sábado, 15 de febrero de 2014

Capitulo 5

Sentí algo frío sobre mi cara, algo escurrirse desagradablemente por mi rostro hasta llegar a mi cuello que me hizo tiritar. Mi cuerpo se retorció débilmente, buscando calor. Mis manos se cerraron sobre algo suave y espeso que poco a poco, conseguí identificar como una prenda de ropa. Me agarré a ella fuertemente y acurruqué mi cabeza entre su pecho. Unas manos un tanto bruscas agarraron las mías y empujaron mi cuerpo hacía un foco de calor. Sentí sus brazos rodear mi cintura y mi cabeza quedó apoyada en su hombro. Olisqueé el aroma de su sudadera.

-Tom… - murmuré, con el cuerpo totalmente flojo. Notaba como él me sujetaba por la cintura para que no cayera de bruces sobre el suelo.

-Diría que eres gafe sino fuera porque has tenido la suerte de tenerme por hermano mayor. – aún no era capaz de abrir los ojos, esta vez porque no quería. Me acurruqué con más fogosidad entre sus brazos, notando como poco a poco, la fuerza iba volviendo a mi cuerpo.

-¿Qué ha pasado? – más o menos, me hacía una idea, pero no estaba seguro. En el momento crucial, todo se volvió negro.
-Te caíste. Te golpeaste la cabeza y te quedaste inconsciente. Por un momento pensé que te habías matado, pero no. Tienes una cabeza muy dura. – una de sus grandes manos se posó sobre el lateral de mi cabeza, haciendo una ligera presión. Me solté enseguida, apartándome de él, llevándome las manos al mismo lugar que había tocado, emitiendo jadeos de dolor.

-¡Ah, mierda! ¿Qué es esto? – en ese momento abrí los ojos. Un bulto sobresalía de mi cabeza. Me dolía el solo rozarlo y dando vueltas, tocándomelo para intentar disimularlo, me percaté por primera vez de donde estaba. Miré a un lado y a otro. Cubículos, azulejos, lavamanos. Estaba en uno de los baños de la universidad. - ¿Qué hago aquí? – pregunté, confundido. Tom apoyó el cuerpo sobre uno de los lavamanos, cruzándose de brazos. - ¿Me has traído hasta aquí?

-No era cuestión de dejarte inconsciente en mitad del pasillo ¿No? Además, me asusté mucho. No te movías ni un centímetro, te cogí en brazos y…

-¿¡En brazos!? ¿Me-me cogiste en brazos? – tartamudeé, ruborizándome. Me imaginaba el espectáculo que abría dado siendo paseado por la universidad en brazos por un tío que nadie conocería aún, pero eso no pareció importarle. Se encogió de hombros y sonrió.

-Pareces un saco de huesos, pero pesas.

-Estás loco.

-Te repites mucho, muñeco.

-¿Por qué te empeñas en llamarme…? – entorné los ojos, clavándolos en su cara. Algo no cuadraba. - ¿Qué te ha pasado en la boca? – Tom se llevó la mano a los labios, con expresión confusa. – Está hinchado - me acerqué, echándole un vistazo por encima más detenidamente. Llevé mis dedos hasta su labio, presionando ligeramente sobre el hinchazón. – Parece como si te hubieran pegado un puñetazo. – Tom sonrió de oreja a oreja.

-Lo han hecho. – alcé una ceja.

-¿Cómo? – Ah, oh… joder. Hice una mueca con la boca.

-¿A que viene esa cara?

-Sparky ¿no?

-¿Quién? – puse los ojos en blanco.

-Los que venían detrás de mí. Sparky y… los demás. – solté con tono despectivo, puesto que no los conocía siquiera. No sabía mucho más aparte de que eran amigos de Sparky.

-¿Se llama Sparky? – preguntó él, reprimiendo una risita.
-No. Así lo llamo yo. Él se llama… - intenté hacer memoria, pero finalmente me rendí y negué con la cabeza. – No lo sé. Pero su hermana tiene un perrito muy mono que se llama Kiki. Es un cachorrito así… - le mostré la medida que tenía más o menos con las manos. – Y es una bolita blanca. A veces da vueltas para intentar morderse la cola, pero como no llega, se enfada y me muerde si intento tocarlo. – Tom me observaba con cara de pocker.

-¿Un perrito que se llama Kiki?

-Si, es muy gracioso pero tiene la manía de hacer caca en la puerta de casa.

