-Tiene
mucha fiebre, quizás debería llevarlo al hospital. – oí la voz suave y
preocupada de mamá, un poco lejana, como en otra realidad.
-No
le pasará nada por un poco de fiebre. Será gripe o algo por el estilo, no te
preocupes. Yo cuidaré de él. – esa voz ya era más difícil de situar. ¿Sería
Gordon?
-No
se si debería, ¿Y si empeora?
-Puedo
llevarlo yo al hospital si llegara a pasar, pero… no lo creo.
-Hum…
-¿No
confías en mí? – su tonó imponente varió a uno lastimero.
-¡Oh,
claro que si, cielo! Sólo estoy preocupada… ¿Seguro que podrás cuidar de él tú
sólo?
-Claro.
-De
acuerdo, entonces te lo dejo a tu cargo. Si llegara a empeorar, llámame al
móvil. Está apuntado al lado del teléfono, junto a los números de emergencia.
Bill es tan olvidadizo que de pequeño tenía que apuntárselos con rotulador en
el brazo.
-¿Enferma
a menudo?
-No,
quizás es que yo soy demasiado sobreprotectora. Bueno, me voy a trabajar
cariño. Si pasa algo, llámame.
-Adiós…
mamá. - ¿mamá? En el momento en el que oí el portazo de la puerta de la calle
al cerrarse, abrí los ojos que había mantenido entrecerrados hasta ese momento.
No
era Gordon, ¿Quién…?
-¡Ah!
– metí un bote sobre la cama, deshaciéndome del exceso de sábanas que tenía
encima. La toalla mojada que había sobre mi frente cayó al suelo y todo empezó
a darme vueltas y vueltas hasta que volví a desplomarme sobre la cama, mareado
y con un dolor de cabeza horrible. Tenía la nariz entaponada por los mocos, que
asco.
Tenía
que salir de allí, buscar a mi madre y… no, no, mejor a Georg. Lo mataría con
un bate de béisbol, si. Tenía que llamar a Georg y…
La
puerta se abrió cuando agarré el móvil, dispuesto a marcar. Él se detuvo en el
umbral, mirándome con una ceja alzada.
-¿Ya
te has despertado?
-No…
soy sonámbulo, ¿no te jode? ¡Ni te me acerques! – grité, con voz aguda y
congestionada, blandiendo un móvil como arma homicida.
Se
empezó a reír en mi cara.
-¿Qué
coño haces? Anda, suelta el móvil a ver si te lo vas a comer. – cerró la puerta
lentamente tras él, sonriente. Mi primera reacción fue coger la almohada y
tirársela a la cabeza. – Cuidado, no vayas a dejarme tonto. – cogí el cuaderno
de biología que había sobre la mesa y se lo lancé. Lo cogió al vuelo y lo tiró
al suelo, pisoteándolo. Mis apuntes a la mierda. Lo próximo fue arrancar el
teclado del ordenador y tirárselo a la cara. - ¿Pero que haces? – lo esquivó,
cogiéndolo con cuidado, junto a la pantalla, eso le impidió moverse lo
suficientemente rápido como para esquivar el escritorio. Aproveché que tal vez
le había roto una costilla para abrir la ventana y precipitarme por ella para
saltar al jardín. Demasiada altura, me rompería una pierna… o las dos.
Marqué
a velocidad supersónica el número de Georg, pensándome mejor si saltar o no al
verlo correr hacía a mí con expresión asesina. ¿Matarme o quedarme a merced de
mi malvado hermano gemelo que, por lo pronto, ya se había llevado consigo mi
santísima virginidad trasera? Matarme, si, matarme.
-¡Cabronazo!
– Me cogió al vuelo cuando ya me veía volando libre como un pájaro próximo a
estamparme contra el suelo.
-¡No!
¡Nooooo! – pataleé, intentando que me dejara caer, pero sus brazos me agarraban
como un koala por la espalda y tiraban de mí hacía atrás.
-¡Serás
hijo de puta! – le pegué una patada en algún lugar y le tiré de las rastas.
-¡Georg,
socorroo!
-¡Cállate!
-¡Me
violan, no! ¡No, no, no, no quiero!
-¡No
me cabrees o te juro que …!
-¡Ayuda!
-¡Estás
muerto!
-¡Aaaahhh!
– Su cuerpo calló pesadamente sobre el mío. Mi pobre espalda dio contra el duro
suelo y frente al aturdimiento, me vi totalmente inmovilizado y aplastado por
él. Me tapó la boca con la mano. Su mirada furiosa me dejó paralizado y muerto
de miedo.
-Tú…
estás muerto. – ese tono amenazador era nuevo para mí, de hecho, todo lo que él
representaba era nuevo. Sólo sabía que era mi hermano gemelo, aquel al que no
veía desde los cuatro años y, ayer... Se acostó conmigo. Si lo hubiera sabido
antes, si hubiera tenido al menos una foto, nunca hubiera dejado que esto
pasara pero...
Su
mano iba camino de mi cuello, por su rostro, parecía estar deseando agarrarlo y
aplastarlo, cortarme la respiración, estrangularme hasta matarme. Por primera
vez en mi vida sentí auténtico miedo.
Entrecerró
los ojos y se detuvo. Su rostro se relajó. Me acababa de dar cuenta de que
estaba llorando, temblando de pánico y de frío. Con su mano sobre mi boca y la
nariz entaponada, no podía respirar.
