Vi
a Tom, levantándose del suelo y mirándome con cara de incertidumbre al ver que
le había robado su ropa. Le señalé, histérico, la puerta de la cocina y él
frunció el ceño, tirando de su sudadera, la que tapaba la desnudez de mi torso
plagado de chupetones y por si fuera poco, tatuajes. Le pegué una patada baja
que quería dirigir hacía su vientre, pero al ver su cara pálida y como cerraba
los ojos con fuerza, maldiciéndome por lo bajo y encogiéndose adolorido, me di
cuenta de que por desgracia para él, le había dado un poco más abajo.
No
me paré a pensarlo. Me levanté y aprovechando su escasa guardia y su “incapacidad”
para replicar, lo empujé hacía la cocina y cerré la puerta de golpe.
-¡Bill,
cielo!
-Hola
mamá. – intenté sonreír, sudando a chorros al verla aparecer cargada de bolsas
que depositó en el suelo después de dirigirme una mirada de extrañeza. - ¿Cómo
es que has llegado tan temprano?
-Oh,
lo tenía todo planeado para este día cariño y me he pedido el día libre. He ido
a comprar algunas cosas para la cena de hoy, será especial. – miré las bolsas
sobre el suelo con una ceja alzada.
-¿Qué
celebramos?
-Que
Tom está aquí y… ¡Gordon va a venir ha cenar esta noche! ¿No es genial? –
entorné los ojos, no muy contento por la noticia, la verdad, pero al ver la
expresión de felicidad de mi madre, no pude hacer otra cosa que sonreír.
-Genial
mamá. Será… increíble. ¿Necesitas que te ayude en algo? – mi madre se quedó
parada frente a mí, con las bolsas de nuevo en las manos cuando entornó los
ojos, observándome fijamente. Parecía extrañada y sorprendida y eso me hizo
tragar saliva, nervioso. Mi madre siempre había sido tan astuta como
despistada, un lince para ciertos asuntos, como saber cuando mentía y cuando
decía la verdad y acordarme de ello, me hizo empezar a sudar cuando se me
acercó lentamente, con cara de preocupación. - ¿Qué… que pasa? – de repente, frunció
el ceño.
-Bill…
– rara vez me llamaba Bill y no utilizaba un apodo cariñoso y eso significaba
que estaba enfadada. Oh, dios… no… - ¿Qué has hecho? – el corazón volvía a
latirme desbocado a causa del nerviosismo. ¿Nos había descubierto? Joder, me
tomaría por loco, por depravado, por cerdo. No me volvería a dirigir la palabra
en la vida. Me echaría de casa o peor, ¡Me metería en un psiquiátrico! –
Cariño… bueno, supongo que es normal. Estás en la edad después de todo.
-¿Qué?
– fue lo primero que dije en cuanto tuve suficiente conciencia como para
reaccionar. Mi madre se mordió la lengua, azorada de repente, cortada.
-Bueno,
supongo que ya eres mayorcito como para saber donde te metes, pero ten cuidado.
Mantener relaciones sexuales a tu edad… es un tema delicado.
-¿¡Qué!?
– mi madre sonrió, como si lo que acabara de decir fuera lo más normal del
mundo. Llevó una mano de repente hasta mi hombro y noté la frialdad de su piel
sobre la mía. La sudadera era tan grande que se me caía y me dejaba al descubierto
el hombro izquierdo, escurriéndose por él. Se me veían los chupetones y en
cuanto me di cuenta, me aparté de un salto de mi madre y me coloqué bien la
sudadera. Sentí las mejillas arder y mucha vergüenza ante la risita divertida
de mamá.
-Cielo,
lo comprendo. A tu edad yo también actuaba así. De esa forma acabé teniendo dos
preciosos gemelos. Sólo te digo que tengas cuidado. ¿Estarás usando
preservativos, no?
-¡Mamá!
– como para decirle que no los necesitaba… de momento. De todas formas, si
llegara a usarlos a día de hoy, seguramente no sería en mi pene donde acabaría
puesto.
-¿Dónde
está tu hermano? – preguntó, recogiendo las bolsas de nuevo.
