-Tom…
- murmuré, con el cuerpo totalmente flojo. Notaba como él me sujetaba por la
cintura para que no cayera de bruces sobre el suelo.
-Diría
que eres gafe sino fuera porque has tenido la suerte de tenerme por hermano
mayor. – aún no era capaz de abrir los ojos, esta vez porque no quería. Me
acurruqué con más fogosidad entre sus brazos, notando como poco a poco, la
fuerza iba volviendo a mi cuerpo.
-¿Qué
ha pasado? – más o menos, me hacía una idea, pero no estaba seguro. En el
momento crucial, todo se volvió negro.
-Te
caíste. Te golpeaste la cabeza y te quedaste inconsciente. Por un momento pensé
que te habías matado, pero no. Tienes una cabeza muy dura. – una de sus grandes
manos se posó sobre el lateral de mi cabeza, haciendo una ligera presión. Me
solté enseguida, apartándome de él, llevándome las manos al mismo lugar que
había tocado, emitiendo jadeos de dolor.
-¡Ah,
mierda! ¿Qué es esto? – en ese momento abrí los ojos. Un bulto sobresalía de mi
cabeza. Me dolía el solo rozarlo y dando vueltas, tocándomelo para intentar
disimularlo, me percaté por primera vez de donde estaba. Miré a un lado y a
otro. Cubículos, azulejos, lavamanos. Estaba en uno de los baños de la
universidad. - ¿Qué hago aquí? – pregunté, confundido. Tom apoyó el cuerpo
sobre uno de los lavamanos, cruzándose de brazos. - ¿Me has traído hasta aquí?
-No
era cuestión de dejarte inconsciente en mitad del pasillo ¿No? Además, me
asusté mucho. No te movías ni un centímetro, te cogí en brazos y…
-¿¡En
brazos!? ¿Me-me cogiste en brazos? – tartamudeé, ruborizándome. Me imaginaba el
espectáculo que abría dado siendo paseado por la universidad en brazos por un
tío que nadie conocería aún, pero eso no pareció importarle. Se encogió de
hombros y sonrió.
-Pareces
un saco de huesos, pero pesas.
-Estás
loco.
-Te
repites mucho, muñeco.
-¿Por
qué te empeñas en llamarme…? – entorné los ojos, clavándolos en su cara. Algo
no cuadraba. - ¿Qué te ha pasado en la boca? – Tom se llevó la mano a los
labios, con expresión confusa. – Está hinchado - me acerqué, echándole un
vistazo por encima más detenidamente. Llevé mis dedos hasta su labio,
presionando ligeramente sobre el hinchazón. – Parece como si te hubieran pegado
un puñetazo. – Tom sonrió de oreja a oreja.
-Lo
han hecho. – alcé una ceja.
-¿Cómo?
– Ah, oh… joder. Hice una mueca con la boca.
-¿A
que viene esa cara?
-Sparky
¿no?
-¿Quién?
– puse los ojos en blanco.
-Los
que venían detrás de mí. Sparky y… los demás. – solté con tono despectivo,
puesto que no los conocía siquiera. No sabía mucho más aparte de que eran
amigos de Sparky.
-¿Se
llama Sparky? – preguntó él, reprimiendo una risita.
-No.
Así lo llamo yo. Él se llama… - intenté hacer memoria, pero finalmente me rendí
y negué con la cabeza. – No lo sé. Pero su hermana tiene un perrito muy mono
que se llama Kiki. Es un cachorrito así… - le mostré la medida que tenía más o
menos con las manos. – Y es una bolita blanca. A veces da vueltas para intentar
morderse la cola, pero como no llega, se enfada y me muerde si intento tocarlo.
– Tom me observaba con cara de pocker.
-¿Un
perrito que se llama Kiki?
-Si,
es muy gracioso pero tiene la manía de hacer caca en la puerta de casa.
-¿Y
a mi que me importa? – ladeé la cabeza.
-¡Eres
un borde!
-No.
Te estoy hablando de que me han pegado un puñetazo por protegerte y tú me dices
que el perrito Kiki es muy mono. No entiendo a que ha venido eso. – puse los
ojos en blanco, pensativo.
-Yo
tampoco. Me ha salido de lo más hondo. – Tom rió, negando con la cabeza
repetidas veces. Yo me encogí de hombros y volví a toquetear su labio inferior
suavemente.
-¡Ah!
– se quejó, sacudiendo la cabeza.