Algo
tuvo que hacerle apiadarse de mí y me soltó. Empecé a toser violentamente,
tomando aire a bocanadas. Aún seguía sobre mí, con expresión indiferente, muy
cerca. La noche anterior su contacto me había hecho estremecer y morirme de
placer, ahora tenía miedo porque seguía igual de atrayente que la noche
anterior, aún sabiendo quien era. Dios mío, ¿Tan salido estaba? Que se quitara,
que se apartara por favor, que se apartara y, como si hubiera oído mi súplica,
se aparto. Se levantó de encima de mí, sin ni siquiera mirarme y agarró el
escritorio volcado sobre el suelo, volviendo a colocarlo en su sitio. Me situé de
rodillas sobre el suelo, observándolo sin mencionar palabra, tosiendo, mientras
él recogía el desastre que había montado y lo colocaba todo medianamente bien.
-Ten
un poco de más cuidado con lo que dices o haces. – le oí murmurar. – Soy fácil
de irritar y pierdo a menudo los nervios. – yo si que estaba perdiendo por
completo los nervios. ¿Es que no decía nada? ¿No le importaba lo de la noche
anterior? Se había acostado con su hermano gemelo y ¿Así se quedaba?
-Ayer…
- me picaba la garganta. Sentí un calorcillo sofocante recorrérmela de arriba
abajo, extendiéndose por todo mi cuerpo al recordar cada detalle de lo sucedido
hacía ni siquiera veinticuatro horas.
-¿Ayer?
– alzó una ceja. - ¿De que hablas? – me quedé con la boca abierta,
observándole.
-Ayer…
ayer... Esta noche… tú y yo en el pub…
-¿Qué
dices? Es la primera vez que te veo desde los cuatro años.
-Pe-pero…
- estaba estático. ¿Cómo que no me había visto desde que nos separaron? Pero si
habíamos pasado la noche juntos, nos habíamos tocado, besado y… lo habíamos
hecho. Me miraba serio, cruzado de brazos con chulería. La persona de la noche
anterior era idéntica a él en aspecto pero… su comportamiento… ¿Era posible que
me hubiera equivocado? Incluso vestían igual y tenían la misma voz. No era posible,
¿O si? Una pequeña lucecita de esperanza me iluminó el rostro cuando apreté el
móvil fuertemente entre mis manos y busqué su número en mi agenda y
rápidamente, sin importarme que mi hermano estuviera frente a mí, llamé sin
pensarlo y me lo llevé al oído, con una sonrisita bobalicona en el rostro,
desquiciada. Me sudaban las manos.
La
melodía de un móvil empezó a sonar cerca de mí. No era el mío. Mis ojos
empezaron a trepar lentamente por el cuerpo de Tom, de mi hermano, recorriendo
cada centímetro cubierto por ese montón de ropa enorme, buscando el sonido que
me estaba llamando la atención, el molesto sonido de esa molesta melodía
rapera. Mantenía su móvil en alto para que lo viera bien. En la pantalla
iluminada…
Muñeco…
El
móvil se me cayó de las manos al suelo. Sonrió. Se rió cruelmente de mí.
-Era
broma. – si, era él. El mismo que la noche anterior. Mi hermano. – Era tan
obvio. No pensé que fueras a dudar teniéndome cara a cara. Que ingenuo, muñeco.
– acarició el filo del móvil con los labios antes de rechazar mi llamada con
expresión divertida.
Se
me empezó a remover el estómago y sentí como la cordura desaparecía poco a
poco.
-Tampoco
hace falta que te pongas a llorar…
-Pe-pe…
- ni siquiera me salía la voz, solo un débil tartamudeo. - ¿Sa-sabías… que
éramos… hermanos? – ladeó la cabeza ante mi pregunta, poniendo los ojos en
blanco. Si todo resultaba tan sorprendente para él como para mí, quizás…
-Si.
Lo supe cuando empezaste a hablarme del miedo que le tenías a tu hermano
desconocido, que temías que te maltratara, te utilizara, te violara y demás… -
se rió. - ¿No es irónico? En realidad, no fue una violación después de todo. –
me levanté del suelo de golpe.
-¿¡Estás
loco!? – levanté la mano para golpearle, pero me mareé y las piernas empezaron
a fallarme de nuevo. Me agarró, prácticamente me abrazo y situó su mano fría
sobre mi frente, apartando los mechones de pelo suelto. - ¡No me toques! –
estaba furioso y me soltó arrojándome sobre la cama con brusquedad.
-Si
puedes gritar así, no puedes estar tan mal. – Lo vi, a gatas sobre mí, con las
manos sobre mis hombros. Apretó con dos dedos un lugar concreto entre mi cuello
y hombro y un dolor punzante me paralizó los músculos pertenecientes a ese
lugar.
-¡Aaahh!
- grité, sin poder contenerme. Sonreía de una manera tan sádica…
Me
encogí sobre la cama, luchando por contener las lágrimas.
-¡Para,
para ya!
-¡Exagerado!
– pataleé y grité, resistiéndome, intentando apartar su mano de mi cuello.
-¡Quítate
joder!
El
timbre sonó. Nos miramos mutuamente en silencio durante unos segundos,
repentinamente paralizados. ¿Se movería? ¿No lo haría? Me… me… ¿Qué me haría?
Era capaz de imaginarlo y casi empezaba a resignarme a ello, siendo consciente
de su fuerza. No quería. Otra vez estaba a punto de llorar hasta que se levantó
con un nuevo sonido del timbre, bufando.