-¿Y a mi que me importa? – ladeé la cabeza.


-¡Eres un borde!

-No. Te estoy hablando de que me han pegado un puñetazo por protegerte y tú me dices que el perrito Kiki es muy mono. No entiendo a que ha venido eso. – puse los ojos en blanco, pensativo.

-Yo tampoco. Me ha salido de lo más hondo. – Tom rió, negando con la cabeza repetidas veces. Yo me encogí de hombros y volví a toquetear su labio inferior suavemente.

-¡Ah! – se quejó, sacudiendo la cabeza.

-¿Te has peleado con Sparky por mí? – hasta ese momento no me había dado cuenta de lo que eso significaba. Sparky era fuerte. Yo había probado sus puños más de una vez, y Gustav, y Georg y Georg había acabado especialmente mal aun siendo el único capaz de hacerle frente. Eso había tenido que doler. – No tenías que haberte metido en medio.

-Tú estabas tirado en el suelo y se te iban a echar encima, ¿Qué otra cosa iba a hacer? Tampoco es que me supusiera un gran problema. – le miré con la boca abierta.

-¿Quieres decir que… pudiste con él? – Tom se rió de tal manera, que más bien parecía burlarse. Me quedé de piedra. ¿Cómo era capaz de reírse de esa manera teniendo el labio roto, después de una pelea? Yo salía, casi siempre, arrastrándome, alguna vez hasta llorando. ¿Cómo podía él salir sonriente de una pelea?

De repente, se puso serio.

-¿Por qué no me has contestado a los mensajes? – preguntó. Entrecerré los ojos, bajando la mirada. Aparté la mano de sus labios.

-Me han echado de clase porque me han pillado el último mensaje. – vi como sus labios se curvaban y su pecho se hinchaba, como si estuviera conteniendo el oxígeno para no soltar una tremenda carcajada. – No le veo la gracia.

-Yo tampoco.

-¿De que te ríes entonces? – me agarró una mano súbitamente y tiró de mí. Al notar nuestros labios tan cerca, pensé que me besaría y cerré los ojos, ansioso, pero en vez de sentir su lengua penetrar en mi boca, su mano se hundió en mi pelo y presionó hacía abajo hasta hacerme resbalar. Mi cabeza se hundió en el lavamanos, lleno de agua congelada. Pataleé y a causa de la sorpresa, tragué agua. Intenté quitármelo de encima, apoyé las manos, intentando emerger y respirar. Por un momento pensé que quería ahogarme cuando volvió a tirar de mi pelo hacía arriba y mi cabeza emergió del agua congelada, que empezó a descender como gotitas heladas por el interior de mi camiseta, por mi cuello, por mis brazos, por mi pecho y espalda, por toda mi cara. Empecé a toser.

-Lo siento, muñeco.

-¿Qué coño… cof… haces? – murmuré, sin parar de toser, casi atragantándome al soltar esas palabras. Mi hermano ni se inmutó, ni me soltó el pelo. Tiró con más fuerza de mí hacía atrás, provocándome un jadeo de dolor. Sentí su barbilla sobre mi hombro y su cuerpo enteramente pegado a mi espalda. Dios… sabía lo que iba a venir ahora.

-Te voy a dar mi primer consejo como hermano mayor. – me besó levemente la mejilla. Apreté las manos sobre el lavamanos y cerré los ojos con fuerza. – Modera el uso de la laca. Estás mejor con el pelo liso… no… - me hizo descender un poco la cabeza y mis ojos pupilas quedaron clavadas en el espejo que tenía frente a mí. – Definitivamente, con el pelo mojado estás mucho… más sexy. – sus ojos estaban clavados en mi a través del espejo y… joder. Me estaba mirando de una forma tan guarra, que me entraban ganas de gritarle que me empotrara contra el espejo y que me follara fuerte y, por la forma en la que se inclinó sobre mi cuerpo hacía delante, pegándola a mi trasero, pensé que no tardaría en hacerlo. Ladeé la cabeza hacía la suya levemente. - ¿Qué haces? – preguntó, apoyando la frente en el lateral de mi cabeza. Su aliento chocó contra mi oído, suspirando, y le vi cerrar los ojos a través del espejo, tomando aire con la respiración entrecortada.

-Bésame. – sus labios rozaron mi cuello.

-¿Qué?

-Quiero que me beses, Tom.

