ganas y sin pararnos a pensar que no estábamos solos en casa, encajamos nuestros labios a la perfección, moviéndolos sobre los contrarios como dos desesperados. Empujé a mi hermano contra la puerta del armario provocando un espantoso ruido al estamparlo contra la madera sin dejar de comernos la boca, sin dejar que su lengua se alejara de la mía. Por un momento, por pura ansia me descubrí siendo yo quien se lo comía a él, quien le agarraba con fuerza y le tocaba como un ansioso todo el cuerpo. Como si fuera mío.

Tom me mordió los labios de repente y nuestras lenguas se separaron. Nos miramos unos segundos entre jadeos. Se lamió los restos de saliva que habían quedado sobre sus labios húmedos y rojos. Se toqueteó el piercing y no fui capaz de desviar mi mirada descarada de los sensuales movimientos de su lengua.

Lo que podría hacerme con esa lengua…

-Eres un ansioso… además de un obseso por mi ropa. – me reí como un idiota al escucharle. Sus brazos desnudos me rodearon y me apretaron contra él con firmeza sin intención de dejarme escapar. Su pecho estaba caliente, era duro y tenía la piel suave, sin rastro de vello. Por unos momentos cerré los ojos y dejé apoyada mi cabeza ahí. Tom hinchó el pecho, cogiendo aire.

-Pues tú eres un poseso y un depravado que le gusta tirarse a su hermano. No sé que es peor.

-Muñeco…

-Dime de una vez porque me llamas Muñeco.
 
-Esta noche.

-Viene Gordon a cenar y seguro, seguro que se queda.

-¿Quién es Gordon? – me acariciaba el pelo con una mano, la otra la mantenía pegada a mi cintura bajo la sudadera y yo no tenía intención de deshacer el abrazo que nos unía. Era tan agradable.

-Gordon es mi futuro padrastro… nuestro futuro padrastro. – Estaba claro que ninguno de los dos tenía claro cual era el sitio de Tom en la familia. Él no sabía si llamar a mi madre mamá o Simone, además… se suponía que éramos hermanos y esto, no lo hacían precisamente los hermanos. Era cosa de enfermos. – Tom… ¿Me consideras tu hermano?


-¿Hum?

-¿Soy un hermano para ti o… o que soy? – noté como su pecho se hinchaba al tomar aire.

-Me has pillado, vale, lo admito. No te considero mi hermano. – separé la cabeza de su caliente pecho y le miré, esperando una respuesta más explícita. – No eres mi hermano, eres mi Muñeco. – sonrió, como si lo que acabara de decir fuera un chiste divertido. Yo seguía sin verle sentido.

-¿Hay mucha diferencia entre hermano y Muñeco? – me besó los labios levemente y rozándolos con los míos, respondió.

-Mucha. Si fueras mi hermano no podría hacerte esto, ¿No? – entorné los ojos, con su aliento en mi boca, tomando él el mío y yo el suyo.

-Supongo… que no. ¿Por eso me llamas Muñeco?

-Me sería difícil seguir acostándome contigo si tuviera en la cabeza que eres mi hermano y la idea, acabaría dándome asco. Pensar que no tienes relación de sangre conmigo es mucho más fácil, pensar que eres como cualquier otra persona…

-Cualquier otra persona con la que te puedes restregar a gusto, a tu antojo, utilizándola. Como un Muñeco. – la idea de que me comparara con cualquier otra persona me cabreaba y mucho. – Si no te gusta la idea de tirarte a tu hermano, no lo hagas.

-¿Qué pasa? ¿Me vas a decir que tú piensas en mí como hermano mientras lo hacemos y nos tocamos así?

-No, pero… - me mordí el labio. No pensaba en él como mi hermano mientras me penetraba, pero sabía que lo era me gustara o no. Era algo muy contradictorio. No me gustaba que mi hermano me tocara, me gustaba que lo hiciera Tom, pero… es que precisamente era mi hermano.

Eso me daba que pensar.

-Oh, Muñeco. – Tom me cogió de las muñecas y me separó de él, haciéndome retroceder lejos del armario y provocando que chocara contra el escritorio. Posó mis manos sobre su cara, sin dejar de mirarme fijamente, hipnotizándome. - ¿Quién pensabas que te tocaba en el coche la primera vez?

-Un… un desconocido. No sabía quien eras.
 
-¿Y por qué dejaste que te lo hiciera?

-Porque… me gustabas.