-Pues
creo que está… ¿¡A dónde vas!? – me puse frente a ella, frenándole el paso al
ver que iba directa a la cocina.
-Voy
a dejar las cosas, cielo. ¿Qué pasa? ¿Y ese nerviosismo?
-¿Nerviosismo?
¿Yo? ¡Que va! – estaba tan nervioso, que me entró la risa floja y empecé a
sudar. Notaba las espesas gotas de sudor empapándome la cara y el cuerpo y las
piernas me flojeaban y me temblaban, como un flan.
-¿Estás
bien, cariño?
-¡Si,
claro que si, genial! – un golpecito tras la puerta de la cocina me sobresaltó.
Mi madre pareció no darse cuenta, pero yo empezaba a sentir una taquicardia
compulsiva o lo que fuera que se sintiera cuando el corazón te hacía, ¡Bum,
bum, bum! Y notabas como chocaba con las tripas.
-No
creo que estés bien, quizás estés incubando algo. Iré a buscar alguna medicina
para…
-¡No!
– le grité. Ella saltó y me miró con expresión asustada. – No puedes entrar… -
conseguí murmurar, con la boca seca.
-¿Por
qué?
-Porque…
porque… me estoy desmayando. – y me tiré al suelo dramáticamente.
-¡Bill!
– mi madre prácticamente derrapó hasta mi lado y empezó a sacudirme entre sus
brazos, gritando, histérica. Entreabrí los ojos, sin moverme, y pude ver como
Tom asomaba la cabeza por la puerta de la cocina. - ¡Oh, dios, cariño! ¡Voy a
llamar a una ambulancia!
-¡No,
no, mamá, quédate conmigo, que tengo mucho miedo mamá! – mi madre se debatió,
exasperada, sin saber que hacer mientras Tom salía de puntillas de la cocina,
abrochándose los pantalones apresuradamente, dirigiéndose hacía la entradita. -
¡No! ¡No! ¡Me duele, me duele! – Tom me miró con una ceja alzada, sin saber que
hacer. No era cuestión de que apareciera entrando en casa desnudo de cintura
para arriba y descalzo. Ni siquiera mi madre se creería que había salido con
esas pintas. - ¡El baño, el baño!
-¡Bill,
que dices!
-¡No
lo sé, estoy muy mal! ¡Me desmayo otra vez! – Tom salió corriendo del salón
hacía el baño mientras mi madre, gritando mi nombre desesperada, empezó a
arrastrarme hacía el sofá como podía. De repente, vi a Tom otra vez asomando la
cabeza por la puerta del salón.
“Te
vas ha enterar por esto” leí sus labios y vi como se señalaba la entrepierna
con gesto furioso para salir corriendo hacía el baño de nuevo.
Tragué
saliva. Pero si no le había dado tan fuerte.
-Hijo,
hijo, ¿Estás bien? ¡Responde cariño, por favor!
-Si
mamá… - la miré intentando aparentar incertidumbre y poco a poco me levanté del
sofá hasta estar sentado. Mi madre estaba pálida. – Ya ha pasado. Sólo ha sido…
un shock. Ya estoy mucho mejor.
-¡De
eso nada! ¡Por dios, que susto me has dado Bill! ¡No puede haberse pasado tan
rápido cuando incluso te has puesto a delirar! ¡Mañana irás al médico!
-¿Qué?
No hace falta mamá.
-Oh,
sí que hace falta. Tú estás incubando algo gordo y no me quedaré tranquila
hasta que no te vea un médico.
-Pero…
-¡No
me repliques, vas a ir al médico y se acabó! – puse los ojos en blanco. Más me
valía no llevarle la contraria.
-Vale
mamá.
-Y
ahora no sé si debería posponer la cena de esta noche… - la oí murmurar de
camino a la cocina, a regaña dientes. A veces, mi madre era una histérica.
Me
levanté del sofá enseguida, de un salto cuando la perdí de vista tras la puerta
y caminé con precaución hacía el baño, sintiéndome intimidado por el intenso
silencio que se había formado. Me detuve unos segundos frente a la puerta,
agarrando el pomo y la abrí de golpe. No sabía exactamente que esperaba
encontrarme allí, pero me decepcionó bastante al no ver absolutamente nada
fuera de lo normal.