-Ahora
que empezaba lo interesante. – caminó hacía la puerta y me levanté, alterado,
adolorido por el daño que me había causado en el cuello, dispuesto a seguirlo.
Al ver mis intenciones, de nuevo me empujó bruscamente haciéndome caer al
suelo, a los pies de la cama y salió de mi cuarto. Me levanté enseguida y corrí
tras él, escaleras abajo. Él ya había abierto la puerta.
-Esto…
¿Está Bill o… me he equivocado de casa?
-¡Georg!
– Georg, mi salvador, mi mejor amigo había venido a salvarme. Las lágrimas
contenidas casi se me saltaron de puro alivio y salté el último tramo de
escaleras de un brinco, dispuesto a tirarme encima de él como en una serie de
dibujos animados, con tal mala suerte que calculé mal mis escasas fuerzas a
causa de la fiebre y me caí de boca sobre el suelo.
-¡Ah,
tan torpe y burro como siempre, eres un pupas! – Georg me levantó cogiéndome de
la cintura como si fuera un saco de patatas.
-Me
duele la cabeza. – lloriqueé.
-Eres
tonto. Te va a salir un buen cuerno.
-¡Estoy
enfermo! ¿Sabes? Tengo fiebre... ¡Y muchos mocos!
-Eso
es asqueroso.
-Así
que trátame con delicadeza y se bueno conmigo.
-Perdone,
príncipe. Es usted quien se ha comido el suelo, ¿desea que le aparte de la
nariz su real moco?
-¡Idiota!
-¡Jajaja!
– me reí con él, o lo intenté. Me salió algo parecido al gruñido de un cerdo
con tanta mucosidad. Era tan fácil olvidarme de los problemas cuando estaba con
él. – Gustav, ¿Qué haces ahí parado? – entonces me fijé en que Gus aún seguía
en la puerta. Mi otro mejor amigo, parado, paralizado y pálido. Sus ojos y los
de Tom estaban fijos en el contrario.
-Georg,
quizás… ¿Hemos interrumpido algo? – murmuró, recuperándose del shock. Me miró y
me puse blanco. Él sabía con quien había pasado la noche anterior, nos vio. Un
escalofrío que me puso el vello de punta me recorrió la piel.
-¿Eh?
¿Interrumpir que? – y por primera vez, Georg pareció reparar en Tom. Quedó
consternado. - ¿Quién eres tú?
-¿Yo?
¿Sois amigos de mi hermano?
-¿Hermano?
No me digas que tú eres su gemelo. – Tom sonrió. Los ojos de Gustav casi se le
salieron de las órbitas.
-Soy
Tom.
-¡Tom!
¡Joder! Pe-pero… ¡sino os parecéis en nada! Y yo pensando que iba a tener que
cargar con otro Bill el resto de mi vida, vaya alivio.
Gustav
no sabía que pensar y yo, no sabía que decir. Ayer me acosté con un hombre y
hoy me he enterado de que es mi hermano gemelo, que… está completamente loco.
Las consecuencias serían nefastas.
-Bueno,
¿Pasas, Gus? – intenté hablar con normalidad, más tranquilo teniéndolos a mi
lado. Tom no se me acercaría estando en compañía ¿no?
Gus
asintió y entró.
-Si,
paso. Creo que… tenemos que hablar de algo.
-¿Vienes
de Stuttgart? – le preguntó Georg, distrayéndolo por un momento.
-Si.
-Me
han dicho que es un paraíso de frikis.
-¡Jajaja!
¿Eso dicen? ¡Venga ya!
-¡Si,
y que está muy animado siempre!
-Bueno,
eso si es verdad. Aunque no hay frikis, al menos yo nunca he visto a uno por mi
barrio. Supongo que, porque por donde yo vivo, solo está la escoria de la
ciudad.
-Las
bandas de delincuentes, ladrones, alcohólicos, yonkis, drogadictos… gente así.
-¿Tú
vives en un sitio así? – Tom se encogió de hombros.
-Entre
la mugre. Tampoco es gran cosa, pero por lo menos, nunca tienes tiempo para
aburrirte si sales a la calle. – escuché la conversación desde la cocina,
sorprendido. No sabía nada de mi hermano, sólo que vivía con mi padre en
Stuttgart y que entró en la universidad por beca y, de la misma manera, lo
habían echado a la calle. También sabía que era problemático y, por lo visto en
las últimas horas, que estaba loco. No sabía nada más y Georg desvió la
conversación hacía otros temas, incómodo a causa de la última respuesta.
-¡Bill!
¿Te has desmayado por el camino?
-¡Encima
de que las cervezas son para vosotros, os quejaréis! – les grité desde la
cocina, sacando tres cervezas del frigorífico. Si Tom quería una yo no pensaba
llevársela pero, en cuanto llegué al salón y le di una a cada uno, Tom me
arrancó la mía de las manos. - ¡Eh, esa es mía!
-¿Tú,
beber alcohol, estando enfermo? Creo que no. – le dio un trago largo en mi cara
y Georg rompió a reír observando mi expresión rabiosa.
-Oh,
pobre Bill. Pero estate agradecido. Tu hermano se preocupa por ti. Ahora se que
si te dejo solo en casa podré irme tranquilamente a la mía sin preocuparme de
que te caigas dentro del horno.
-Ja,
ja, ja.