-Te ha dado fuerte lo que dije eh… lo de que haría lo que me pidieras… - no estaba dispuesto a aguantarme más. Tiré de una de sus rastas hacía mí y nuestras bocas encajaron a la perfección. Rodeó con uno de sus brazos mi cuello, soltándome el pelo mojado y aferré mis manos a él mientras sus labios se movían sobre los míos con tanta ansia y necesidad, que pensé que me devorarían. Abríamos y cerrábamos nuestros labios sobre los contrarios, de una manera tan húmeda y fogosa, con tanta intensidad… nuestras lenguas penetraban en la boca del otro casi de forma violenta. Sentía su saliva pasar a formar parte de mi boca y me encantaba la manera en la que me agarraba y besaba. Introdujo una de sus manos por el interior de mis pantalones.

-¡Oh, Tom! – mi grito rompió el ritmo de nuestro beso y sus labios se detuvieron cerca de mi comisura mientras sentía como cerraba sus dedos sobre la base de mi miembro, agarrándolo con firmeza. Dejé mi cabeza apoyada sobre su hombro, empezando a desabrocharme yo mismo los pantalones y con la otra mano, me agarró de la cintura y tiró de mí hacía atrás, provocando que mi trasero chocara contra su pelvis. Noté a través de mis boxer, su pene completamente duro acariciar mi trasero. Deseé que me arrancara los boxer él mismo y, en lugar de eso, empezó a masturbarme fuertemente bajo los boxer. Me deshice en gemidos escandalosamente y Tom intentó acallarlos vanamente dándome leves y pequeños besos.

Yo explotaba en su boca cada vez que sentía como se restregaba con fuerza contra mi trasero y nuestras lenguas acababan unidas cada vez que abría la boca para gemir, cada vez que aplastaba la punta de mi miembro con el pulgar. El pelo dejó de ser la única parte de mí que se hallaba completamente mojada.

De repente, nuestras respiraciones entrecortadas se ahogaron en nuestras gargantas cuando el timbre que daba por finalizadas las clases llegó hasta nuestros oídos. Los dos nos miramos con los ojos muy abiertos, momentáneamente paralizados.


-¿Qué… que hora es? – murmuré, muy cerca de sus labios aún.

-Serán sobre las… dos y media…


-La hora de irse a casa para los de hostelería. Esto va ha estallar en estampida. – soltó mi erección y sacó su mano del interior de mis boxer. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando se apartó suavemente de mí y las piernas me empezaron a temblar, pero en vez de alejarse y dejarme allí, esperando a que recuperara la lucidez, de repente, me abrazó con mucha fuerza, presionando mi cuerpo contra el suyo, apoyando su cabeza contra la mía.

-Billy… quiero acabar…

-¿Bi… Billy? Tom, tú… tú… ¡tú eres idiota! – me espachurró mas fuertemente entre sus brazos. - ¡Tom!

-Tú, ¿No quieres? – encogí el cuello, notando su aliento sobre él. Si quería, claro que si pero… no en ese sitio. Negué fuertemente con la cabeza, cerrando los ojos. Tom volvió a restregarse contra mi trasero y apreté los dientes. Sentí mi pene bien despierto palpitar en respuesta. – Yo creo que si. – abrí los ojos.

Tom me miraba a través del espejo con casi diversión. Mi cara estaba ruborizada, los labios entreabiertos, rojizos, los ojos brillantes, el pelo empapado con varios mechones sobre la cara.

-Esa carita de inocentón me pone mucho… muñeco. – me rendí.

Oía los gritos y las pisadas de las personas correteando hacía la puerta de entrada del edificio para salir y volver a casa. Lo oía todo, a mí lado, como si aquello sucediera en el mismo lugar en el que me encontraba y, en cierto modo era así. Sólo nos separaban de los demás una fina puerta. Una fina, pobre y mugrienta puerta de madera sin contar las cuatro finas paredes que nos rodeaban.


Rogaba por dentro por que a nadie le diera por entrar a mear a última hora y me pillaran así, inclinado hacía delante, con los pantalones y los boxer bajados hasta casi las rodillas y la camiseta empapada subida hasta las axilas. Mis manos apoyadas sobre el espejo de cristal, empañado por el vaho que emanaba de mi boca con cada gemido que intentaba acallar sin mucha suerte. Las extremidades me temblaban y sentía mi pene a punto de estallar, sacudiéndose levemente por cada movimiento que hacía, de atrás hacía delante, hinchado, duro y tieso. La punta humedecida.