-¿Te
has peleado con Sparky por mí? – hasta ese momento no me había dado cuenta de
lo que eso significaba. Sparky era fuerte. Yo había probado sus puños más de
una vez, y Gustav, y Georg y Georg había acabado especialmente mal aun siendo
el único capaz de hacerle frente. Eso había tenido que doler. – No tenías que
haberte metido en medio.
-Tú
estabas tirado en el suelo y se te iban a echar encima, ¿Qué otra cosa iba a
hacer? Tampoco es que me supusiera un gran problema. – le miré con la boca
abierta.
-¿Quieres
decir que… pudiste con él? – Tom se rió de tal manera, que más bien parecía
burlarse. Me quedé de piedra. ¿Cómo era capaz de reírse de esa manera teniendo
el labio roto, después de una pelea? Yo salía, casi siempre, arrastrándome,
alguna vez hasta llorando. ¿Cómo podía él salir sonriente de una pelea?
De
repente, se puso serio.
-¿Por
qué no me has contestado a los mensajes? – preguntó. Entrecerré los ojos,
bajando la mirada. Aparté la mano de sus labios.
-Me
han echado de clase porque me han pillado el último mensaje. – vi como sus
labios se curvaban y su pecho se hinchaba, como si estuviera conteniendo el
oxígeno para no soltar una tremenda carcajada. – No le veo la gracia.
-Yo
tampoco.
-¿De
que te ríes entonces? – me agarró una mano súbitamente y tiró de mí. Al notar
nuestros labios tan cerca, pensé que me besaría y cerré los ojos, ansioso, pero
en vez de sentir su lengua penetrar en mi boca, su mano se hundió en mi pelo y
presionó hacía abajo hasta hacerme resbalar. Mi cabeza se hundió en el
lavamanos, lleno de agua congelada. Pataleé y a causa de la sorpresa, tragué
agua. Intenté quitármelo de encima, apoyé las manos, intentando emerger y
respirar. Por un momento pensé que quería ahogarme cuando volvió a tirar de mi
pelo hacía arriba y mi cabeza emergió del agua congelada, que empezó a
descender como gotitas heladas por el interior de mi camiseta, por mi cuello,
por mis brazos, por mi pecho y espalda, por toda mi cara. Empecé a toser.
-Lo
siento, muñeco.
-¿Qué
coño… cof… haces? – murmuré, sin parar de toser, casi atragantándome al soltar
esas palabras. Mi hermano ni se inmutó, ni me soltó el pelo. Tiró con más
fuerza de mí hacía atrás, provocándome un jadeo de dolor. Sentí su barbilla
sobre mi hombro y su cuerpo enteramente pegado a mi espalda. Dios… sabía lo que
iba a venir ahora.
-Te
voy a dar mi primer consejo como hermano mayor. – me besó levemente la mejilla.
Apreté las manos sobre el lavamanos y cerré los ojos con fuerza. – Modera el
uso de la laca. Estás mejor con el pelo liso… no… - me hizo descender un poco
la cabeza y mis ojos pupilas quedaron clavadas en el espejo que tenía frente a
mí. – Definitivamente, con el pelo mojado estás mucho… más sexy. – sus ojos
estaban clavados en mi a través del espejo y… joder. Me estaba mirando de una
forma tan guarra, que me entraban ganas de gritarle que me empotrara contra el
espejo y que me follara fuerte y, por la forma en la que se inclinó sobre mi
cuerpo hacía delante, pegándola a mi trasero, pensé que no tardaría en hacerlo.
Ladeé la cabeza hacía la suya levemente. - ¿Qué haces? – preguntó, apoyando la
frente en el lateral de mi cabeza. Su aliento chocó contra mi oído, suspirando,
y le vi cerrar los ojos a través del espejo, tomando aire con la respiración
entrecortada.
-Bésame.
– sus labios rozaron mi cuello.
-¿Qué?
-Quiero
que me beses, Tom.
-Te
ha dado fuerte lo que dije eh… lo de que haría lo que me pidieras… - no estaba
dispuesto a aguantarme más. Tiré de una de sus rastas hacía mí y nuestras bocas
encajaron a la perfección. Rodeó con uno de sus brazos mi cuello, soltándome el
pelo mojado y aferré mis manos a él mientras sus labios se movían sobre los
míos con tanta ansia y necesidad, que pensé que me devorarían. Abríamos y
cerrábamos nuestros labios sobre los contrarios, de una manera tan húmeda y
fogosa, con tanta intensidad… nuestras lenguas penetraban en la boca del otro
casi de forma violenta. Sentía su saliva pasar a formar parte de mi boca y me
encantaba la manera en la que me agarraba y besaba. Introdujo una de sus manos
por el interior de mis pantalones.