-Anda
hermanito, hazte un zumo de naranja con muchas vitaminas para ponerte bueno. –
Georg bramó, carcajeándose. Gustav nos miraba alternativamente, de mi hermano a
mí, buscando el momento idóneo para estar a solas conmigo y preguntarme que
demonios estaba ocurriendo, así que decidí sentarme. Ni Tom se me acercaría de
esa manera delante de Georg, ni Gus preguntaría nada frente al grandullón.
Georg era mi bendita salvación. Si pudiera contarle lo sucedido sin necesidad
de temer que cometiera un asesinato hacía Tom… Por eso Gus era mucho mejor para
confiarle secretos. Mucho más discreto y te era de mucha más ayuda, al menos,
sino querías que alguien saliera herido.
Me
senté al lado de Georg, pegándome todo lo posible a él, agarrándole del brazo.
Volvía a sentirme mal.
-¿Y
esas confianzas, Billy, cielito? – imitó la voz de mi madre, bromeando. No
tenía ganas ni de reír y apoyé la cabeza en su hombro, desganado.
-Tienes
mala cara ¿Estás bien? – Gustav me tocó la frente con la mano, situándose de
rodillas a mi lado. – Tienes fiebre.
-Ya
lo sabía.
-Deberías
ir a la cama. – me aconsejó.
-¿Te
llevo? – El ambiente dio un enorme giro, pasando del cachondeo entre amigos al
casi familiar. Estaba acostumbrado a eso, a que me mimaran de esa manera, tanto
mi madre, como ellos.
-No
quiero. Estoy bien. – tenía miedo de acostarme y de que cuando me despertara,
ya no estuvieran a mi lado y Tom se aprovechara de mi debilidad para… lo miré
de reojo. Él nos observaba con el ceño fruncido, pensativo y mosqueado.
-¿Qué
clase de relación tenéis vosotros tres? – preguntó, con recelo y casi asco.
-¿Eh?
– las atenciones de los dos se centraron en él y eso, me molestó.
-En
mi mundo, si un tío apoya la cabeza en el hombro de otro, puede considerarse
hombre muerto.
-Tu
mundo es muy raro, tío, aunque supongo que es lo normal. – Georg me revolvió el
pelo con cariño, aplastando mi cabeza contra su duro brazo. – Bill es nuestro
mocoso mimado, el mimosín, el gatito perdido, nuestra mascota. Llevamos juntos
tanto tiempo cuidando de él que hasta hace poco, su madre nos llamaba por
teléfono para hacer de niñeras cuando salía a comprar pan.
-¿Estáis
de coña? – me puse rojo recordando aquello. Siempre había estado demasiado
sobreprotegido tanto por mi madre como por mis amigos, como si fuera una muñeca
de porcelana.
-Bill
es nuestro amigo. – saltó Gus de repente, con un tono tan protector que Georg
se le quedó mirando con sorpresa. – Nadie, aparte de su madre y nosotros ha
estado y estará tan cerca de él. – eso, sonó como una advertencia hacía mi
hermano, tan clara, que me hizo tragar saliva. Tom rozó el cristal de la
botella con los labios, clavando su mirada penetrante en mí. Se estaba riendo
en silencio.
–Supongo
que no. – los dos sabíamos que si. Que en una sola noche él había estado más
cerca que todas mis personas queridas. Dentro de mí y eso, me hizo sentir hasta
remordimientos.
-Ayer
estuviste en el pub que hay a las afueras ¿verdad? – los ojos casi se me salieron
de las órbitas cuando Gustav habló de ese tema con total normalidad delante de
los tres. El corazón se me aceleró y vi a Tom apartarse la botella de cerveza
de los labios, tras darle varios sorbos, totalmente tranquilo y casi ausente.
-Si,
¿Por qué?
-Hasta
hace nada me preguntaba quien abría llevado a Bill a casa después de la fiesta.
La última vez que lo vi, estaba a tu lado.
-Si,
supongo. Salió conmigo, ¿Qué pasa con eso? – abrí la boca de par en par,
observando como Tom apoyaba el tobillo sobre su rodilla, sonriente,
entretenido, aparentemente divertido por el interrogatorio y al dirigirme una
de esas miradas maliciosas, no supe con certeza hasta donde estaba dispuesto a
hablar para chincharme. Pero… eso era demasiado…
-Nada.
– Gus se encogió de hombros y estiró los brazos. – Me pareció curioso…
-¿El
qué? – se picó Tom, o, quizás, lo hacía para joderme y aumentar mi tensión.
-Estuve
llamándole, nervioso, unos minutos después de veros salir juntos, pero nadie lo
cogió hasta, más o menos tres horas después, de camino a casa. En esas horas,
me preocupé mucho… - lo dejó en el aire. Su pregunta no formulada era obvia.
¿Qué ocurrió durante esas tres horas que estuve incomunicado? Algo se me cruzó
por la cabeza entonces. No oí ningún móvil mientras Tom y yo nos dedicábamos a
calentarnos en el coche el uno al otro y, de camino a casa, cuando lo cogí, lo
encontré apagado, cuando yo siempre lo tenía encendido, por si acaso. Lo había
guardado en la chaqueta, lo primero que él me quitó y tiró al suelo. Una de las
cosas que desaparecieron de mi vista cuando me metió en el coche, desnudo.
Sería
hijo de puta. Lo había tenido todo planeado desde un principio.
-Qué
mierda estás diciendo, Gustav? – gruñó Georg.
