-Eh… - aparté la pajita a
través de la que bebía el vodka, de mi boca, sobresaltado, encogiéndome por la
repentina corriente que recorrió mi columna vertebral cuando él posó la mano
sobre mi hombro. - ¿Estás solo? – nos miramos y se sentó a mi lado sin pedir
siquiera permiso. Me puse nervioso de inmediato.
-Eh… pues… - tragué saliva.
La persona que acababa de aparecer tenía voz grave, muy diferente a la mía. No
sé por qué ese hecho me sorprendió lo suficiente como para hacer que un sudor
frío me recorriera el cuerpo mientras me volvía para mirarle. Ropa enormemente
ancha, decir que era seis tallas mayores a la suya sería quedarse corto. Rastas…
no me gustaban las rastas, me parecía una forma dejada y sucia de llevar el
pelo, aunque a él le quedaran realmente bien. Piercing en el labio, mirada
clara y limpia, gorra… nunca me había cruzado con alguien así, no supe
clasificarlo. Sentí un ligero escalofrío cuando me observó detenidamente,
evaluándome con la mirada, de arriba abajo y finalmente, me miró a los ojos.
Contuve el aliento y acabó sonriendo. Era una sonrisa pícara y seductora que me
dejó helado.
El lugar donde estaba era el
típico sitio en el que te manoseaban el culo cada dos pasos y había tanta gente
a tu alrededor, que eras incapaz de saber quién había sido, por eso, en cuanto
se sentó a mi lado, me puse tenso.
Busqué con la mirada a alguien conocido. Gustav, Georg… no los veía por ninguna parte y el estómago se me encogió de horror.
-¿Qué haces aquí solo? – me
preguntó de nuevo el tío que se me había acercado. Tendría mi edad, eso me
relajó.
-No… no estoy solo. Estoy
con… unos amigos que… - volví a buscarles con la mirada. Seguía sin
encontrarlos. - … No están. Debería ir a buscarlos. – él se rió.
-¿Tienes prisa? Te invito a
algo…
-No, gracias.
-¿Por favor? Si te mueves
mucho de aquí, van a quedar gravadas las huellas dactilares de todo el pub en
tu culo. – me quedé pensativo. No tenía ganas de volver a ser manoseado por
todo el mundo mientras los demás se divertían a mi costa. Volví a sentarme.
-Vale. – me terminé el
vodka, incómodo. Él me miraba de reojo y en cuanto terminé mi vaso, ya tenía
otro delante. Mi nerviosismo aumentaba. - ¿Por qué me miras tanto?
-¿Sabes que mirado de
espaldas te he confundido con una chica?
-¿Ah, si?
-No te ofendas.
-No – mentí. – Si me has
confundido con una chica… no tienes que estar aquí…
-Quiero estar aquí. Chica o
chico me has llamado la atención. Si me fuera creo que aunque lo intentara ya
no podría apartar la mirada de ti. – bajé la cabeza. Sentía mis mejillas
enrojecer.
-Esto… yo no…
-¿Tienes novia?
-Hasta el invierno pasado…
si. – no debería haber contestado a eso o, quizás, debería haber dicho que
si.
-Interesante… - se formó un
profundo silencio. - ¿Y novio? – tosí cuando el líquido se me fue por el lado
equivocado a causa de la sorpresa, cortándome la respiración. Él me dio varios
golpecitos en la espalda intentando contener una gran carcajada y me encogí al
sentir su mano caliente sobre mi brazo desnudo. Saltaron chispas por ese simple
roce y apartó la mano enseguida, como si el contacto con mi piel le hubiera
dado calambre. Alzó una ceja, observándome con curiosidad y sorpresa.
Simplemente, acabábamos de
conectar. No había más historia.
-¿Cómo te llamas?
-Bill. – le había
contestado. Ya no había marcha atrás.
-Bill… tengo un hermano que
se llama Bill.
-¿Si? Yo también tengo un
hermano. No lo veo desde los cuatro años y viene mañana desde Stuttgart. –
abrió la boca con sorpresa. Parecía estar a punto de decir algo, pero
finalmente, se mantuvo callado y se rió.
-¿Desde Stuttgart?
-Si. ¿Por qué?
-Hum… - ladeó la cabeza. Por
un momento se tornó pensativo. – Por nada. – le di un nuevo sorbo al vodka, más
animado, pero igual de nervioso. - ¿Y no le ves desde los cuatro años?
-No. Mis padres se separaron
y mi padre se llevó a mi hermano y yo me quedé con mi madre. Es… como esa
historia en la que separan a los gemelos y no vuelves a saber más del otro…
-¿Sois gemelos?