De
hecho, Tom no estaba.
Cerré
la puerta y salí del baño. Me pregunté si quizás Tom había subido arriba, a su
cuarto tal vez. Empecé a subir las escaleras y lo primero que hice fue entrar
en su habitación furtivamente, examinándolo todo, sin verlo allí. Fui hacía la
mía…
-¡Te
pille! – grité al abrirla de golpe, pero seguía sin verle allí.
Ladeé
la cabeza.
Sentí
sus manos agarrarme los hombros y de un empujón, me empotró contra la puerta,
cerrándola de golpe. Me hice daño en la espalda y por un momento, me encogí y
cerré los ojos hasta que vi sus manos situarse a ambos lados de mi cabeza,
acorralándome.
-Me
has… reventado… los huevos. – me mordí el labio. Parecía muy enfadado.
-No
te movías, nos iban a pillar.
-¡Porque
me has robado la ropa! ¡Eso es mío! – gritó, tirando de su sudadera, la cual
seguía escurriéndose por mis hombros.
-¡Estaba
desnudo, me iba a ver todas las mierdas que me has hecho en el cuerpo!
-¡Ese
no es mi problema!
-¡Si
nos pillan será tu problema y el mío! – ahí se quedó callado unos segundos.
-¡Bah,
me da igual!
-¿Qué
te da igual? ¡Tú estás tonto! ¡Definitivamente, tengo un hermano gilipollas!
-¡Y
yo uno obseso por mi ropa!
-¿Qué?
¡Yo no estoy obseso por tu ropa!
-¿No?
– Tom anduvo con gesto cabreado hasta mi cama, deshaciéndola y metió la mano
bajo la almohada, sacando de un tirón la otra sudadera, la que me había dejado
la noche en la que por primera vez, lo habíamos hecho. Me la mostró, alzando
una ceja. Me puse rojo hasta la raíz del pelo. – Entonces, esto lo ha traído el
ratoncito Pérez ¿No?
-Eso…
no es mío.
-¡Obviamente
no, porque es mío!
-¡Eh,
eh, que tú me la diste para que no pasara frío!
-¡Te
la dejé! Y todavía no me la has devuelto, ¿Puedo preguntar por qué la tienes
escondida debajo de tu almohada?
-Pu-pu-pues…
- me daba vergüenza soltarle que me abrazaba a ella de vez en cuando para
sentirle más cerca, para captar su olor.
-No
me digas que la usas para hacer guarrerías, ¿Verdad?
-¿Qué?
-Admítelo.
Nadie guardaría algo así de una persona que solo conoce de un par de polvos si
no es para recordar como lo hizo. ¿A qué sí? – me quedé descolocado, observando
como zarandeaba la sudadera frente a mí sonriendo con total maldad. ¡Me estaba
provocando! - ¿Qué haces con la sudadera? ¿Te haces pajas sobre ella mientras
piensas en mí? – sentí como me temblaba el brazo y la temperatura de mi cuerpo
subía y subía, pero no por excitación, esta vez no. - ¡Pero que guarro eres,
Muñeco! – cerré el puño. La barbilla empezó a temblarme de tan apretados que
tenía los dientes.
-Cállate.
-Quizás
te la restriegas.
-Basta
ya, Tom y cierra la boca. – no parecía dispuesto a callar y los ojos empezaron
a escocerme. Sentía las cuencas arder.
-O
quizás la muerdas mientras te metes los dedos por detrás, imaginándote que soy
yo. - mi cuerpo entero empezó a deshacerse en espasmos.
-Déjalo
ya. - Bajé la cabeza y vi como Tom se me acercaba con la chulería pintada en la
cara.
-No
me digas que te vas a poner a llorar por… - no le di tiempo a acabar. Levanté
el brazo y le pegué un puñetazo en la mejilla con tanta rabia acumulada que lo
hizo retroceder varios pasos y encogerse un poco.
Me
agarré el puño con la otra mano enseguida. Joder, me había reventado los
nudillos con ese golpe. Me dolía hasta a mí, a él… le abría destrozado la
mandíbula.