-¡Oh,
Tom! – mi grito rompió el ritmo de nuestro beso y sus labios se detuvieron
cerca de mi comisura mientras sentía como cerraba sus dedos sobre la base de mi
miembro, agarrándolo con firmeza. Dejé mi cabeza apoyada sobre su hombro,
empezando a desabrocharme yo mismo los pantalones y con la otra mano, me agarró
de la cintura y tiró de mí hacía atrás, provocando que mi trasero chocara
contra su pelvis. Noté a través de mis boxer, su pene completamente duro
acariciar mi trasero. Deseé que me arrancara los boxer él mismo y, en lugar de
eso, empezó a masturbarme fuertemente bajo los boxer. Me deshice en gemidos
escandalosamente y Tom intentó acallarlos vanamente dándome leves y pequeños
besos.
Yo
explotaba en su boca cada vez que sentía como se restregaba con fuerza contra
mi trasero y nuestras lenguas acababan unidas cada vez que abría la boca para
gemir, cada vez que aplastaba la punta de mi miembro con el pulgar. El pelo
dejó de ser la única parte de mí que se hallaba completamente mojada.
De
repente, nuestras respiraciones entrecortadas se ahogaron en nuestras gargantas
cuando el timbre que daba por finalizadas las clases llegó hasta nuestros
oídos. Los dos nos miramos con los ojos muy abiertos, momentáneamente
paralizados.
-¿Qué…
que hora es? – murmuré, muy cerca de sus labios aún.
-Serán
sobre las… dos y media…
-La
hora de irse a casa para los de hostelería. Esto va ha estallar en estampida. –
soltó mi erección y sacó su mano del interior de mis boxer. Un escalofrío me
recorrió el cuerpo cuando se apartó suavemente de mí y las piernas me empezaron
a temblar, pero en vez de alejarse y dejarme allí, esperando a que recuperara
la lucidez, de repente, me abrazó con mucha fuerza, presionando mi cuerpo
contra el suyo, apoyando su cabeza contra la mía.
-Billy…
quiero acabar…
-¿Bi…
Billy? Tom, tú… tú… ¡tú eres idiota! – me espachurró mas fuertemente entre sus
brazos. - ¡Tom!
-Tú,
¿No quieres? – encogí el cuello, notando su aliento sobre él. Si quería, claro
que si pero… no en ese sitio. Negué fuertemente con la cabeza, cerrando los
ojos. Tom volvió a restregarse contra mi trasero y apreté los dientes. Sentí mi
pene bien despierto palpitar en respuesta. – Yo creo que si. – abrí los ojos.
Tom
me miraba a través del espejo con casi diversión. Mi cara estaba ruborizada,
los labios entreabiertos, rojizos, los ojos brillantes, el pelo empapado con
varios mechones sobre la cara.
-Esa
carita de inocentón me pone mucho… muñeco. – me rendí.
Oía
los gritos y las pisadas de las personas correteando hacía la puerta de entrada
del edificio para salir y volver a casa. Lo oía todo, a mí lado, como si
aquello sucediera en el mismo lugar en el que me encontraba y, en cierto modo
era así. Sólo nos separaban de los demás una fina puerta. Una fina, pobre y
mugrienta puerta de madera sin contar las cuatro finas paredes que nos
rodeaban.
Rogaba
por dentro por que a nadie le diera por entrar a mear a última hora y me
pillaran así, inclinado hacía delante, con los pantalones y los boxer bajados
hasta casi las rodillas y la camiseta empapada subida hasta las axilas. Mis
manos apoyadas sobre el espejo de cristal, empañado por el vaho que emanaba de
mi boca con cada gemido que intentaba acallar sin mucha suerte. Las
extremidades me temblaban y sentía mi pene a punto de estallar, sacudiéndose
levemente por cada movimiento que hacía, de atrás hacía delante, hinchado, duro
y tieso. La punta humedecida.
No
aguantaría mucho más, la erección me mataba de placer y gusto.
