Mandé
el mensaje a Georg y una vez hecho, pude relajarme por completo sobre el
asiento del copiloto. Otra vez en ese coche que me traía recuerdos porque… ahí
había empezado todo.
Miré
hacía atrás, a los asientos traseros. Tom me lo había hecho encima de ellos por
primera vez, cuando ni siquiera sabía su nombre y ahora, estaba sentado a mi
lado, concentrado en la carretera, exactamente como aquella vez.
Me
daba cuenta de lo surrealista de la situación y me daban escalofríos.
Sin
problema. ¿Te traerá él a partir de ahora a la uni?
Me
respondió Georg con otro mensaje. Lo miré unos segundos fijamente y acabé
ladeando la cabeza, pensativo.
-¿Quién
es? – preguntó Tom, mi hermano. Mi hermano…
-Georg.
Le avisaba de que no me esperara para llevarme a casa.
-Hum…
-También
me preguntaba si tú me llevarás a partir de ahora a la universidad por las
mañanas. – pregunté, un tanto cortado.
-Si
quieres... – dijo sin muchas emoción, casi indiferente.
-¿Tú
quieres? – Tom me miró de reojo y la sonrisita arrogante volvió a su cara.
-Me
vendrá bien para no dormirme al volante. A esas horas no soy persona.
-¿No?
¡Yo tampoco!
-Me
irrita mucho tener que levantarme temprano.
-A
mí también. Me encanta dormir. – él ensanchó la sonrisa.
-También
a mí. Dieciséis horas en sueños era la mejor manera de hacer que pasara el
tiempo en casa. – era la primera vez que le oía decir la palabra casa
refiriéndose a Stuttgart. De repente, me entró la curiosidad. No conocía nada
de su vida, nada de él, nada de su ciudad e incluso nada de… mi propio padre.
-¿Cómo
era tu vida allí? – Tom desvió unos segundos la mirada de la carretera a mí,
con el ceño levemente fruncido.
-¿Mi
vida allí? ¿Por qué quieres saberlo? – me encogí de hombros.
-Curiosidad.
Ya sabes, quiero saber más… - tragué saliva. Más de ti, pensé, pero no lo dije.
– Vivías en uno de los barrios bajos, ¿no?
-En
un apartamento de los barrios bajos, con mi viejo, si.
-Tu
viejo… y el mío. – hablar de mi padre después de 15 años sin saber de él, sin
ni siquiera acordarme de su cara, me hacía sentir incómodo. Vi como Tom me
miraba a través del espejo retrovisor unos segundos, vigilando mi reacción. -
¿Cómo era…?
-El
apartamento es grande, pero parece pequeño porque es una pocilga. Nos
revolcamos como cerdos en la mierda que dejamos por medio, pero ninguno la
recoge, él porque no está, yo porque… no me da la gana. Una de las razones de
porque me alegré de venir aquí, era por librarme de las ratas y las cucarachas.
-¿¡Ratas,
cucarachas!? – lo miré con asco, casi gritando, totalmente escandalizado. Esos
bichos me daban miedo y mucho, mucho, mucho asco.
-Si,
ratas enormes, del tamaño de un gato pequeño y negras. Poco antes de venir, me
peleé con una por morder a Guetti.
-¿Te
peleaste con una rata?
-Si,
¡Y gané! La maté. – se rió a carcajada limpia y entonces supuse que se estaba
quedando conmigo, porque era imposible que viviera entre ratas, ¿no?
-¿Mordió
a… Guetti?
-¡Sip!
Guetti es mi perra.
-¿Tienes
una perra? – me emocioné.
-Si,
¿Por qué? No es tan raro.
-¡Me
encantan los perros!
-No
se porque, pero me lo suponía.
-Es
que… son muy monos. – me mordí el labio inferior, sin conseguir contener mi
emoción.
-¡Solo
son chuchos!
-¡Son
fieles, leales, cariñosos, protectores, amigos y muy monos! – Tom puso los ojos
en blanco. Me iba a replicar pero le corte precipitadamente. - ¿Qué clase de
nombre es Guetti para una perra?