-¿Y ahora, quien piensas que te toca y te tiene acorralado entre el escritorio y su cuerpo? – encogí el cuello. Tom acercaba cada vez más su boca a la mía y su entrepierna chocaba contra mi ingle suavemente. Sonreí, pasando la lengua por mis labios. Tom me miraba embobado de una manera casi atontada y eso me hacía sentir idiota.

Venga, ¿A qué esperas? Házmelo de una vez.

-La persona que quiero que me reviente de una puta vez… se llama Tom. – sonrió, divertido y ansioso.

-¿Y quien es Tom para ti? ¿Tu hermano?

-¡Que le follen a mi hermano, yo te quiero a ti! – y otra vez, como dos salidos, apreté su cara entre mis manos y junté nuestras bocas, con todas las ganas de comérmelo. Me arrancó la sudadera a tirones, entre dientes maldiciendo la ropa por obligarnos a separar nuestros labios y en cuanto me la sacó, me agarró del trasero y me subió al escritorio, tirando todo lo que había en él, los libros, los discos, los cuadernos, el teclado del ordenador y casi tiramos la pantalla de un manotazo. Me daba igual mientras no parara de comerme la boca y nuestras lenguas siguieran peleándose por el terreno contrario.

Le rodeé el cuello con los brazos y le agarré de las rastas con fuerza, casi dándole tirones cada vez que me mordía o me apretaba el trasero con sus manos, pegándome a él y restregándose todo lo que podía contra mí.

Le arañé la espalda descendiendo hasta sus anchos pantalones, empezando a bajárselos, totalmente enloquecido, tocando la suave piel de su duro trasero, apretándola entre mis manos.

-¿Bill? – nos costó separarnos horrores en cuanto oímos como tocaban a la puerta. Dejamos de besarnos, con la respiración entre cortada, pero sin separarnos ni apartar nuestras manos del otro. - ¿Bill, estás ahí? – no me quedó más remedio. Enseguida, solté a Tom y lo empujé lentamente hacía un lado. Me bajé de un salto del escritorio y me pasé la mano por los labios, intentando borrar todo rastro de saliva. Tom hizo lo mismo y se colocó bien los pantalones antes de dejarse caer sobre la cama, intentando aparentar tranquilidad.

-¿Sí?

-¿Bill, puedo entrar? – miré a Tom, recuperando la respiración a bocanadas. Asintió con la cabeza.

 
-Si.

-¡Ey, Bill! – Gordon, mi futuro padrastro, entró por la puerta con los brazos extendidos y una gran sonrisa en la cara.

-¡Gordon! – le di un abrazo y sentí los huesos crujir cuando me espachurró contra su cuerpo de oso.

-¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Dónde te metes? ¿Muy ocupado con los estudios? Tu madre me ha dicho que vas muy bien en la universidad.

-Si, uno hace lo que puede. – desvió la mirada entonces a Tom, con una sonrisa reluciente.

-Tú debes de ser Tom.

-Hola. – a él si que se le notó la sonrisa falsa en la cara cuando se levantó. Estrecharon las manos en forma de saludo.
 
-Vaya, no te esperaba así. Siempre te había imaginado un estilo a Bill.

-Si, supongo que no todos los gemelos se parecen tanto como se dice. – se separaron casi a la nada. De repente podía casi tocar la tensión con mis propias manos.

-Así que vas a quedarte a cenar, ¿No, Gordon?

-Si, creo que será mejor que vaya a ayudar a tu madre a preparar la mesa sino quiero que me acuse de vago. Nos vemos dentro de… cinco minutos. – asentí con la cabeza, viendo como se iba de la misma manera que venía. – Bill, esos tatuajes no son permanentes ¿no?

-Oh… pues… - hice una mueca con la cara y Gordon negó con la cabeza.

-Que no los vea tu madre.

-Eso intento evitar. – y cerró la puerta dejándonos de nuevo en intimidad. Suspiré, más tranquilo y aliviado. Oí de nuevo un crujido desagradable, Tom se toqueteaba el cuello con gesto tosco.

Por su expresión, no parecía haberle caído muy bien mi padrastro.

-Parece que hoy no es tu día de suerte. – le dije y su boca se torció en una risita.

-¿No? – me acarició con una mano la mejilla y los labios e hizo amago de besarme, pero se separó en el último momento. – Yo diría que sí. – y salió de la habitación.

Me pasé la lengua por los labios, sintiendo su sabor y le pegué una patada a la puerta cerrada, sin poder contener mi júbilo.

¡Mierda, Tom me volvía loco!