-¿Hum?
– Tom estaba medio atontado viendo el baloncesto desde la cocina. Su actitud
pasota me cabreaba, pero más lo hacía la de mi madre y Gordon, ocupando el
sofá, mirándose como si en el mundo no existiera más que el otro, abrazados.
Joder,
que cursilada y me daba más rabia aún tener que reconocer que en el fondo les
tenía cierta envidia. Natalie y yo una vez fuimos así, casi me daba vergüenza
recordar lo horriblemente meloso y cursi que era pero… estaba enamorado, ¿Qué
se le iba ha hacer?
-¿Cómo
se supone que tengo que sacar esto del horno sin quemarme? – miré a Tom,
abriendo el horno y mirando el pastel de frutas de mi madre con mala cara, sin
saber que hacer con él.
-Utiliza
las manoplas.
-¿Manoplas?
-¿No
sabes lo que son manoplas? – Tom miró de un lado a otro y agarró el delantal
que mi madre había llevado puesto mientras hacía la cena. Me lo mostró con
gesto interrogante. – No, eso no son manoplas. Es un delantal, burro. – alzó
una ceja. - ¿Nunca has cocinado nada en tu vida?
-¡Claro
que sí! Salchichas de lata, en el microondas.
Dios,
¿Cómo había pasado de Natalie a esto? Un… un…
-Quita
anda. – me puse las manoplas y yo mismo saqué el pastel con extremo cuidado. Lo
solté sobre la mesa de la cocina y sonreí con superioridad. – Así se hace.
-No
me digas. ¿Te crees mejor que yo por saber sacar un pastel del horno?
-Tengo
más experiencia culinaria que tú, sólo digo eso. – Tom se carcajeó mientras me
quitaba las manoplas y sacaba los cubiertos. No le veía la gracia.
-Eres
una jodida maricona.
-¡¿Qué?!
- se cruzó de brazos, dirigiéndome una mirada de autosuficiencia y chulería
irritable y se sentó sobre la mesa de un salto.
-Te
gusta que te folle, ¿No? Que te de por culo un tío. Creo que es obvio.
-¡Una
mierda! ¿Y tú qué? ¡Que te gusta tirarte el culo de tu hermano, pedazo de
mamón! ¡Que no te cortaste un pelo en ir a por mí aún sabiendo que…!
-¡A
mí no me amenaces con tenedores eh! – miré la mano que le alzaba, con los
cubiertos agarrados fuertemente y los dejé sobre la mesa con lentitud.
-Tenía
novia, hasta que tu llegaste todo era normal.
-¡Ja!
Abría que ver a tu ex. – sería hijo de… le di la espalda, dispuesto ha hacerle
tragar sus palabras y cogí el móvil, rebuscando por la galería de imágenes. Ju,
aún tenía la foto que Natalie y yo nos hicimos en la playa en verano, cuando
cogimos el bus y nos escapamos el fin de semana a la casa de veraneo de sus
padres. Estábamos abrazados y en bañador en la orilla. Estaba guapísima y con
la cabeza bien alta, se la puse en las narices a mi hermano.
-Esa
es Natalie, mi ex. – sonreí al ver como la boca le llegaba al suelo al verla.
-¿Tu…
ex? – asentí. Estaba orgulloso de ella, para que negarlo. – ¡Joder, que tetas!
– me quitó el móvil de un manotazo - ¡Madre mía, como está la rubia!
-¡Tom,
dame eso!
-¡Pero
mira que piernas!
-¡Tom!
– revoloteé a su alrededor, intentando quitarle el móvil, recibiendo empujones
bruscos por su parte. - ¡Dámelo!
-¡Y
tú te la tiraste! ¡No me lo puedo creer!
-¡AAhhh!
¡Idiota!
-¡Oh,
no! ¡He borrado la foto! – me tiré literalmente a por él al oírle, arrancándole
el móvil, mirando horrorizado como la foto de Natalie y mía había desaparecido.
-¡¿Qué
has hecho?!
-No
salías favorecido, Muñeco, créeme. Mejor así.