-No
lo sé. Se lo puse porque la primera vez que la vi estaba comiendo spaguettis… y
me tiró el plato encima.
-Guetti
de spaguettis… que poco original. ¿Cómo es?
-¿La
perra? – preguntó con tono despectivo. Yo asentí enérgicamente y Tom hizo una
mueca con la boca. - ¡Yo que sé, es una perra! Tiene cuatro patas, dos ojos,
hocico, orejas, cola… no, cola no. – se retractó enseguida. - Se la amputaron
cuando la atropellaron.
-¿La
atropellaron? Pobrecita.
-Si,
claro, pobrecita.
-Y
que clase de perro…?
-¿No
querías saber más de mí, Bill? – me cortó de repente y me miró, con algo
parecido al coraje reflejado en la expresión de su cara. Recordé entonces las
ganas que tenía de saber más de él y de las respuestas a ciertas preguntas
echas por mí.
-Vale,
está bien. ¿A que viene lo de Muñeco?
-¿Qué?
– como si no me hubiera oído.
-¿Por
qué me llamas Muñeco?
-Eso
no es una pregunta sobre mí.
-Ya,
pero quiero saberlo.
-¿Por
qué? ¿Te molesta que te diga Muñeco, Muñeco? – sonrió. Yo bajé la cabeza,
dándole vueltas al asunto.
-Depende
de porque me llames así. Me pregunto si es porque me consideras un muñeco o…
-No
intentes psicoanalizar la situación. No soy tu paciente, mister loquero.
-¡Y
yo no soy psicólogo, pero quiero saber porque me llamas así! – me crucé de
brazos, un tanto cabreado y enfuruñado, esperando que él cediera y me lo
contara, estrategia que me salía bien desde los dos años, pero esa vez no
funcionó.
-Oh,
venga, no te cabrees.
-Pues
dímelo.
-Hum…
no.
-¿Por
qué? ¿Tan mala es la razón? ¿Me enfadaré? – Tom se encogió de hombros.
-No
es una mala razón.
-Entonces
dímela.
-Vale,
si insistes, pero con una condición.
-¿Cuál?
– Tom giró el volante con una más que maliciosa risita en la boca.
-Te
la diré esta noche.
¿Por
la noche? Exactamente, ¿Qué quería decir por la noche? Le miré y lo pensé
detenidamente. Lo que había querido decir con eso sólo se podía interpretar de
una forma.
-Mamá
está en… - no me dio tiempo la terminar la frase. Tom ya estaba aparcando
justamente frente a casa. Eran las 3 y media. A esas horas, mi madre no estaba
en casa, seguro y eso me puso nervioso de inmediato.
Tom
y yo estábamos a solas en casa… otra vez.
-Tu
madre ¿No está? – preguntó con tono sugerente en cuanto metí la llave en la
cerradura y abrí la puerta de casa, entrando con paso apurado, incapaz de
aguantar los nervios.
-Ha
estas horas nunca está.
-¿Cuándo
suele venir? – Tom entró como si llevara toda la vida viviendo allí y fue
derecho al salón, tirándose sobre el sofá, despreocupado, cerrando los ojos.
-No
lo sé. Su horario es muy variable. Quizás para cenar… - dejé las llaves sobre
la mesa y me quedé observándole de pie, frente a él, esperando que se apartara
y se sentara o al menos, me dejara un hueco.
-¿Eso
quiere decir que estamos solos hasta la hora de cenar? – me miró con los ojos brillantes
y con total descaro, se pasó la lengua sensualmente por los labios. Era obvio
lo que estaba pensando, lo que quería hacerme y de solo imaginarlo, me
ruborizaba y sentí el cuerpo arder pero, obstinado como yo sólo, me crucé de
brazos y giré la cabeza con indignación. Empezaba a creer que mi hermano era
una jodida máquina de meter y sacar y yo aún me sentía húmedo e incluso sucio
por lo ocurrido hacía una escasa hora.