-Durante
esas tres horas… - mi cara debió ser la misma encarnación del horror cuando Tom
curvó una sonrisa de las suyas. Lo iba a decir, ¿Lo iba ha hacer de verdad? –
Que yo recuerde, durante ese tiempo, Bill y yo… - cállate, cállate, cállate,
cállate por favor. Le supliqué con la mirada, horrorizado. – Hacía mucho que no
nos veíamos, desde los cuatro años. Había mucho de que hablar y, por suerte,
nos reconocimos enseguida. Bueno, en realidad, él tardó un poco más, pero a mí
me bastó un par de frases para saber que era mi hermanito y… la emoción fue
tanta que decidimos ir a un sitio más silencioso para poder conocernos más… a
fondo. – su sonrisa no varió en nada. Mi rostro pasó de pálido como un muerto
que había caído de un ataque al corazón tras ver un fantasma a uno de profundo
alivio. Suspiré. Gustav se relajó un poco, pero seguía sospechando que algo no
iba bien.
Había
empezado a sudar a chorros por culpa de ese momento tan estresante. Estaba
agobiado, necesitaba agua.
-Voy
a… por agua… - me levanté desganado, sintiendo las miradas de todos clavadas en
mi nuca. Encogí el cuello, sintiendo una pequeña chispa de electricidad
recorrerme la columna. Miré a Tom por encima del hombro, disimuladamente. Me
observaba con atención y al ver que yo también lo hacía, me vaciló pasándose la
lengua por los labios, sonriente. Me quedé tieso unos segundos y cerré la
puerta de la cocina de un portazo, apoyándome en ella una vez hube escapado de
su mirada.
El
frío desapareció, empezaba a tener calor, empezaba a sudar. Las piernas me
temblaban y no por la fiebre. Estaba loco, ¡Estaba loco! ¿Qué me haría en
cuanto se fueran y nos quedáramos otra vez a solas? No, no, no por favor.
Estaba acorralado de la noche a la mañana. No podía contárselo a nadie porque
yo mismo lo había empezado todo y ahora, me había convertido en el muñeco de mi
hermano gemelo. Su muñeco…
Me
arrastré por la puerta y me derrumbé sobre el suelo, cubriéndome el cuerpo con
las manos. Empecé a llorar. No me convenía. Si Georg o Gustav me veían se
preocuparían y hasta que no les contara el motivo de mis lágrimas, no me
dejarían tranquilo. Y no podía contarlo. No veía la salida. Sería el muñeco de
Tom de por vida, su… juguete sexual. Las lágrimas se incrementaron. Tenía
miedo, mucho miedo.
-La
verdad es que es un alivio que por fin estés aquí. – oí a Georg claramente tras
la puerta, sustituyendo sus risotadas por un tono de voz más claro y tranquilo,
incluso dulce. Los sollozos ahogados me hacían difícil poder oírlo más claro. –
Bill te ha estado esperando mucho tiempo ¿sabes?
-¿A
mí? – me tapé la boca, conteniendo los sollozos y las ganas de gritar. Esa voz,
la que no había dejado de sonar en mi mente toda la maldita noche, la de la
persona que se aprovechaba de mí, la que me tenía acorralado, con ese timbre
casi maligno…
-Desde
que conozco a Bill a podido pronunciar tu nombre unas ocho millones de veces.
Era realmente irritante que ha cada tema de conversación, de alguna manera,
acabara hablando de su hermano gemelo. Mi hermano se llama Tom, vive en… ahora
estará haciendo esto… quizás le guste esto… quizás esto otro… seguro que tiene
muchos amigos, seguro que es muy guay, seguro que es muy fuerte y divertido…
seguro que cuando vuelva, seremos inseparables…
-Estaba
todo el santo día así, no se como lo hacía. Tenía unas ganas de conocerte
impresionantes. – mis sollozos se detuvieron. Me los tragué con cada una de
esas palabras, deseando escuchar más.
-Recuerdo
que… bueno, Bill siempre ha sido muy torpe y bocazas y se metía a menudo en
problemas con matones. Más de una vez le han atizado bien fuerte o le han hecho
rabiar y, cuando nosotros lo ayudábamos y lo defendíamos, cuando se reían de
él, gritaba “¡Cuando mi hermano mayor vuelva, os meterá una paliza!” – oí las
risotadas de Georg contra la puerta, de nuevo, al hablar de ese detalle.
Era
cierto, lo recordaba bien.
-Supongo
que para Bill, el conocerte siempre ha sido su principal sueño. – si, lo era.
Desde siempre. El pensar en mi hermano, en como estaría, como sería, que haría,
siempre pensaba en él en los momentos de aburrimiento, me venía a la cabeza
mecánicamente. En los momentos tristes, pensaba que él estaba cerca y compartía
mi tristeza y eso me hacía sentir mejor. En los momentos alegres, quería pensar
que él también estaba contento.
Cuando
soplaba las velas de mis tartas de cumpleaños siempre pedía el mismo deseo.
Quiero conocer a Tom, quiero ver a mi hermanito. El deseo se había cumplido.
-Bill
siempre te ha estado esperando. Cuando no sabía que hacer, intentaba pensar en
ti, en que harías tú, en que le aconsejarías estando a su lado. Te hacía más
caso a ti, una sombra de lo que él recordaba, que a nosotros. Por eso… - me
limpié las lágrimas. – No decepciones a tu hermano. Esperaba una especie de
cuento de hadas cuando tú aparecieras. Te quería hasta el extremo sin ni
siquiera conocerte. Sería un palo tremendo que le hicieras daño y viera que… no
eres lo que él cree que eres. – las palabras de Gustav me llegaron hondo, me
hicieron recapacitar y levantarme del suelo.