-¡No
tiene gracia, Tom! ¡Era la única foto que tenía de ella! – Tom se toqueteó la
gorra, pasota como él solo.
-¿Y
qué? Es tu ex, ¿no? ¿Qué importa?
-¡Me
importa, me importa mucho, eres un gilipollas! ¿¡Por qué has tenido que
borrarla!? ¡Era mía!
-¿Tuya?
– saltó de la mesa. Su típica expresión de niño malo me puso el vello de punta
y al verlo acercarse con pinta de querer echárseme encima, retrocedí,
concentrando la mirada en mi madre y Gordon acurrucados en el sofá. Ya era raro
que no se hubieran enterado de nada de lo que andábamos gritando como para
tentar a la suerte follando en la cocina como animales en celo.
-Tom,
mamá está…
-¿Y
qué? – abrí los ojos como platos cuando me agarró de las muñecas y me alzó las
manos, acercando su cara a la mía. Me eché para atrás, con la vista fija en mi
madre. Joder, ¡Que se iba a dar cuenta!
-¡Tom,
eres un puto flipado! ¡Suéltame! – por unos momentos pensé que me haría caso al
verle desviar la mirada a mamá.
-Y
una mierda. – nada más lejos de la realidad. Empezamos a forcejear, empezó a
empujarme lejos de la puerta del salón, hacía un rincón poco iluminado de la
cocina. Por un momento casi tuve la tentación de ponerme a gritar llamando a mi
madre, pero no lo hice. Tom era tan imprevisible y cabrón que era capaz de
follarme encima de la mesa con nuestra madre delante.
Desde
luego, vaya elemento con el que había llegado a parar.
-Tom…
- bajé la voz. Una vez fuera de la vista de mis “padres” me daba miedo que
fuera incapaz de parar y, sobretodo, que yo le siguiera el juego. ¡Coño, Tom
arrasaba con todo mi jodido autocontrol! – Tom, que nos ven, joder.
-Me
da igual. – aproximó su boca a la mía, sin soltarme las muñecas, pegándome por
completo a la pared, acorralándome como un perro acorrala a una oveja y, con
una fuerza de voluntad tremenda, eché la cara a un lado, esquivando sus labios.
Tom se quedó parado unos segundos antes de zarandearme bruscamente.
-¡Oye!
-¡No
me da la gana, gilipollas! A ti te da igual, pero a mí no. ¡No puedes ser tan
animal como para no ver lo que hay a tu alrededor!
-Soy
un animal y estoy cachondo, ¿Te lo explico a ladridos? – volvió a aproximarse a
mí con intención de enganchar sus dientes en mi cuello. Alcé la pierna y rocé
con la rodilla su erección.
-O
te quitas o te la reviento de una patada. – Tom me miró con rabia contenida.
-Hijo
de…
-¡Chicos!
¿¡Y la cena!? ¿¡Para cuando pensáis poner la mesa!? – sonreí triunfal al oír a
mi madre desde el salón y nada me provocó más placer que ver la cara contraída
de rabia de mi hermano.
-Aparta,
negado culinario. – pero Tom no se apartó. Me apretó con más fuerza las muñecas
hasta hacerme daño y provocar que un quejido saliera de mi garganta.
-Cuidado
con hablar mucho de esa tal Natalie delante de mí. Ahora no eres suyo… ahora
eres mío. – y me soltó. Me quedé paralizado unos instantes hasta que sentí un
espasmo de placer y excitación total cuando su mano se cerró sobre mi
entrepierna, apretándola con fuerza casi dolorosa.
-¡Oooh!
– apreté los dientes, soltando aquel berrido. Agarré su mano y no sé como fui
capaz de contenerme para no restregarme contra ella, quizás por la mirada de
satisfacción y poderío con que me miraba Tom, con las mejillas ruborizadas. Me
observaba fijamente con una extraña mezcla de enormes ganas de agarrarme,
desnudarme y metérmela sin piedad hasta reventarme y una mirada repleta de
admiración hacía algo, sorpresa.
Me
la estrujó con más fuerza.