Tom…
Tom me agarraba firmemente de la cintura con una mano, con la otra me estrujaba
la nalga derecha hasta casi hacerme sentir como sus uñas quedaban plasmadas en
ella. Podía ver su expresión a través del espejo, ruborizado, con los ojos
cerrados y los labios entreabiertos mientras me penetraba, al principio
despacio, con cuidado, luego, con tanta rudeza y fuerza que en más de una
ocasión, me había estampado contra el cristal… y esa brusquedad era el colmo de
la excitación.
No
entendía que era lo que le ponía tan burro de mí hasta hacerle perder los
papeles de esa forma, pero tenía una cosa clara… me encantaba.
-To-Tom…
- mis manos se escurrían por el cristal, dejando un rastro sobre la parte
empañada. Tom estrujó con más fuerza mi trasero. Sentí sus escasas uñas
clavarse en él y un pinchazo en la ingle me dejó ver que no aguantaría mucho
más. Casi se me salían las lágrimas de puro gusto. – Tom… no puedo… - murmuré y
yo mismo me sorprendí de la ronquera de mi propia voz. - ¡Ya, córrete ya! – y
de nuevo, me estampó contra el cristal, acorralándome entre la frialdad del
espejo y su sudoroso cuerpo pegado a mi espalda. La embestida fue brutal y
grité su nombre con todo lo que me dieron los pulmones. Me había atravesado, me
había reventado por dentro… no aguantaba más cuando sentí su mano apoderarse de
mi miembro, estrujarlo y presionar con fuerza la punta. Me desesperé de
inmediato.
-¡Tom!
– le grité, esta vez de pura angustia al sentir como era incapaz de correrme,
como estaba apunto de explotar y su mano no me lo permitía.
-Aguanta…
- gruñó contra mi oído y me lo mordió. Su lengua lamiéndolo dentro de su boca
me hizo estremecer y encoger el cuello. Sentí en lo más profundo de mí, humedad
y me soltó el trasero. Encogí el cuerpo y cerré los ojos y entonces, no pude
evitar gritar cuando me azotó con fuerza el culo. Me mordí el labio para evitar
ponerme a gritar como un loco que volviera ha golpearme así, que no parara de
hacerlo, pero no me lo permití a mí mismo, demasiado abochornado por dejar que
me tocara de esa manera de nuevo, por dejar que volviera a penetrarme, a lamer
y a acariciar cada poro de mi piel… por permitir que se corriera dentro de mí.
Apartó
el pulgar de la punta de mi pene y arqueé la espalda, por fin, sintiendo como
se me nublaba la mente, como explotaba y acababa corriéndome, derramándome por
completo sobre el suelo del baño y parte del espejo quedaba impregnado por mí.
Volví a gritar, inclinándome hacía delante. Las manos de Tom se aferraron a las
mías sobre el espejo, entrelazadas con mis dedos y me aplastó con su cuerpo,
pegándome por completo al cristal. Giré mi cara hacía un lado y cerré los ojos
con la respiración agitada y el pecho moviéndose de arriba abajo.
Tom
gruñó y gimió roncamente sobre mi hombro. Me embistió una vez más, sin dejar
que me moviera un centímetro, con profundidad, restregándose contra mi espalda,
provocando que me deshiciera en pequeños escalofríos de placer al sentir los
marcados músculos de su torso sudoroso acariciarme la espalda.
-Uoh…
- jadeé cuando su grande y grueso miembro se deslizó dentro de mí, hasta salir.
Su semen se escurrió por entre mis piernas, mi trasero estaba totalmente
empapado.
-¿Estás
bien? – murmuró, apoyando la frente sobre mi hombro, suspirando, tomando aire a
bocanadas.
-Si.
– aparté la cara del cristal. Sus brazos aún me rodeaban y me mantenían
firmemente sujeto contra el espejo. Lo primero que vi fue mi reflejo. Yo,
ruborizado, despeinado y sudoroso. Tom, alzando la cabeza y clavando la mirada
en mí, con expresión de cansancio, también sudando a chorros. Fue entonces
cuando por fin, encontré nuestro parecido. Misma nariz, mismos labios, mismos
ojos… - Oh, joder.
-¿Qué
pasa? – preguntó él, casi alarmado.
-Somos
iguales. – Tom se rió débilmente.
-A
veces, suele pasar que los hermanos gemelos, se parezcan un poco. Pero casi
nunca pasa ¡No, nunca!
-¡Idiota,
si nos pareciéramos de verdad, esto nunca abría pasado! – Tom entrecerró los
ojos, clavándolos siniestramente en el espejo.
-¿Te
arrepientes?