-Si… o eso me han dicho. No
lo recuerdo bien. Solo recuerdo que éramos idénticos a los cuatro años y que
jugábamos con la arena del parque ha hacer castillos.
-Hum... Y no has sabido nada
de él desde entonces.
-¡Nop!
-Hum… ¿Y por qué de repente después de…?
-Quince años.
-¿Tienes diecinueve?
-Si. – sonreí. – Recién
cumplidos.
-Hum… que casualidad, yo
también. – murmuró, con cierta diversión - ¿Y por qué ahora viene desde
Stuttgart? Para… ¿verte? – puse los ojos en blanco y aparté el vaso vacío de
vodka de mí, girándome en el asiento para situarme de frente a él.
-Es una historia muy
larga.
-Tengo toda la noche por
delante. – sonreí. No solo habíamos conectado. Me gustaba.
-Se metió en un lío. Por lo
que me contó mi madre, insultó a un profesor, él le pegó y mi hermano se
defendió, pero se pasó. Le metió una paliza y después, cuando lo expulsaron de
la universidad, prendió fuego al coche del profesor, cabreado por eso de que le
expulsaran. Pasó la noche en comisaría y le acusaron de delincuente, porque no
era la primera vez que se metía en esas movidas. Iban a meterlo en la cárcel
pero mi madre es abogada y tiene buenos contactos. Pagó la fianza y pactó con
mi padre que se viniera aquí un tiempo, esperando que se le pegue algo de los
dos.
-Hum… - se tragó su bebida
de un sorbo, sin apartar su mirada de mí. – Tú hermano es chungo ¿no?
-Si. Y eso me da
miedo.
-¿Por qué? – no borraba esa
pícara sonrisa de la cara en ningún momento.
-Pues… imagínatelo. Mi madre
está casi veinticuatro horas fuera de casa. Le daría tiempo a amordazarme,
atarme, maltratarme y violarme, Uuuhhh, aparecerá mi cadáver en las
noticias.
-¡Jajajaja! – me reí con él.
La tensión había desaparecido. No había hablado con nadie sobre mi hermano y en
los cinco minutos que había estado charlando con él, me había quitado un peso
de encima. – Estás jodido ¿no?
-Sii, mucho. Por eso mis
amigos me han arrastrado hoy hasta aquí. Querían que ligara y me tirara a
alguien y… - me ruboricé. Él entrecerró los ojos con malicia. Se pasó la lengua
por los labios y se toqueteó el piercing con la puntita de la lengua. Encogí
las piernas bajo la mesa y por un momento tuve la tentación de llevarme la mano
a la entrepierna, intentando evitar lo inevitable.
Nunca me había pasado algo
así y no sabía que hacer. Nunca me habían interesado los tíos y, por supuesto,
no me iban para nada los rollos de una noche. Esa clase de cosas me repugnaban
pero… él me estaba mirando de una forma que hacía que todos mis principios
quedaran a un lado. ¿Debería dejarme llevar?
-Mis amigos también me han
arrastrado hasta aquí como… despedida. – tragué saliva al oír esa palabra.
-¿A dónde vas?
-Me mudo a Hamburgo y no los
veré en un tiempo.
-¿Aquí? ¿Te mudas
aquí?
-Si, aquí. Cerquita… - se
rió irónicamente y yo no le vi la gracia. – Puede que esta no sea la única vez
que nos veamos.
-Ah… no…
-¿Te gustaría volver a
verme? – suspiré. Sentí sus ojos clavados en mí, esperando una respuesta cuando
bajé cabeza, abochornado. Mi pelo oscuro y liso formaba una especie de cortina
negra que ocultaba mi rostro ruborizado de su penetrante mirada hasta que lo
apartó y lo colocó tras mi oreja. Las chispas volvieron a saltar, pero esta vez
no me sobresalté, sentí hormigueos que me hicieron estremecer de placer por
todo el cuerpo. – Debería irme… - noté su aliento chocar contra mi oído. Cada
célula de mi cuerpo se estremeció. - ¿Te vienes conmigo? – tragué saliva. Posó
su mano sobre mi muslo, cerca de la ingle y lo apretó con suavidad. Me levanté
casi de un salto del asiento, con el corazón bombeando la sangre que poco a
poco se iba acumulando en un único lugar. Ya ni siquiera me llegaba la
suficiente al cerebro como para pensar que aquello no era buena idea.