-Y
sé que te encanta ser mío. – jadeó contra mis labios, mordiéndome levemente el
inferior y entonces… me soltó. Precisamente cuando yo no quería que lo hiciera.
Sí,
desde luego, como había acabado siendo Muñeco de un animal como ese era un
misterio. Lo más jodido era que tenía razón, me gustaba serlo y que lo afirmara
con tanta bestialidad.
Bill,
eres un puto masoca enfermo.
-Tom
¿Te gustan los deportes? – mi hermano desvió la mirada del partido de
baloncesto que se retransmitía por la tele y miró a mi padrastro, sin mucho
interés. Ya estábamos los cuatro sentados a la mesa con un plato de pescado
repleto de condimento delante, hecho al horno. Tom estaba a mi lado, con el
tenedor en la mano. Era el único que no había probado bocado todavía.
-¿Los
deportes? Si, bueno, algo…
-¿Se
te dan bien? – Tom se encogió de hombros.
-Si,
pero soy vago y jugar en equipo no es lo mío. Una vez jugué un partido de
baloncesto oficial y… no, el quipo no es lo mío definitivamente.
-¿Por
qué no? ¿No pasabas la pelota? No sabes compartir, hermanito. – le piqué, con
cierto rentintín en la última palabra. Tom me sonrió con picardía.
-No
me gusta compartir con nadie las cosas de mi propiedad, creo que ya lo sabes,
hermanito. – me mordí el labio inferior. Eso iba por mí.
-¿Por
qué no es lo tuyo el deporte en equipo? Da la sensación de que tienes buena
coordinación. – observé con una mueca en la boca la pésima manera en la que
Gordon intentaba ganarse a mí hermano como nuevo padre. A mí, prácticamente me
tenía ganado. Me gustaba como padre, quizás porque no recordaba al mío y Gordon
era un gran referente paternal para mí, un tío enrrollado y divertido, pero
sospechaba que con Tom lo iba a tener un poco más difícil. - ¿Perdisteis el
partido en el que participaste?
-Si…
porque me echaron a los tres minutos. – miraba el pescado con una mueca de
frustración con el tenedor en alto. Me costó varios segundos averiguar que Tom
no tenía ni idea de cómo empezar a comer el pez, de cómo abrirlo, apartar las
espinas y llevarse trocitos pequeños a la boca. Vaya, cuando hablaba de su
negación culinaria no me refería a esto. ¡Si parecía que quería hacerle una
autopsia al pez! ¿En que clase de sitio se había criado este hombre para ni
siquiera saber coger los cubiertos adecuadamente?
-¿Te
echaron a los tres minutos? ¿Por qué?
-Agredí
a un jugador del equipo contrario. – entorné los ojos. ¿Por qué no me
sorprende?
-¿Lo
agrediste? – mi madre se llevo un vaso de agua a la boca, casi atragantándose
al oír aquella confesión. Ella, abogada, fanática de la justicia, pobre. No
sabía hasta que punto tenía un criminal metido en casa.
-Le
rompí la nariz. Se puso en medio cuando iba a tirar a canasta. Me sacaron falta
personal y directamente intentaron llevarme al banquillo… intentaron…
-¿Intentaron?
– Tom puso los ojos en blanco. Notaba como empezaba a sulfurarse con el
pescado.
-También
agredí al árbitro cuando me sacó la falta, también al entrenador… y me echaron
del recinto porque le prendí fuego a la mascota del equipo contario. – Gordon
abrió los ojos como platos y tragó saliva. Contuve la risita y al ver a Tom
casi empezar a cabrearse con la comida de pura impotencia ante su pescado, le
di un codazo para que me mirara y empecé a abrir el mío, a pelarle la capa
salada con el cuchillo y tenedor frente a sus ojos y a trocearlo con cuidado,
llevándomelo a la boca. Le sonreí. Tom me devolvió la sonrisa, empezando a imitarme
con cuidado.
-Vaya,
que… interesante. – mi madre miró con mala cara a Gordon. El pobre hombre se
había quedado de piedra.