-¡Si!...
Bueno… no lo sé.
-Deberías.
– tragué saliva, con el corazón de nuevo acelerado cuando me lamió la cara
lascivamente y me mordió con suavidad la mejilla. Se apartó de mí, soltando mis
manos. Me acarició la cintura con ellas y restregó sus labios húmedos sobre mi
espalda. Temblé entre sus brazos… otra vez. – Ahora ya es tarde para
arrepentirse.
Su
mano me azotó de nuevo el trasero, con tanta fuerza que me hizo pegar un bote y
voltearme, sobresaltado y dolido. Sentí mis mejillas arder al percatarme de que
de nuevo, se me había escapado un gemido y él me miraba fijamente, riéndose de
mí.
-Ya
es tarde. Ahora eres mío. – en aquel momento, no era verdaderamente consciente
del significado de sus palabras.
-¿Qué
te pasa? – miré a Tom, varios metros por delante de mí, caminando por los
pasillos de la universidad. Yo iba mucho más despacio que él y no precisamente
porque me gustara.
-Nada.
-¿Nada?
¿Quieres imitar a una tortuga? ¡Muévete! – no le hice caso y giré la cara,
indignado, caminando despacio hasta situarme a su lado. ¡Pero si era su culpa!
– No será que… - sonrió, divertido. - ¿Te duele el culo?
-No…
- me ruboricé. – Es… otra cosa.
-¿El
qué? – me pregunté si debía contárselo o no. Quizás se burlaría de mí, no,
seguro que lo haría pero… me sentía muy incómodo.
-¿Podrías
llevarme a casa? – Tom alzó una ceja.
-¿Por
qué? – encogí el cuerpo y junté las piernas, abrazándome el bajo vientre y
dirigiendo mi mirada al suelo. Volvía a sentir calor, mucho, incluso algo de
excitación, pero no tenía muchas opciones.
-Verás…
-¿Si?
-Es
que… por lo de antes… - me incliné hacía su oído. Era bochornoso tener que
decirlo pero tampoco podía aguantarme horas y horas en ese estado.
-¿Si?
– repitió, en tonito sugerente. Intentaba hacerme rabiar con esa sonrisita
irritante.
-Estoy…
- tragué saliva. – Tom, por favor… sé que lo sabes.
-Si,
lo sé, pero quiero que lo digas tú.
-¿¡Qué!?
¿Por qué?
-Porque
me gusta esa jodida cara de, te lo ruego, que estás poniendo. – sería cabrón.
Cerré los ojos y suspiré.
-Estoy
mojado, húmedo, ¿entiendes? Quiero llegar a casa para poder ducharme, cambiarme
de boxer y…
-¿Volver
a repetir?
-¡No!
¡Llévame a casa! – Tom empezó a descojonarse en mi cara y yo tuve que tragarme
mi cabreo. Volví a emprender la marcha, pasando olímpicamente de él, pasando
por delante de la puerta de enfermería cuando esta, se abrió.
Mis
ojos se clavaron entre espantado y sorprendido en el penoso estado de Sparky,
saliendo de la enfermería, cojeando. Tenía pegados a la cara varios parches,
uno que le tapaba toda la nariz, otro ocultándole el ojo derecho y otro en la
mejilla. Su otro ojo estaba totalmente morado e hinchado y tenía varios cortes
alrededor de los labios, el brazo derecho vendado y entablillados los dedos
corazón e índice. El cuello morado y la ropa que llevaba puesta le estaba
pequeña. En su mano buena sujetaba la ropa que le había visto puesta esa
mañana, manchada de rojo, salpicada de sangre. Tragué saliva.
Eso…
¿Eso se lo había hecho Tom?
Sparky
me miró con su único ojo bueno y palideció, encogiendo el cuerpo con expresión
de dolor. Entonces me di cuenta de que no me miraba a mí, sino a Tom, a mi
lado. Él le miraba con una mueca que no supe clasificar si de desprecio o de
indiferencia.
-Vamos.
Te llevaré a casa, anda. – me dijo, ignorándole por completo. Asentí con la
cabeza, incapaz de hablar, shockeado. Intenté ignorar a Sparky al pasar por su
lado, desviando la mirada. Cuantas veces me había hecho llorar ese maldito
matón desde secundaria. Lo conocía desde entonces y nos odiábamos mutuamente,
pero en aquel momento no pude evitar sentirme mal por él.