Lo
había deseado desde pequeño, conocerle y ahora que lo tenía delante, ¿Me daba
miedo? Vale que no fuera un hermano normal, vale que me hubiera utilizado, vale
que me acosara y nos hubiéramos acostado juntos, que se hubiera aprovechado de
la situación pero… seguía siendo mi hermano, mío. ¿Abría en él algo de lo que había
esperado? ¿Algo de amabilidad, cariño fraternal? Eso, me tocaba averiguarlo a
mí. De hecho, aún quería conocerle. El que nos hubiéramos acostado juntos no
había hecho más que aumentar esa necesidad de saber más de él.
Pero
no estaba dispuesto a ser un muñeco.
-¡Bill,
nos vamos ya!
-¡Si
te has ahogado en el lavaplatos, no hace falta que vengas! - ¿Ya se iban?
Estaba decidido a enfrentarme a Tom, ¡Pero no tan pronto! Corrí hasta la puerta
de la calle, donde luché para no lanzarme en brazos de Gustav y rogarle que se
quedara. Tom los despedía entre carcajadas, ya incluso planeando el día para
quedar todos juntos. Él y Georg parecían llevarse bien, eso me preocupó.
-Esto…
¿Seguro que no queréis quedaros un poco más?
-No
quiero que me contagies Bill, mañana tenemos facultad.
-Cierto,
la facultad de psicología… - murmuré. Estaba en mi primer año de carrera. Georg
ya iba por el tercero y, en ocasiones, me hacía de guía y me prestaba apuntes.
Gustav iba por el segundo año de informática, como programador o algo parecido.
Hacía unas cosas más raras con un ordenador delante…
-¿Y tú, Tom? ¿Qué estudias? – le preguntó Gus. Él se lo estuvo pensando unos segundos.
-Telecomunicaciones.
No soy tan aplicado como vosotros, sólo estudio mientras busco algún trabajo. –
me pregunté si hablaba en serio. Supuse que sí al ver su sonrisa ante nuestras
caras atónitas, sin dar más explicaciones.
-Entonces
nos veremos mañana por allí. Cuídate Bill. – tragué saliva.
-Claro.
-Cuídamelo
ehh. – Tom sonrió, mirándome de reojo. El corazón retumbó con fuerza sobre mi
pecho.
-Descuida.
– los vi salir por la puerta. Gustav me miró por encima del hombro. No podía
sacarse la sospecha de la cabeza y con razón. Aún estaba a tiempo de
arrastrarme hasta ellos y rogarles que se quedaran o me llevaran, pero la
puerta se cerró de golpe a manos de Tom antes de que pudiera decidirme.
Retrocedí instintivamente, sin quitarle la mirada de encima. Nos observamos en
silencio, intentando averiguar que se le pasaba por la cabeza al otro y, por su
siniestra sonrisa, pude averiguar que nada bueno. – Ya lo has oído. Me han
pedido directamente que cuide de ti… - le veía venir, dispuesto a abalanzarse
sobre mí como un animal, acorralando a su presa. Empecé a ponerme nervioso
conforme avanzaba y yo me quedé paralizado, sin saber que hacer, que decir. El
deseo de conocerle desaparecía con el miedo y mi reacción fue darle la espalda
y echar a correr hacía mi cuarto, pero ni si quiera pisé el primer escalón
cuando sentí como me agarraba del pelo y tiraba de mí hacía atrás, hasta dar
con su cuerpo, de un tirón.
-¡Ah!
– grité. Otra vez me hacía daño y empezaba a temer cuanto dolor me causaría si
me resistía de nuevo. Me agarró de la cintura, pegándome más a su cuerpo duro.
Le agarré la mano, clavándole las uñas, intentado evitar que descendiera más de
lo que deseaba. - ¡Estate quieto!
-No
voy a dejarte escapar otra vez.
-¡No
puede ser que estés tan loco como para no darte cuenta de lo que haces!
¡Hermanos! ¿¡Entiendes esa jodida palabra!? – me hacía daño con tantos tirones
de pelo, casi perder el equilibrio. Intentaba introducir algo de sentido común
a esa mente demente. Aún no era demasiado tarde para perder a… mi hermano.
-Querías
conocerme ¿no? Me han hablado de las ganas que tenías de saber como era. Para
tu información, yo no siento remordimientos, nunca, ¡Jamás, me arrepiento de lo
que hago! – me gritó al oído – Cuando me mandaron aquí, cuando me hablaban de
mi hermano, solo pensaba, otro estorbo, por mi como si está muerto. Pero por lo
visto… al menos me sirves para algo. – una corriente de fuego me recorrió las
venas. Me enfurecí, empujé hacía atrás con todas mis fuerzas, haciendo caso
omiso a los tirones de pelo y los dos perdimos el equilibro, cayendo al suelo.
Me soltó, me di la vuelta en vez de intentar huir y le agarré del cuello de la
camiseta, aguantándome las ganas de pegarle un puñetazo.
-¡Te
he estado esperando quince putos años, mi sueño era conocerte! ¡Conocer a mi
hermano, mi perfecto gemelo y no separarme nunca de él! ¡Quiero a mi hermano,
lo necesito! ¿¡Que has hecho tú con él!? – estaba fuera de mí. Tom sonrió,
divertido por mis gritos. No podía creerme que existiera alguien tan insensible
como él y, cuando me di cuenta, ya le había levantado la mano y le había dado
una tremenda bofetada.