-Si
eso te parece interesante… mamá sabe muchas de mis experiencias en el terreno
de la delincuencia. – por fin logró pelar el pescado y pinchó un trozo enorme,
llevándoselo a la boca. Ups, lo iba a pasar mal con las espinas.
-Creo
que ese no es un tema adecuado para hablar mientras cenamos.
-¿Por
qué no? A mí me interesa. – interrumpí. La verdad es que la manera rebelde y maligna
en la que se comportaba mi hermano me interesaba bastante. Me parecía…
excitante, para que mentir.
-Claro,
siempre puedes usarme de conejillo de indias para… - tragó saliva, con mala
cara – tus aspiraciones a loquero. – tosió un poco, llevándose un vaso de agua
a la boca. Sabía que lo iba a pasar mal con las espinas. – De hecho, estoy
fichado ¿No te lo ha dicho tu madre?
-¿Fichado?
¿En serio? Uou, eres todo un criminal.
-Si.
– y se reía. Hacía tres días un tío fichado me hubiera echado para atrás pero a
estas alturas, ya no había forma de que algo me sorprendiera viniendo de mi
hermano. Ni siquiera me sentía incómodo a su lado, de hecho, todo lo contrario.
-¿Qué
hiciste? No habrás matado a alguien, ¿O sí?
-¡Bill!
-No,
no he llegado tan lejos, pero poco me ha faltado y no a sido por falta de
ganas.
-Guau.
¿Qué has liado entonces? ¿Violación, intento de homicidio, atraco a un banco? –
mi madre me iba a asesinar con la mirada y Gordon intentaba comer sin
atragantarse, manteniéndose al margen de la conversación, pero me daba igual.
Estaba demasiado concentrado en Tom como para pararme a pensar en la reacción
de los demás que, ciertamente, poco me importaba.
-Varios
robos… - hizo una mueca. Soltó los cubiertos y se llevó una mano a la garganta.
Sospeché que se le habían atascado las espinas bien hondo. – Allanamiento de
morada, buscapleitos, agresión a varios agentes, grafittis, amenazas…
constantes peleas. No recuerdo que más.
-Practicas
pirómanas. – murmuró mi madre. Se le notaba no sólo tensa y enfadada, también
avergonzada ¿Por qué? ¿Por qué Gordon estaba delante? Estaría pensando, vaya un
regalito de niño. Nunca pensé que llegaría el día en que dijera esto pero… me
daba igual. Crímenes por todos lados, no, no lo creía.
Tom
no era tan malo, al menos no conmigo. Era… era diferente, eso sí, pero no malo.
Desde que había llegado a Hamburgo no había hecho aún nada malo… salvo
acostarse conmigo y deformarle la cara a Sparky, tampoco era tan grave ¿O sí?
-Pero
para eso estás aquí, para moderar tu conducta agresiva y guiarte por el buen
camino. Está claro que el lugar en donde te has criado ha influenciado muy
negativamente en ti. Aquí estarás mejor. – habló mi madre con seriedad. Tom
asintió con la cabeza, con una mueca de asco en la cara.
-Si,
claro. Estoy seguro de que mi hermanito logrará quitarme el trauma de encima
con su aplastante psicología. ¿Verdad, Bill? – sonreí. Joder, Tom estaba
flipado. Se lo tomaba todo a cachondeo y cuando mi madre se ponía seria, más
valía ir con cuidado.
-Supongo
que el tener una madre también te irá bien. Criarte con un solo padre tan
ocupado debió de ser duro y complicado. – tragué saliva, mirando
alternativamente a mi madre y a Tom. Gordon hacía lo mismo, preocupado. Mamá se
estaba metiendo en terreno pantanoso, un terreno que ni siquiera ella quería
tocar y Tom… no sabía como reaccionaría Tom, pero no sería muy agradable si se
metía con su padre. Lo entendería si lo defendía con uñas y dientes de las
afiladas palabras de mi madre, pero… una vez más la actitud de mi hermano me
hizo enmudecer.
-¿Ocupado?