Me
gustaba, no podía negarlo. Tom me encantaba, como me besaba, como me tocaba, como
me masturbaba, como me mordía, me lamía, como me penetraba y me embestía…
incluso como me golpeaba. Ahí estaba el problema. Tom era mi hermano y, por lo
tanto, lo que hacíamos era incesto puro y duro y no solo eso. Empezaba a
confundirme, empezaba a no tener claras mis tendencias sexuales porque, aunque
me acostara con él, nunca en la vida ni ahora ni antes me habían gustado los
hombres, nunca… pero con él era otra cosa, no. Es que sólo me gustaba hacerlo
con él.
Eso
no era normal.
-¿Qué
se te pasa por esa cabecita? – me preguntó, alzando un poco la cabeza desde su
posición. Yo ya no sabía ni como mirarle para no volver a caer en sus trucos de
seducción.
-¿Qué
pasa? ¿Quieres hacerlo de nuevo? – Tom alzó las cejas sin apartar los ojos de
mí. - ¿Siempre eres tan insaciable o qué? ¡Acabamos de hacerlo!
-Hace
cincuenta y tres minutos.
-¿Has
calculado el tiempo?... Bueno, ¿Y qué? No ha pasado ni una hora.
-¿Es
que acaso necesitas más? – no lo entendía. Yo por lo menos estaba agotado y él,
tan fresco como una rosa. De repente se sentó, me agarró la mano y tiró de mí
hacía él, casi tirándome encima. Quedé a cuatro patas sobre sus piernas y
nuestros rostros muy cerca, casi pegados. Abrí mucho los ojos, sorprendido. -
¿Cuál es el maldito problema? ¿No te gusto lo suficiente? – bromeó, con esa
risa de burla plasmada en su cara.
-No.
No es eso… es que… - me besó los labios y yo sacudí la cabeza. – Es que esto es
muy raro… - sus manos se posaron sobre mi mejilla y su pulgar me acarició los
labios húmedos toscamente. – Yo no… no… - ladeó la cabeza y me apartó el pelo
alborotado tras mi oreja. Su boca se cerró sobre mi cuello. – Ah… - sentí como
me lamía la piel, como la succionaba con su boca y me hacía estremecer y
temblar entre sus brazos. Eché mi cabeza hacía un lado, incapaz de contenerme
para dejarle libre acceso a mi cuello, empezando a excitarme de nuevo, deseando
que siguiera tocándome así, que succionara cada centímetro de mi piel.
Con
una mano me tocaba el lateral del cuello y me acariciaba los labios. Con la
otra, me subió la camiseta y empezó a rozarme el tatuaje de mi estrella con sus
dedos bruscos. Sus labios descendieron hasta mi hombro, tirando de mi camiseta
para dejar mi piel totalmente expuesta a él. Me mordió suavemente el hombro y
dejé escapar un jadeo, con las mejillas encendidas. Le lamí el dedo que tenía
posado sobre mis labios y lo atrapé entre mis dientes cuando separó su boca de
mí.
Tom
alzó la cabeza y me miró con una sonrisita de diversión.
-¿Siempre
eres tan fácil de conseguir? – noté mi cara arder. ¡Me estaba tomando el pelo!
Le mordí fuertemente el dedo y Tom gruñó - ¡Oye!
-¿Y
tú? ¿Siempre estás tan salido? – me quejé, soltándole el dedo y empujándole
sobre el sofá, dejándolo totalmente recostado sobre él. Intenté levantarme,
mosqueado, pero Tom me rodeó la espalda con los brazos y me apretujó contra su
cuerpo. Empecé a removerme, inquieto, intentando soltarme de su espachurrador
abrazo y Tom empezó a reír, apretándome con más fuerza hasta que oí crujir mis
huesos. - ¡Oh! ¡Me vas a aplastar!
-Si,
lo estoy.
-¿Qué?
– seguí debatiéndome sin mucha resultado.
-Siempre
estoy tan salido. En Stuttgart, era mi pasatiempo favorito. – me quedé quieto y
lo miré. Me lo había soltado en toda la cara como si nada, como si fuera lo más
normal del mundo y yo arrugué la nariz, sin saber como tomármelo.
-¿A
menudo?
-Varias
veces al día.
-Eso
es imposible.
-Pues
digamos que una vez al día si te parece más creíble. – tragué saliva.