-Tom…
- mi hermano no se movió, llevándose las manos a la boca con la cabeza agachada
y el cuerpo encorvado hacía adelante. – Lo siento, ¿Te duele mucho? – me situé
a su lado y apoyé mis manos sobre sus hombros, sin saber que hacer, sin saber
cual sería su reacción en cuanto despertara del aturdimiento del golpe, sin
saber si me gritaría o me devolvería el puñetazo y la patada con el doble de
fuerza, sólo sabía que no podía irme y dejarlo ahí tirado cuando le había
pegado yo mismo con mi propio puño en un arranque de ira.
Murmuró
algo que no alcancé a escuchar.
-¿Tom?
– y entonces alzó la cabeza y oí el crujido de su mandíbula, encajándosela de
nuevo con sus propias manos. Cerró los ojos, acariciándose la mejilla con
expresión molesta e irritada y me miró. Me agarró del cuello de la sudadera y
tiró de mi hacía arriba, obligándome incluso a situarme de rodillas sobre el suelo.
-Hoy
ya van dos veces. ¿Qué pasa? ¿Quieres morir? Dilo de una vez y te ayudaré a
cumplir tu deseo. – entorné los ojos. Estaba muy enfadado y por un momento,
tuve miedo recordando el aspecto demacrado de Sparky tras la pelea contra mi
hermano. ¿Me haría a mí lo mismo? Tom ya había demostrado varias veces sus
escasos escrúpulos, por no decir nulos. Me había follado sabiendo que éramos
hermanos la primera noche y seguía haciéndolo, sin aparente remordimiento…
aunque yo me dejara… porque me gustaba.
No
lo entendía. No entendía como podía disfrutar tanto magreándome con mi propio
hermano, dejando que me la metiera por detrás, dejando que me reventara por
dentro y se corriera en mí. Era una locura, pero me encantaba.
Y
sólo era así conmigo. Sólo era bueno conmigo.
Sonreí
al recordar sus palabras.
-¿De
que coño te ríes? – no me detuve a analizar su expresión. Poco importaba como
de enfadado estaba, pues conmigo, no le funcionaba y era algo que también me
había demostrado aunque fuera inconscientemente, aunque no tuviera escrúpulos.
Sólo
era bueno conmigo.
-¿Qué
mierda estás pensan…? – mi lengua recorrió de arriba abajo sus labios,
dejándolo totalmente paralizado cuando pegué mi boca a su mejilla herida y la
abrí. Le mordí suavemente. – Umh… - mierda, le deseaba otra vez. Quería
terminar lo que habíamos empezado abajo, quería que volviera a tocarme, que
volviera a agarrarme y me lo hiciera de todas las formas posibles.
Separé
mi boca de su mejilla, empapada de mi saliva y le miré en silencio a los ojos.
Tom entreabrió los labios, la respiración acelerada, jadeando como si hubiera
estado corriendo durante dos horas sin detenerse un segundo. El brazo con el
que me sujetaba le tembló unos instantes antes de soltarme.
-Puto
Muñeco. – y se abalanzó sobre mí. Los dos nos cogimos con ganas y sin pararnos
a pensar que no estábamos solos en casa, encajamos nuestros labios a la
perfección, moviéndolos sobre los contrarios como dos desesperados. Empujé a mi
hermano contra la puerta del armario provocando un espantoso ruido al
estamparlo contra la madera sin dejar de comernos la boca, sin dejar que su
lengua se alejara de la mía. Por un momento, por pura ansia me descubrí siendo
yo quien se lo comía a él, quien le agarraba con fuerza y le tocaba como un
ansioso todo el cuerpo. Como si fuera mío.
Tom
me mordió los labios de repente y nuestras lenguas se separaron. Nos miramos
unos segundos entre jadeos. Se lamió los restos de saliva que habían quedado
sobre sus labios húmedos y rojos. Se toqueteó el piercing y no fui capaz de
desviar mi mirada descarada de los sensuales movimientos de su lengua.