No aguantaría mucho más, la erección me mataba de placer y gusto.

Tom… Tom me agarraba firmemente de la cintura con una mano, con la otra me estrujaba la nalga derecha hasta casi hacerme sentir como sus uñas quedaban plasmadas en ella. Podía ver su expresión a través del espejo, ruborizado, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos mientras me penetraba, al principio despacio, con cuidado, luego, con tanta rudeza y fuerza que en más de una ocasión, me había estampado contra el cristal… y esa brusquedad era el colmo de la excitación.

No entendía que era lo que le ponía tan burro de mí hasta hacerle perder los papeles de esa forma, pero tenía una cosa clara… me encantaba.

-To-Tom… - mis manos se escurrían por el cristal, dejando un rastro sobre la parte empañada. Tom estrujó con más fuerza mi trasero. Sentí sus escasas uñas clavarse en él y un pinchazo en la ingle me dejó ver que no aguantaría mucho más. Casi se me salían las lágrimas de puro gusto. – Tom… no puedo… - murmuré y yo mismo me sorprendí de la ronquera de mi propia voz. - ¡Ya, córrete ya! – y de nuevo, me estampó contra el cristal, acorralándome entre la frialdad del espejo y su sudoroso cuerpo pegado a mi espalda. La embestida fue brutal y grité su nombre con todo lo que me dieron los pulmones. Me había atravesado, me había reventado por dentro… no aguantaba más cuando sentí su mano apoderarse de mi miembro, estrujarlo y presionar con fuerza la punta. Me desesperé de inmediato.

-¡Tom! – le grité, esta vez de pura angustia al sentir como era incapaz de correrme, como estaba apunto de explotar y su mano no me lo permitía.

-Aguanta… - gruñó contra mi oído y me lo mordió. Su lengua lamiéndolo dentro de su boca me hizo estremecer y encoger el cuello. Sentí en lo más profundo de mí, humedad y me soltó el trasero. Encogí el cuerpo y cerré los ojos y entonces, no pude evitar gritar cuando me azotó con fuerza el culo. Me mordí el labio para evitar ponerme a gritar como un loco que volviera ha golpearme así, que no parara de hacerlo, pero no me lo permití a mí mismo, demasiado abochornado por dejar que me tocara de esa manera de nuevo, por dejar que volviera a penetrarme, a lamer y a acariciar cada poro de mi piel… por permitir que se corriera dentro de mí.

Apartó el pulgar de la punta de mi pene y arqueé la espalda, por fin, sintiendo como se me nublaba la mente, como explotaba y acababa corriéndome, derramándome por completo sobre el suelo del baño y parte del espejo quedaba impregnado por mí. Volví a gritar, inclinándome hacía delante. Las manos de Tom se aferraron a las mías sobre el espejo, entrelazadas con mis dedos y me aplastó con su cuerpo, pegándome por completo al cristal. Giré mi cara hacía un lado y cerré los ojos con la respiración agitada y el pecho moviéndose de arriba abajo.

Tom gruñó y gimió roncamente sobre mi hombro. Me embistió una vez más, sin dejar que me moviera un centímetro, con profundidad, restregándose contra mi espalda, provocando que me deshiciera en pequeños escalofríos de placer al sentir los marcados músculos de su torso sudoroso acariciarme la espalda.

-Uoh… - jadeé cuando su grande y grueso miembro se deslizó dentro de mí, hasta salir. Su semen se escurrió por entre mis piernas, mi trasero estaba totalmente empapado.

-¿Estás bien? – murmuró, apoyando la frente sobre mi hombro, suspirando, tomando aire a bocanadas.

-Si. – aparté la cara del cristal. Sus brazos aún me rodeaban y me mantenían firmemente sujeto contra el espejo. Lo primero que vi fue mi reflejo. Yo, ruborizado, despeinado y sudoroso. Tom, alzando la cabeza y clavando la mirada en mí, con expresión de cansancio, también sudando a chorros. Fue entonces cuando por fin, encontré nuestro parecido. Misma nariz, mismos labios, mismos ojos… - Oh, joder.

-¿Qué pasa? – preguntó él, casi alarmado.

-Somos iguales. – Tom se rió débilmente.

-A veces, suele pasar que los hermanos gemelos, se parezcan un poco. Pero casi nunca pasa ¡No, nunca!