Si, claro, cargado de litronas de vino. Cargar con un padre borracho perdido a
cuestas es mucho más fácil a como te lo ponen. Le das una botella de tequila y
ya te lo quitas de encima, lo demás… es cuestión de aprender a cuidar de ti
mismo. Además… sí que he tenido madre. – lo soltó todo de golpe, entre risas,
como si hablara de un chiste malo.
Mi
padre era alcohólico, lo sabía. Se sometió a muchas terapias sin mucho
resultado y al final, mi madre, cansada de pagar las facturas y llevar la casa
y a sus hijos sola hacía delante, decidió divorciarse. Mi padre, tristemente,
accedió. El amor que había surgido entre ellos se ahogó con cientos y cientos
de litros de alcohol pero mi padre no estaba dispuesto a desaparecer así como
así y no volver a ver a sus hijos, pues iba a mudarse a Stuttgart y no podría
venir cada dos semanas a vernos y cumplir con la custodia en vacaciones. La
mejor solución que encontraron fue esa, separarnos.
No
recuerdo si lloré, ni siquiera si sentí algo parecido al dolor. Esa etapa de mi
vida estaba en blanco porque… según ciertas cosas estudiadas en psicología y
otras tantas que Georg me había explicado, superiores a mis conocimientos,
había dos opciones…
La
primera, que de verdad me importó poco que mi hermano se fuera, cosa muy poco
probable, ya que a esa edad los niños están muy ligados a las personas que los
rodean y más si son tan cercanas como hermanos.
La
segunda, mi mente experimentó tal dolor que esa etapa de mi vida quedó sepultada
de la única manera permitida para un niño de cuatro años, el olvido.
En
esa etapa de nuestra vida familiar, tanto mi madre, mi padre y yo, aunque no lo
recordara, lo habían pasado francamente mal. Fruncí el ceño. Burlarse de eso no
era divertido, además… ¿Cómo que ya tenía madre? Eso… no lo entendía, pero mi
madre si parecía entenderlo y no le había sentado bien.
-Helem
¿no? – Tom sonrió abiertamente ante ese nombre. Me sonaba. - ¿Cómo está tu
madrastra? – lo preguntó con toda la indiferencia que pudo aparentar y yo até
cabos de inmediato. El contacto con mi padre había sido nulo desde que se fue
de casa y no porque mi madre no quisiera que contactara con él, sino porque yo
no había mostrado mucho interés. Así que mi padre se había vuelto a casar.
Vaya…
-¿Mi
madrastra? – Tom alzó una ceja y sin borrar la sonrisa de la cara dijo. –
Muerta desde hace 8 años.
Joder.
-¿Mu-muerta?
– mi madre tragó saliva. Se había puesto pálida. Gordon y yo bajamos la cabeza,
aturdidos por la respuesta. – Dios mío.
-Hubo
un accidente de coche. – fue la única explicación que dio mi hermano y todos
nos sumimos en un intenso silencio durante varios minutos. Empezamos a comer de
nuevo, desganados e incómodos.
-Vaya.
Eso… debió de ser duro para ti, Tom. – miré a mi hermano. Ante mi mirada
atónita, su expresión se convirtió en la viva imagen de la extrañeza.
-¿Duro
por qué? – preguntó, como si la muerte de su madrastra le hubiera importado tan
poco como la muerte de una rata sucia, tirada en medio de la calle. No pude
más, esa frialdad me heló las venas y no sólo a mí. Mamá se levantó, con los
ojos brillantes, blanca como un muerto.
-Se
acabó la cena. – ninguno había terminado de comer. Lo mismo daba.
Se
nos había quitado el apetito.
Gordon
se fue enseguida. Le había oído preguntar a mi madre si quería que fueran a
terminar de cenar por ahí o ir a ver una película o simplemente, si quería
pasear con él para hablar sobre lo ocurrido. Mamá dijo que no. Creo… que tenía
miedo de que Tom y yo nos quedáramos a solas.
-Bill,
cielo, voy a la cama. No me siento bien y mañana tengo que levantarme temprano
para…
-Está
bien mamá. Yo recojo esto, no te preocupes. Buenas noches.
-Buenas
noches, cariño. – me dio un beso en la mejilla y caminó hacía las escaleras.