Lo
que podría hacerme con esa lengua…
-Eres
un ansioso… además de un obseso por mi ropa. – me reí como un idiota al
escucharle. Sus brazos desnudos me rodearon y me apretaron contra él con
firmeza sin intención de dejarme escapar. Su pecho estaba caliente, era duro y
tenía la piel suave, sin rastro de vello. Por unos momentos cerré los ojos y
dejé apoyada mi cabeza ahí. Tom hinchó el pecho, cogiendo aire.
-Pues
tú eres un poseso y un depravado que le gusta tirarse a su hermano. No sé que
es peor.
-Muñeco…
-Dime
de una vez porque me llamas Muñeco.
-Esta
noche.
-Viene
Gordon a cenar y seguro, seguro que se queda.
-¿Quién
es Gordon? – me acariciaba el pelo con una mano, la otra la mantenía pegada a
mi cintura bajo la sudadera y yo no tenía intención de deshacer el abrazo que
nos unía. Era tan agradable.
-Gordon
es mi futuro padrastro… nuestro futuro padrastro. – Estaba claro que ninguno de
los dos tenía claro cual era el sitio de Tom en la familia. Él no sabía si
llamar a mi madre mamá o Simone, además… se suponía que éramos hermanos y esto,
no lo hacían precisamente los hermanos. Era cosa de enfermos. – Tom… ¿Me
consideras tu hermano?
-¿Hum?
-¿Soy
un hermano para ti o… o que soy? – noté como su pecho se hinchaba al tomar
aire.
-Me
has pillado, vale, lo admito. No te considero mi hermano. – separé la cabeza de
su caliente pecho y le miré, esperando una respuesta más explícita. – No eres
mi hermano, eres mi Muñeco. – sonrió, como si lo que acabara de decir fuera un
chiste divertido. Yo seguía sin verle sentido.
-¿Hay
mucha diferencia entre hermano y Muñeco? – me besó los labios levemente y
rozándolos con los míos, respondió.
-Mucha.
Si fueras mi hermano no podría hacerte esto, ¿No? – entorné los ojos, con su
aliento en mi boca, tomando él el mío y yo el suyo.
-Supongo…
que no. ¿Por eso me llamas Muñeco?
-Me
sería difícil seguir acostándome contigo si tuviera en la cabeza que eres mi
hermano y la idea, acabaría dándome asco. Pensar que no tienes relación de
sangre conmigo es mucho más fácil, pensar que eres como cualquier otra persona…
-Cualquier
otra persona con la que te puedes restregar a gusto, a tu antojo, utilizándola.
Como un Muñeco. – la idea de que me comparara con cualquier otra persona me
cabreaba y mucho. – Si no te gusta la idea de tirarte a tu hermano, no lo
hagas.
-¿Qué
pasa? ¿Me vas a decir que tú piensas en mí como hermano mientras lo hacemos y
nos tocamos así?
-No,
pero… - me mordí el labio. No pensaba en él como mi hermano mientras me
penetraba, pero sabía que lo era me gustara o no. Era algo muy contradictorio.
No me gustaba que mi hermano me tocara, me gustaba que lo hiciera Tom, pero… es
que precisamente era mi hermano.
Eso
me daba que pensar.
-Oh,
Muñeco. – Tom me cogió de las muñecas y me separó de él, haciéndome retroceder
lejos del armario y provocando que chocara contra el escritorio. Posó mis manos
sobre su cara, sin dejar de mirarme fijamente, hipnotizándome. - ¿Quién pensabas
que te tocaba en el coche la primera vez?
-Un…
un desconocido. No sabía quien eras.
-¿Y
por qué dejaste que te lo hiciera?
-Porque…
me gustabas.
-¿Y
ahora, quien piensas que te toca y te tiene acorralado entre el escritorio y su
cuerpo? – encogí el cuello. Tom acercaba cada vez más su boca a la mía y su
entrepierna chocaba contra mi ingle suavemente. Sonreí, pasando la lengua por
mis labios. Tom me miraba embobado de una manera casi atontada y eso me hacía
sentir idiota.
Venga,
¿A qué esperas? Házmelo de una vez.
-La
persona que quiero que me reviente de una puta vez… se llama Tom. – sonrió,
divertido y ansioso.
-¿Y
quien es Tom para ti? ¿Tu hermano?