-¡Idiota, si nos pareciéramos de verdad, esto nunca abría pasado! – Tom entrecerró los ojos, clavándolos siniestramente en el espejo.

-¿Te arrepientes?

-¡Si!... Bueno… no lo sé.

-Deberías. – tragué saliva, con el corazón de nuevo acelerado cuando me lamió la cara lascivamente y me mordió con suavidad la mejilla. Se apartó de mí, soltando mis manos. Me acarició la cintura con ellas y restregó sus labios húmedos sobre mi espalda. Temblé entre sus brazos… otra vez. – Ahora ya es tarde para arrepentirse.

Su mano me azotó de nuevo el trasero, con tanta fuerza que me hizo pegar un bote y voltearme, sobresaltado y dolido. Sentí mis mejillas arder al percatarme de que de nuevo, se me había escapado un gemido y él me miraba fijamente, riéndose de mí.

-Ya es tarde. Ahora eres mío. – en aquel momento, no era verdaderamente consciente del significado de sus palabras.

-¿Qué te pasa? – miré a Tom, varios metros por delante de mí, caminando por los pasillos de la universidad. Yo iba mucho más despacio que él y no precisamente porque me gustara.

-Nada.

-¿Nada? ¿Quieres imitar a una tortuga? ¡Muévete! – no le hice caso y giré la cara, indignado, caminando despacio hasta situarme a su lado. ¡Pero si era su culpa! – No será que… - sonrió, divertido. - ¿Te duele el culo?

-No… - me ruboricé. – Es… otra cosa.

-¿El qué? – me pregunté si debía contárselo o no. Quizás se burlaría de mí, no, seguro que lo haría pero… me sentía muy incómodo.

-¿Podrías llevarme a casa? – Tom alzó una ceja.

 

-¿Por qué? – encogí el cuerpo y junté las piernas, abrazándome el bajo vientre y dirigiendo mi mirada al suelo. Volvía a sentir calor, mucho, incluso algo de excitación, pero no tenía muchas opciones.

-Verás…

-¿Si?

-Es que… por lo de antes… - me incliné hacía su oído. Era bochornoso tener que decirlo pero tampoco podía aguantarme horas y horas en ese estado.

-¿Si? – repitió, en tonito sugerente. Intentaba hacerme rabiar con esa sonrisita irritante.

-Estoy… - tragué saliva. – Tom, por favor… sé que lo sabes.

-Si, lo sé, pero quiero que lo digas tú.

-¿¡Qué!? ¿Por qué?

-Porque me gusta esa jodida cara de, te lo ruego, que estás poniendo. – sería cabrón. Cerré los ojos y suspiré.

-Estoy mojado, húmedo, ¿entiendes? Quiero llegar a casa para poder ducharme, cambiarme de boxer y…

-¿Volver a repetir?

-¡No! ¡Llévame a casa! – Tom empezó a descojonarse en mi cara y yo tuve que tragarme mi cabreo. Volví a emprender la marcha, pasando olímpicamente de él, pasando por delante de la puerta de enfermería cuando esta, se abrió.

Mis ojos se clavaron entre espantado y sorprendido en el penoso estado de Sparky, saliendo de la enfermería, cojeando. Tenía pegados a la cara varios parches, uno que le tapaba toda la nariz, otro ocultándole el ojo derecho y otro en la mejilla. Su otro ojo estaba totalmente morado e hinchado y tenía varios cortes alrededor de los labios, el brazo derecho vendado y entablillados los dedos corazón e índice. El cuello morado y la ropa que llevaba puesta le estaba pequeña. En su mano buena sujetaba la ropa que le había visto puesta esa mañana, manchada de rojo, salpicada de sangre. Tragué saliva.

Eso… ¿Eso se lo había hecho Tom?

Sparky me miró con su único ojo bueno y palideció, encogiendo el cuerpo con expresión de dolor. Entonces me di cuenta de que no me miraba a mí, sino a Tom, a mi lado. Él le miraba con una mueca que no supe clasificar si de desprecio o de indiferencia.

-Vamos. Te llevaré a casa, anda. – me dijo, ignorándole por completo. Asentí con la cabeza, incapaz de hablar, shockeado. Intenté ignorar a Sparky al pasar por su lado, desviando la mirada. Cuantas veces me había hecho llorar ese maldito matón desde secundaria. Lo conocía desde entonces y nos odiábamos mutuamente, pero en aquel momento no pude evitar sentirme mal por él.