-Buenas
noches mamá. – pude ver claramente como mi madre se estremecía al pasar al lado
de mi hermano.
-Buenas
noches, Tom. – su voz estaba quebrada. Desapareció como un fantasma al subir
las escaleras. Seguí lavando los platos, ignorando la presencia de Tom a mis
espaldas, moviéndose silenciosa. Apreté con fuerza el esponjita con la que
limpiaba los platos, llenándome de espuma el brazo.
-¿Cómo
puedes tener tanta sangre fría en las venas? – le pregunté sin dirigirle la
mirada.
-No
entiendo exactamente porque os habéis puesto en tensión cuando he hablado de la
muerte de Helem. No la conocisteis de nada, ¿no?
-No
es eso lo que nos ha revuelto el estómago, sino la forma en la que has hablado
de ella, como si te importara una mierda. ¿Qué pasa? ¿Acaso la odiabas?
-No.
-¿Era
mala contigo o qué?
-No.
Era buena, divertida, lista y me ayudaba ha hacer los deberes. – solté el plato
ya limpio bruscamente sobre el fregadero, haciendo un ruido estridente y me
volví a mirarle, con el ceño fruncido.
-La
que hizo de madre en tu infancia murió y tú te ríes hablando de su muerte. Te
ríes burlándote de tu pobre padre alcohólico, te ríes burlándote de tus
crímenes, de estar fichado por la policía y, sobretodo ni siquiera pareces
tener el menor remordimiento acostándote conmigo, con tu propio hermano. ¿De
dónde mierda has salido tú? – por una vez no se rió. Su expresión se volvió más
seria, más melancólica, casi se tornó arrepentida. Se acercó a mí lentamente.
-Muñeco,
yo… vengo del infierno… porque soy el diablo. – y volvió a reírse en mi cara.
Esa actitud me sacó de quicio y no le aguanté ni una más. Le arrojé a la cara
la esponjita húmeda del lavaplatos hecho una furia.
-¡No
tiene gracia, eres gilipollas! ¡Esta noche ni se te ocurra entrar en mi
habitación! – le grité, echo una furia y sin atender a razones, salí corriendo
hacía mi cuarto, con el corazón encogido.
-Muñeco…
– ignoré su llamada y cerré la puerta de mi habitación en cuanto llegué a allí.
Apoyé la frente en la puerta, jadeando. Estaba hecho un manojo de nervios
porque no conocía a Tom.
Había
hecho daño a mamá y ni siquiera parecía darse cuenta del dolor que causaba a su
paso. Sus crímenes me habían parecido hasta divertidos mientras los mencionaba
él pero ahora empezaba a darme cuenta de lo egoísta que yo era.
Tom
podría arrasar todo lo que se le pusiera por delante sin remordimiento alguno,
era un prototipo de futuro delincuente, posible asesino, la semilla de un
monstruo crecía en él y yo… yo estaba a su lado y era inmune. Me había
concedido inmunidad, a mí, cuando ni siquiera le importaba su propia madre o su
padre. Me había concedido el poder de hacerle frente, de plantarle cara a mí.
¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Ni siquiera era capaz de controlarme a mí mismo, de
controlar el deseo que me hacía sentir.
-¿Por
qué yo, Tom? ¿Qué quieres de mí, puto maníaco? – apoyé el hombro en la puerta,
suspirando. – Tom… - y abrí.
Tom
me miró fijamente en cuanto abrí la puerta, plantado frente a mí, con una
expresión que no sabía clasificar en su cara. No mostraba malicia ni amenaza ni
nada parecido. Se quedó quieto unos segundos antes de avanzar hacía dentro. Me
aparté y él entró en silencio. Cerró la puerta.
-¿Qué
clase de monstruo eres, Tom? – él alzó una ceja e hizo una mueca con la boca.