-¡Que
le follen a mi hermano, yo te quiero a ti! – y otra vez, como dos salidos,
apreté su cara entre mis manos y junté nuestras bocas, con todas las ganas de
comérmelo. Me arrancó la sudadera a tirones, entre dientes maldiciendo la ropa
por obligarnos a separar nuestros labios y en cuanto me la sacó, me agarró del
trasero y me subió al escritorio, tirando todo lo que había en él, los libros,
los discos, los cuadernos, el teclado del ordenador y casi tiramos la pantalla
de un manotazo. Me daba igual mientras no parara de comerme la boca y nuestras
lenguas siguieran peleándose por el terreno contrario.
Le
rodeé el cuello con los brazos y le agarré de las rastas con fuerza, casi
dándole tirones cada vez que me mordía o me apretaba el trasero con sus manos,
pegándome a él y restregándose todo lo que podía contra mí.
Le
arañé la espalda descendiendo hasta sus anchos pantalones, empezando a
bajárselos, totalmente enloquecido, tocando la suave piel de su duro trasero,
apretándola entre mis manos.
-¿Bill?
– nos costó separarnos horrores en cuanto oímos como tocaban a la puerta.
Dejamos de besarnos, con la respiración entre cortada, pero sin separarnos ni
apartar nuestras manos del otro. - ¿Bill, estás ahí? – no me quedó más remedio.
Enseguida, solté a Tom y lo empujé lentamente hacía un lado. Me bajé de un
salto del escritorio y me pasé la mano por los labios, intentando borrar todo
rastro de saliva. Tom hizo lo mismo y se colocó bien los pantalones antes de
dejarse caer sobre la cama, intentando aparentar tranquilidad.
-¿Sí?
-¿Bill,
puedo entrar? – miré a Tom, recuperando la respiración a bocanadas. Asintió con
la cabeza.
-Si.
-¡Ey,
Bill! – Gordon, mi futuro padrastro, entró por la puerta con los brazos
extendidos y una gran sonrisa en la cara.
-¡Gordon!
– le di un abrazo y sentí los huesos crujir cuando me espachurró contra su
cuerpo de oso.
-¡Cuánto
tiempo sin verte! ¿Dónde te metes? ¿Muy ocupado con los estudios? Tu madre me
ha dicho que vas muy bien en la universidad.
-Si,
uno hace lo que puede. – desvió la mirada entonces a Tom, con una sonrisa
reluciente.
-Tú
debes de ser Tom.
-Hola.
– a él si que se le notó la sonrisa falsa en la cara cuando se levantó.
Estrecharon las manos en forma de saludo.
-Vaya,
no te esperaba así. Siempre te había imaginado un estilo a Bill.
-Si,
supongo que no todos los gemelos se parecen tanto como se dice. – se separaron
casi a la nada. De repente podía casi tocar la tensión con mis propias manos.
-Así
que vas a quedarte a cenar, ¿No, Gordon?
-Si,
creo que será mejor que vaya a ayudar a tu madre a preparar la mesa sino quiero
que me acuse de vago. Nos vemos dentro de… cinco minutos. – asentí con la
cabeza, viendo como se iba de la misma manera que venía. – Bill, esos tatuajes
no son permanentes ¿no?
-Oh…
pues… - hice una mueca con la cara y Gordon negó con la cabeza.
-Que
no los vea tu madre.
-Eso
intento evitar. – y cerró la puerta dejándonos de nuevo en intimidad. Suspiré,
más tranquilo y aliviado. Oí de nuevo un crujido desagradable, Tom se
toqueteaba el cuello con gesto tosco.
Por
su expresión, no parecía haberle caído muy bien mi padrastro.
-Parece
que hoy no es tu día de suerte. – le dije y su boca se torció en una risita.
-¿No?
– me acarició con una mano la mejilla y los labios e hizo amago de besarme,
pero se separó en el último momento. – Yo diría que sí. – y salió de la habitación.
Me
pasé la lengua por los labios, sintiendo su sabor y le pegué una patada a la
puerta cerrada, sin poder contener mi júbilo.
¡Mierda,
Tom me volvía loco!
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