Reaccionó
enseguida, me cogió del cuello, sentí una fuerte presión en el vientre y
empotró mi cara contra el suelo, apoyando la mano sobre mi cabeza para evitar
que pudiera levantarme. Él estaba sobre mí, sobre mi espalda.
-Te
odio… ¡Te odio, te odio, te odio! – pataleé, intentado soltarme del agarré.
-¿Y
qué? Todo el mundo me odia, deja de soltármelo a la cara como si fuera un
insulto. – eso le molestó y a mí, me chocó.
-¿Todo
el mundo te odia?... No me extraña. – me dio la vuelta con brusquedad,
colocándome boca arriba y sentí el escozor de su mano impactando contra mi
mejilla. Ahí me di cuenta de lo estúpido de mis actos, de creer que yo solo
podría con él. Era mucho más fuerte, mucho más irritable, mucho más violento y
no atendía a razones. Lo peor de todo era que me quería a mí y cuando lo
entendí, ya era tarde. No quería llorar, no quería darle el placer, pero no
pude contenerme, temblando, sollozando, muerto de miedo bajo su cuerpo. Se
inclinó sobre mí lentamente, con las manos sobre mi cintura y apoyé las manos
sobre sus hombros, negando con la cabeza entre lágrimas de espanto. – No… no,
por favor… no… - mi voz sonó patéticamente suplicante y, ante mi sorpresa, la
expresión indiferente de su rostro varió a una llena de incertidumbre.
-Mierda.
– murmuró. – ¿Por quien me tomas? No soy un violador. Seré mala persona, un
delincuente, alguien de quien no te puedes fiar, pero violador, nunca. Eso es
asqueroso. – sus palabras me tranquilizaron. No se porque, pero sentí que podía
confiar en ellas aunque no se apartara aún de encima mía. Aparté los brazos de
sus hombros y cubrí con ellos mis ojos, aún con el susto latente en mi cuerpo,
aún sollozando. Me dolía la mejilla.
-M-me…
me has pegado.
-Hablas
como si en tu vida nadie te hubiera tocado un pelo. No esperaba que por eso te
pusieras a llorar así, si lo llego a saber, no te hubiera atizado.
-Me
has estado acosando… todo el día…
-Te
pusiste pesado y yo soy muy fácil de irritar, no digas que no te lo advertí.
-Aún
no lo entiendo.
-Oh,
por favor, deja de llorar. – pidió, en tono cansado. – No voy ha hacerte daño.
– aún así, seguía sobre mí y yo, seguía asustado y medio histérico. – Venga,
¿Qué tengo que hacer para que dejes de llorar? Aré todo lo que me pidas. –
aparté las manos de mis ojos de inmediato, mirándolo, sorprendido. Recordé esas
palabras que había utilizado la noche pasada para tranquilizarme, mientras se
situaba desnudo sobre mí y me acariciaba, muy despacio, con incluso algo de
ternura… y lo mucho que me había gustado esa faceta suya. ¿Era posible que no
hubiera sido todo mentira?
-¿Por
qué…? – alzó una ceja, poniendo atención en mis palabras. – Sabías que era tu
hermano… ¿Por qué lo hiciste? Si yo lo hubiera sabido…
-No
me paré a pensarlo. – me interrumpió. – Estabas ahí. Desde que entré hasta que
salí no pude apartar los ojos de ti. No sabía quien eras, de hecho, en un
principio te di por mujer hasta que vi tu perfil. – tragué saliva. No tenía ni
idea de cuanto dolía que dijera que me había confundido con una mujer. Era
humillantemente doloroso y las lágrimas me asaltaron de nuevo. Él suspiró. –
Según mis principios, el saber que eras un tío debería haberme hecho
reaccionar, pero no lo hizo y entonces supe que hasta que no me acercara a ti y
averiguara que mierda tenías para llamar tanto mi atención, no me quedaría
tranquilo y, por eso, me acerqué. – se encogió de hombros. – No tiene más
historia.
-¡Claro
que la tiene! Hasta ahí no sabías quien era…
-Ya,
¿Y? El hecho de que luego me diera cuenta de que eras mi hermano no cambia ese
otro hecho. – volví a limpiarme las lágrimas, moqueando.
-¿Qué
otro hecho? – mi voz sonaba horriblemente aguda. Era patético.
-El
hecho de que ya me habías… ¿Cómo decirlo para que alguien como tú lo entienda
sin ser basto? – se tornó pensativo. Mi cabeza volvía a dar vueltas y tirado
sobre el suelo, volvía a sentir frío. Mis manos ocultaron mis ojos de los
suyos, me sentía bastante débil y presentía que si lo miraba a la cara, me
ruborizaría hasta la raíz del pelo. Me ahogaba con mis propios jadeos y tenía
la necesidad de desaparecer.
De
repente, sentí algo cálido rozarme los labios. Su aliento penetraba por entre
mis dientes, descendiendo por mi garganta como una cura para el frío que sentía
mi cuerpo. Me estremecí y jadeé quedamente y entonces, sus labios se pegaron a
los míos con cuidado, como si temieran romperme. Las lágrimas pararon al
instante y entreabrió los labios sobre los míos. Sentí la humedad de su lengua
dándome lametones sobre las comisuras y abrí la boca, que encajó a la
perfección con la suya. Mis manos se apartaron de mis ojos llorosos enseguida y
cayeron inertes sobre el suelo mientras su cuerpo se inclinaba más sobre el
mío, empezando a sentir su peso, sus proporciones, su escasa musculatura la
cual empecé a desear volver a tocar en toda su desnudez.