-No
tienes que preocuparte por eso. – dio paso hacía delante, acercándose más a mí
y se quedó quieto, como pensando que debería hacer, que debería decir. Vi el
movimiento de su nuez al tragar saliva y alzó una mano. Agarró la mía
suavemente, casi con miedo, preparándose para alejarse si le rechazara, pero no
lo hice. Su tacto áspero me hizo sentir una descarga eléctrica y como si mi
corazón estuviese conectado a los electrones, empezó a palpitar tan fuerte que
casi superaba el sonido de mi jadeante respiración. – Soy un monstruo
peligroso, pero no debes preocuparte ni temerme por eso.
-¿Que
no te tenga miedo dices? Cuando tú mismo lo admites…
-Precisamente
por eso también admito que no tienes razones para temerme. Soy un monstruo
peligroso, pero no para ti. – los labios empezaron a temblarme y mi respiración
prácticamente se volvió entrecortada.
-¿Por
qué no para mí? – Tom se tornó pensativo unos segundos, una pequeña sonrisa,
sin malicia alguna, se dibujó en sus labios.
-Creo
que eso tienes que averiguarlo tú.
-¿Yo?
¿Por qué?
-Soy
su primer paciente, Doctor Kaulitz. Si puede conmigo, será el mejor psicólogo
del mundo. – me reí, bajito.
-Entonces,
si voy a tratarte, tendré que saber mucho de ti.
-¿Mucho?
-Sinónimo
de todo. – Tom se mordió el labio inferior unos segundos.
-Son
muchas cosas. – nuestras manos seguían unidas. Sentí como me acariciaba con el
pulgar el dorso de la mano y como se me erizaba la piel por ese simple hecho.
-Hay
mucho tiempo. – él no respondió. Los dos nos quedamos absortos mirándonos
fijamente como dos idiotas sin decir una palabra. Me dio tiempo a sentir como
las mejillas me empezaban a arder y como mi hermano se toqueteaba nervioso el
piercing, paralizado.
-¿Quieres…?
-Tom,
cada vez estoy más seguro de que eres un poco idiota además de delincuente. –
alzó una ceja con cara de ¿Qué me estás contando? Y me puse a reír.
Negó
con la cabeza.
-A
la mierda las gilipolleces. – me agarró de la barbilla y al segundo ya había
metido su lengua en mi boca y nuestros labios se movieron con ansia
incontrolada. Otra vez perdía el control como un loco desesperado, otra vez me
dejaba devorar como un animal indefenso. Si, si, si, ojala me devorara y no
dejara de mí ni los huesos.
Le
arranqué la gorra y la bandana de un tirón.
-¡Au!
– se quejó el tiempo justo que dejé su boca libre para quitarme la camiseta y
agarrarme a su rastras, tirando de ellas hacía abajo, obligándole a alzar la
cabeza y recorriendo las comisuras de sus labios con mis labios húmedos a causa
del magreo.
Cayó
sobre la cama, conmigo encima bebiendo de su boca y apretándole bruscamente las
rastas. Nos separamos con su lengua todavía unida a la mía, rozándolas fuera de
la boca, con la saliva descendiendo por mí barbilla y la suya.
-¿Por
qué siempre acabamos así? – pregunté, alzándome sobre su cuerpo y agarrando sus
manos, situándolas directamente en mi trasero. Me lo estrujó fuertemente.
-Misterios
de la vida. Quizás estemos destinados a acabar siempre así. – eché mi pelo
hacía un lado de mi cuello observando su inmensa sonrisa de niño malo y volví a
descender hasta su boca.
-Lo
dudo mucho. Ahora… házmelo… con fuerza.
-¿Sin
límites? – tomé una bocanada de aire y sonreí ampliamente.
-Reviéntame.
-Vas
ha desear no haber dicho eso, Muñeco.
Supongo
que fue en ese momento cuando oficialmente me convertí en Muñeco y, pese a
todo, seguía sin verle nada de malo. Dejando a parte los pensamientos de que
era mi hermano con quien me acostaba, obviamente, pero esos pensamientos eran
fáciles de esquivar, pues me costaba trabajo ver a Tom como tal. Sólo era un
hombre, bueno… mi hombre.
Tom
no me consideraba su hombre, sino su Muñeco y yo, seguía sin ver la diferencia