-¿Con
tíos? – Tom se rió.
-Nunca,
jamás, ni se me pasaba por la cabeza. Los tíos me daban… asco.
-Entonces,
¿Nunca con otro tío? – negó con la cabeza. - ¿Y yo qué? ¿Yo no te doy asco?
-Tú,
no.
-¿Por
qué no? Soy tan tío como cualquier otro. – La expresión de Tom cambió a una que
no supe clasificar. - ¿A que viene esa cara? ¿Me crees más tía que los demás? –
Tom se quedó callado durante unos segundos, mirándome fijamente.
-Nuo.
Nooooo, claro que no.
-Gilipollas.
Lo crees.
-No
he dicho eso. – ahora si que estaba cabreado. Volví a intentar hacer que me
soltara, volví a moverme bruscamente y al ver que no podía, empecé a golpearle
el pecho con los puños. - ¿Y tú cuantas veces?
-¿Yo?
– paré unos instantes. – No quiero decírtelo.
-¡Oh,
venga, yo te lo he dicho! – por unos momentos me lo planteé, pero deshice la
idea enseguida. Noté como su mano aferrada a mi espalda descendía poco a poco.
- ¿Por delante…
-¡Ah!
– pegué un bote y todo mi cuerpo se restregó contra el suyo. Su mano se adentró
bajo mis pantalones y empezó a presionar bruscamente contra mi entrada.
-¿O
por detrás? – no me resistí, ya era imposible hacerlo con semejantes roces que
me conducían a la locura. Era imposible decir no cuando la excitación domina
cada célula de tu cuerpo y eso era lo que a mí me pasaba cuando Tom me tocaba.
¿Cómo podía haber cambiado tanto? ¿Haberme convertido en… un muñeco? ¿Su
muñeco? – Eh, muñeco… - noté como muy, muy lentamente, uno de sus dedos me iba
penetrando, desesperándome. Me mordí el labio inferior y apoyé las manos
temblorosas sobre su duro pecho. - ¿Alguna vez por detrás? – cerré los ojos con
fuerza, tembloroso. Las rodillas con las que me mantenía sobre el sofá me
temblaban como flanes. Sentí como me penetraba con mucha más velocidad y
brusquedad con dos dedos más, hasta el fondo, casi con saña.
-¡Ooh,
joder! – abrí los ojos. Le vi lamerse los labios con su mirada maliciosa fija
en mí y bajé la cabeza, apoyándola en su pecho, encogiendo las piernas para
acercarme más a él.
-No
has contestado a la pregunta. – habló con tono serio y demandante. Sus dedos
seguían jugueteando dentro de mí haciendo que mi cuerpo se tensara hasta que
volví a sentirlo. Mi miembro empezaba a endurecerse otra vez.
-Sólo
tú… - murmuré.
-¿Sólo
yo qué? – alcé la cabeza con las mejillas encendidas. Él me miraba serio, pero
aún así, con cierta malicia.
-¡Que
solo tú me has dado por detrás!– y volvió a sonreír, satisfecho por la
respuesta. Sus dedos se revolvieron dentro de mí y acabaron por salir,
haciéndome jadear. – Tom… - lo llamé al verle levantarse de debajo de mí. ¿Se
iba? ¿Me dejaba así, otra vez duro y ansioso? Pero no. En cuanto cerré los ojos
y volví a abrirlos, me encontré debajo, tumbado y con él entre mis piernas.
-¿Y
por delante? – me alcé sobre las manos para quedar cara a cara a él. Vi como
dirigía su mano a mi entrepierna y me la agarraba suavemente por encima de los
pantalones.
Mierda
Tom, estate quieto, ¡me pones demasiado!
-¿Qué
te importa cuantas veces lo halla hecho en mi vida?
-Me
importa. – le oí y me miró con cara de frustración. Suspiré.
-Cuatro
veces. – Tom alzó una ceja.
-¿Cuatro?
-Si,
cuatro. – vi como fruncía el ceño levemente, dándole vueltas a algo. - ¿Qué
pasa? ¿Tanto te sorprende?