El
calor volvía a mí. Sus labios, hasta ese momento quietos, empezaron a moverse y
a rozarse contra los míos con su característica brusquedad, deseando tragarse
los míos, compartiendo el mismo aliento, mezclando su saliva con la mía,
jugueteando con mi lengua y deseando ir más allá… y yo también empezaba a
desearlo.
Mis
manos se movieron solas, introduciéndose bajo mi camiseta, deseando quitármela,
acalorado. El roce de mis dedos sobre mi piel me hizo estremecer mientras me la
subía hasta que sus manos, frías, heladas, se posaron sobre mi plano abdomen,
provocándome escalofríos. Jadeé y separó sus labios de los míos aún cuando
nuestras lenguas seguían unidas. Noté como un hilo de saliva se escurría por mi
barbilla y cerré la boca, mordiéndome el labio, avergonzado con su mirada fija
en cada detalle de mis movimientos. Su mano helada descendió por mi vientre
hasta colarse bajo mis pantalones. El estómago se me encogió, notando el frío
de sus dedos sobre la base de mi miembro. Temblé bajo su cuerpo y mi mano se
posó sobre las rastas de su nuca, buscando un punto de apoyo al placer que me
provocaba sentir sus dedos bruscos cerrarse sobre mi pene y moverse, de arriba
abajo, con fuerza, sintiendo la presión que hacían mis pantalones sobre la dura
punta, abultándolos.
Dejé
la boca entreabierta. Los bajos gemidos emanaban a su gusto de mi garganta.
-Tanto
quejarte… - le oí decir con voz ronca. Su otra mano la sentía fría sobre mi
espalda, bajo mi camiseta, separándome del suelo, alzándome lo suficiente como
para que sintiéramos el aliento del otro chocar contra nuestros labios. Sentí
el calor de su cuerpo en cuanto la distancia entre nosotros se desvaneció. –
Hermanos… hermanos… tampoco parece importarte a ti si empiezo a tocarte así. –
me lo apretó con casi saña, haciéndome sentir excitación y dolor unidos. Dejé
escapar un alarido frente a su rostro y sonrió.
-No…
te rías… - apreté entre mis manos su nueva sudadera. Había ocultado entre las
sábanas la que me había dejado la noche anterior. Las dos olían a él.
-Es
divertido ver tu cara mientras te hago esto. – hundí mi cabeza entre su cuello
y sus rastas, que me hacían cosquillas en la cara, abochornado, imaginando la
expresión de salido que tendría en esos momentos. – Esa carita me pone muy
caliente. – tragué saliva.
-No
es justo… - tiré de su sudadera hacía abajo. Quería quitársela, arrancarle la
ropa y volver a restregarme bajo su desnudez, pero, de nuevo, con un golpe seco
y rápido, la mano con la que me manoseaba, con la que masturbaba mi duro pene,
me apartó las manos, agarrándomelas y aplastando mi cuerpo medio desnudo bajo
el suyo, inmovilizándome contra el suelo.
-Querías
saber más de mí, ¿no? Era lo que has estado esperando mucho tiempo, muñeco. Te
diré algo entonces… - se restregó contra mí, ansioso, con fuerza, haciéndome
estremecer, ver las estrellas, encogerme de placer y gemir, casi gritar al
sentir su miembro tan duro, chocar contra el mío. – Odio… que intenten
dominarme. Sino domino yo, no tiene gracia el juego. – su lengua recorrió mi
barbilla hasta llegar a los labios, dándoles un lametón, seguido de un pequeño
mordisco que hizo que mi corazón volviera a acelerarse. – Recuérdalo para la
próxima vez, muñeco. – y se apartó de mí. Se levantó de encima mía y me observó
con expresión de superioridad desde arriba. Mi cuerpo tiritaba sobre el suelo
una vez desaparecido su calor. Me encogí sobre mi mismo, sin poder evitarlo, en
posición fetal, llevando mis manos a mi entrepierna.
Los
pantalones me apretaban tanto que hasta dolían. Necesitaba… terminar…
-Ni
se te ocurra hacer eso delante de mí. – le miré de reojo. Seguía delante, de
brazos cruzados, observándome. – … muñeco.
-Deja…
¡De llamarme así! – y me levanté apresuradamente del suelo, ruborizado, sintiéndome
completamente idiota. Me bajé la camiseta hasta que no se pudiera ver ni dos
centímetros más de mi piel y salí corriendo hacía el baño, pasando por su lado.
No me detuvo, me sonreía con malicia.
Me
encerré en el baño y me desnudé rápidamente, vigilando que la puerta estuviera
bien cerrada. Me metí en la ducha mientras abría el grifo y me miraba la
entrepierna con cierto pudor. Era difícil creer que con solo unos roces me
hubiera puesto tan duro.
Estuve
pendiente de la puerta cerrada las dos horas que duró el baño y, a cada
segundo, me veía tentado de abrir el pestillo y dejar libre acceso a aquel que
quisiera pasar, consciente de que sólo lo haría una persona. La persona que
durante dos horas, deseé que me tocara como yo hacía conmigo mismo.
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