El sonido de un crujido me heló las venas. Me detuve y miré a Tom a mí lado, con gesto de tranquilidad total y, al suyo, Sparky, con las lágrimas patentes en su único ojo visible. Tom le estaba aplastando los dedos entablillados con la mano izquierda.


-¡Ah! ¡Aaahh! – gritó.

-Tom… - vi como se los doblaba y el crujido me hizo estremecer y temblar. - ¡Tom, para! – le agarré de la sudadera y le zarandeé. Sparky seguía gritando y doblaba el cuerpo con pesadez y dolor. – ¡Tom! – le agarré la cara con ambas manos, con fuerza y sus ojos se centraron en los míos escasos segundos antes de que los pusiera en blanco, soltando un suspiró de resignación.

Le agarró del brazo y lo empujó brutalmente contra la pared. Sparky se deslizó por ella hasta que su cuerpo dio contra el suelo y se encogió sobre si mismo, temblando de dolor.

-Estabas en mi camino. – fue la única explicación que le dio mi hermano antes de empezar a andar de nuevo, con total aplomo y parsimonia, por el pasillo.

Me detuve unos momentos mirando a Sparky fijamente. Él no alzó la mirada ni pronunció una sola palabra y por un momento tuve la tentación de agacharme y ayudarle a levantarse, pero no lo hice y corrí detrás de Tom, saliendo del edificio y dirigiéndome a los aparcamientos.

-¿¡Estás loco!? – le grité, furioso. - ¡Podrías haberlo matado!

-¿Qué dices? Eres un exagerado. – él seguía andando por entre los coches, dirigiéndose al Cadillac aparcado, sin mirarme.

-¡Tom, te has pasado!

-No lo he hecho, ese tío es idiota.

-¡Tom! – se detuvo frente a su choche, dirigiéndose a la puerta del conductor.

-Un escarmiento no viene mal de vez en cuando. Así se le bajan los humos y aprende a no meterse donde no le llaman. Una experiencia más.

-¡Tom, escúchame! – le agarré del brazo, demasiado cabreado como para dejarlo pasar y él me miró con la confusión dibujada en el rostro al verme tan enfadado.


-¿Por qué estás tan cabreado?

-Porque lo que has hecho es de bestias.

-Pues siento que te enteres de esta manera pero… soy un bestia.

-¡Eres un monstruo, Tom!

-Ya, ¿Y? – no me lo podía creer. Y se quedaba tan tranquilo. Apreté los puños, sintiéndome impotente y estúpido de repente. Tom me observó en silencio y vi como se apoyaba en el salpicadero del coche y, tras unos segundos de espera, alzó la mano hasta mi mejilla y me la acarició tiernamente. No era capaz de entender como la misma mano con la que había destrozado a Sparky podía acariciarme la piel con canta dulzura.

 

-Eres malo, ¿Sabes?

 

-Si. Lo sé. – se encogió de hombros. Me agarró de la cintura y lentamente, casi con cierto temor al rechazo, tiró de mí hasta que me situó entre sus piernas. Nuestras frentes se juntaron poco a poco.

 

-No lo entiendo, Tom. Yo no te veo así. No eres tan malo, no eres tan monstruoso como luego pareces. – mi hermano sonrió frente a mi rostro.

 

-Muñeco… yo soy malo. Lo soy. - Rozó con cariño su nariz con la mía, casi juguetón y me acarició el lateral del cuello con la mano. - ¿Aún no te has dado cuenta de que sólo soy bueno contigo? – esa respuesta me descolocó por completo.

-¿Sólo conmigo? ¿Por qué? – alcé la cabeza. Nuestras miradas se encontraron y una sonrisa siniestra se dibujo en su rostro. Pasó su lengua muy lentamente por mi mejilla, lamiéndola y no pude evitar cerrar los ojos, empezando a excitarme con es simple contacto, otra vez. Me estrujó el trasero con una mano, con fuerza. Jadeé.

-Te llevaré a casa, muñeco. – me mordí el labio inferior y no rechisté. Aún quedaba alrededor de un cuarto de hora para llegar a casa. Un cuarto de hora a solas con él en el que podría hacerle todas las preguntas que quisiera y podría tocarlo todo cuanto quisiera.

Sólo pensaba en estar con él, solo en eso y, aún no era consciente de las consecuencias que eso pudiera conllevar… y probablemente, no eran buenas.

 

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