-Casi…
casi te creía virgen. – me sorprendió el tono de decepción en su voz. - ¿Con
quien lo hiciste?
-Con
mi última novia, Natalie. ¿Por qué?
-Has
dicho última, ¿Has tenido muchas?
-¿A
que viene tanta pregunta? – Tom se encogió de hombros. Su mano subió desde mi
entrepierna hasta el principio de mi camiseta. Empezó a subírmela y acarició la
estrella tatuada en mi piel.
-Yo
también quiero saber más de ti. – esas palabras me llegaron hondo. Mi corazón
dio un vuelco y empezó a latir con descontrol mientras sus manos seguían
rozando la piel de mi vientre. - ¿Cuántas han sido? – tragué saliva.
-Seis,
siete, quizás más.
-Vaya…
no me esperaba tantas.
-Bueno,
esas son solo con las que iba en serio. Luego, de rollo de verano o así… unas
pocas más.
-Que
ligón, muñeco. – nos quedamos callados entonces. Tom parecía absorto observando
cada centímetro que iba quedando al descubierto de mi torso mientras me subía
la camiseta. Yo me derretía con cada caricia que recibía.
Eché
la cabeza hacía atrás cuando se inclinó sobre mí y me besó la estrella. Empezó
a subir sin despegar los labios de mi piel y yo mismo, acabé agarrándome la
camiseta y me la saqué, dejándola caer al suelo. Me tumbé cómodamente sobre el
sofá, estremeciéndome al sentir a Tom lamiéndome desde el ombligo hasta el
pezón izquierdo. Me lo mordió suavemente y tiró de él, dándole un par de lametones
con su húmeda lengua. No pude contenerme y gemí.
Tiré
de su camiseta hacía arriba, ansioso. Tom se apartó un poco, irguiéndose sobre
mí y empezó a sacarse la enorme camiseta mientras yo recorría los músculos de
su abdomen con la yema de mis dedos. Acerqué mi boca a la parte que acariciaba
y, sintiéndome avergonzado por lo que pensaba hacer, ruborizado, abrí mi boca y
la cerré sobre uno de los duros músculos de su abdomen, lamiendo y succionando.
Noté como la espalda de Tom se deshacía en temblores durante escasos instantes.
Creo que era la primera vez que le hacía estremecerse y le mordí, con cuidado,
cuando dejé de aprisionar su piel entre mis labios, tornándose esta rojiza.
Besé esa parte con suavidad cuando sus manos se aferraron a las mías, separándolas
de su cuerpo con lentitud, entrelazando nuestros dedos.
Nos
miramos fijamente. Tom inclinó la cabeza, yo cerré los ojos y entreabrí los
labios, esperando que tomara mi boca con la suya de forma violenta y dominante.
-¿Y
yo? – murmuró, rozándomelos con los suyos, recorriendo el contorno con su
lengua.
Abrí
los ojos, sin entender que quería decir, buscando más contacto con ansias.
-¿Qué?
– jadeé, con la respiración entrecortada y los latidos acelerados.
-Yo
soy un rollo de verano o, acaso ¿Quieres algo más, muñeco?
Me
quedé mudo, sin saber como tomarme aquella pregunta y de repente, una idea
descabellada cruzó mi mente.
Aquello
que estábamos haciendo, incesto puro entre hermanos, ¿Que era? ¿Sexo consentido
entre dos gemelos depravados y probablemente esquizofrénicos o, el comienzo de
algo más serio?
Creo…
que por un momento se me detuvo el corazón.
-Era
broma. – sonrió mi monstruoso gemelo – No hay más de lo que puedes ver y tocar
¿no? Sería estúpido y masoca que hubiera algo más, así que no te enamores de
mí, eh. – me quedé con la boca abierta al escuchar su advertencia. ¿Qué se
creía? ¿Qué me iba a quedar pillado por mi propio hermano? Esto sólo era
diversión, placer absoluto, sexo consentido, responsable y adulto, las ganas de
probar cosas nuevas, pura perversión y lujuria. Sólo era eso… sexo puro, sin
más… sólo eso…
Por
que éramos hermanos, así que… era imposible que surgiera nada más, ¿verdad?
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