El
sonido de un crujido me heló las venas. Me detuve y miré a Tom a mí lado, con
gesto de tranquilidad total y, al suyo, Sparky, con las lágrimas patentes en su
único ojo visible. Tom le estaba aplastando los dedos entablillados con la mano
izquierda.
-¡Ah!
¡Aaahh! – gritó.
-Tom…
- vi como se los doblaba y el crujido me hizo estremecer y temblar. - ¡Tom,
para! – le agarré de la sudadera y le zarandeé. Sparky seguía gritando y
doblaba el cuerpo con pesadez y dolor. – ¡Tom! – le agarré la cara con ambas
manos, con fuerza y sus ojos se centraron en los míos escasos segundos antes de
que los pusiera en blanco, soltando un suspiró de resignación.
Le
agarró del brazo y lo empujó brutalmente contra la pared. Sparky se deslizó por
ella hasta que su cuerpo dio contra el suelo y se encogió sobre si mismo, temblando
de dolor.
-Estabas
en mi camino. – fue la única explicación que le dio mi hermano antes de empezar
a andar de nuevo, con total aplomo y parsimonia, por el pasillo.
Me
detuve unos momentos mirando a Sparky fijamente. Él no alzó la mirada ni
pronunció una sola palabra y por un momento tuve la tentación de agacharme y
ayudarle a levantarse, pero no lo hice y corrí detrás de Tom, saliendo del
edificio y dirigiéndome a los aparcamientos.
-¿¡Estás
loco!? – le grité, furioso. - ¡Podrías haberlo matado!
-¿Qué
dices? Eres un exagerado. – él seguía andando por entre los coches,
dirigiéndose al Cadillac aparcado, sin mirarme.
-¡Tom,
te has pasado!
-No
lo he hecho, ese tío es idiota.
-¡Tom!
– se detuvo frente a su choche, dirigiéndose a la puerta del conductor.
-Un
escarmiento no viene mal de vez en cuando. Así se le bajan los humos y aprende
a no meterse donde no le llaman. Una experiencia más.
-¡Tom,
escúchame! – le agarré del brazo, demasiado cabreado como para dejarlo pasar y
él me miró con la confusión dibujada en el rostro al verme tan enfadado.
-¿Por
qué estás tan cabreado?
-Porque
lo que has hecho es de bestias.
-Pues
siento que te enteres de esta manera pero… soy un bestia.
-¡Eres
un monstruo, Tom!
-Ya,
¿Y? – no me lo podía creer. Y se quedaba tan tranquilo. Apreté los puños,
sintiéndome impotente y estúpido de repente. Tom me observó en silencio y vi
como se apoyaba en el salpicadero del coche y, tras unos segundos de espera,
alzó la mano hasta mi mejilla y me la acarició tiernamente. No era capaz de
entender como la misma mano con la que había destrozado a Sparky podía
acariciarme la piel con canta dulzura.
-Eres
malo, ¿Sabes?
-Si.
Lo sé. – se encogió de hombros. Me agarró de la cintura y lentamente, casi con
cierto temor al rechazo, tiró de mí hasta que me situó entre sus piernas.
Nuestras frentes se juntaron poco a poco.
-No
lo entiendo, Tom. Yo no te veo así. No eres tan malo, no eres tan monstruoso
como luego pareces. – mi hermano sonrió frente a mi rostro.
-Muñeco…
yo soy malo. Lo soy. - Rozó con cariño su nariz con la mía, casi juguetón y me
acarició el lateral del cuello con la mano. - ¿Aún no te has dado cuenta de que
sólo soy bueno contigo? – esa respuesta me descolocó por completo.
-¿Sólo
conmigo? ¿Por qué? – alcé la cabeza. Nuestras miradas se encontraron y una
sonrisa siniestra se dibujo en su rostro. Pasó su lengua muy lentamente por mi
mejilla, lamiéndola y no pude evitar cerrar los ojos, empezando a excitarme con
es simple contacto, otra vez. Me estrujó el trasero con una mano, con fuerza.
Jadeé.
-Te
llevaré a casa, muñeco. – me mordí el labio inferior y no rechisté. Aún quedaba
alrededor de un cuarto de hora para llegar a casa. Un cuarto de hora a solas
con él en el que podría hacerle todas las preguntas que quisiera y podría
tocarlo todo cuanto quisiera.
Sólo
pensaba en estar con él, solo en eso y, aún no era consciente de las
consecuencias que eso pudiera conllevar… y probablemente, no eran buenas.
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