Me gustaba y en cierto modo,
sentía el deseo de probarlo, pero solo con él. Ni esa noche ni ninguna otra
abría aceptado la proposición de otra persona. Él era especial, nuestra efímera
conexión era especial, aunque eso no quisiera decir que fuera del todo
buena.
Me dejé llevar por el
instinto.
Él me agarró de la mano y me
fue guiando a través de la muchedumbre de personas apelotonadas en el pub. Yo
mantuve la cabeza agachada en todo momento, incapaz de alzar la mirada del
suelo. Estaba totalmente ruborizado y la cabeza me iba a estallar, al igual que
el corazón. Medio idiotizado, flotando en una nube oscura. Mi cerebro no paraba
de gritar que no era buena idea, pero yo quería, simplemente lo deseaba.
Ya que iba a pasar los
próximos meses y quizás años viviendo, probablemente, un martirio con mi
delincuente hermano pegado a mí, al menos, permanecería el recuerdo de esa
noche en mi cabeza, porque estaba seguro, quizás por el mismo instinto que me
hacía dejarme llevar, que esa noche la iba a recordar siempre.
Justamente cuando íbamos a
salir por la puerta, miré a mi derecha y vi a Gustav. Iba acompañado de una
chica, con un vaso en la mano y me miraba con los ojos como platos y la boca
semiabierta por la sorpresa. Desvíe la mirada y salí de allí de un salto.
Me soltó la mano una vez
fuera.
-¿Nervioso? Pareces haberte
congelado. - sonrió con una malicia que me puso el vello de punta, que me hizo
rozar con los dedos el colmo de la excitación. Ahora, fuera, bajo la luz de las
farolas, su rostro me pareció pura atracción. De hecho, casi me daba la
sensación de que me sonaba de algo, pero no alcanzaba a recordar qué
exactamente. Tenía la sensación de que conocía ese rostro de toda la vida.
-¿Pasa… algo? – preguntó, con tono preocupado, como si de verdad esperara que
me sucediera algo al verle a la luz.
-No, nada… es solo que… -
empezamos a caminar a través del callejón apenas iluminado. Los nervios
empezaban a provocarme ansiedad cuando me di cuenta de que no le conocía
absolutamente de nada. Cero. Y me había dejado llevar como si nada... Y ni
siquiera estaba preocupado. – Un… amigo mío me ha visto…
-¿Y eso es muy malo?
-No, no creo.
-Espero que no se piense que
voy ha hacerte cosas guarras. – soltó con ironía. Me reí, un poco nervioso. –
Ese es mi coche. – mi mirada se clavó en un enorme todo terreno, un enorme
Cadillac oscuro, medio camuflado en la oscuridad del callejón, aparcado,
solitario en plena noche. Tragué saliva.
-¿El Cadillac?
-Sip. – parecía muy
orgulloso de su coche. Anduve hacía él incluso con cierta ilusión. No me
gustaban los coches, no me llamaban la atención como a otros, pero eso era el
rey de los coches.
Miré el interior a través de
la ventanilla, pero estaba tintada.
-Es muy grande.
-No es lo único grande que
tengo. – cuando me di cuenta, sus brazos ya me habían encerrado entre su cuerpo
y el salpicadero del coche. Apoyé las manos sobre el capó, sorprendido. Me
temblaban los labios y una corriente de aire fría me congeló las piernas. Sus
labios rozaban los míos…
-Es… ¿La primera vez que
haces esto? – pregunté, tartamudeando. Él suspiró y se rió.
-Depende… en mi coche, si y
con un hombre, también. – ahora, de repente, empecé a sentirme cohibido, mucho.
El temblor se extendió por todo mi cuerpo y el simple contacto que sus labios
pretendían tomar con los míos me intimidó hasta hacerme retroceder. Mis rodillas
chocaron contra el salpicadero y caí hacía atrás. Mi espalda dio contra el capó
del coche y quedé medio tumbado sobre él. Oí su disimulada carcajada contra mi
oído y descendió su rostro hasta apoyar la frente sobre la mía. - No te pongas
nervioso, no rompería un muñeco tan bonito.
Muñeco…
A esas horas de la noche, en
pleno invierno, en un callejón oscuro, las temperaturas podrían llegar al menos
cero perfectamente y, como me hallaba en esos instantes, podría haber sufrido
una hipotermia y, seguramente, ni siquiera me abría dado cuenta. El calor
que me recorría la entrepierna y se extendía por todo mi cuerpo, me envolvía y
casi me hacía inmune al frío de la noche.
Su piercing rozando mis
labios cada vez que los movía intentando acaparar los míos más y más y más,
buscando más profundidad con su lengua dentro de mi boca. Se escurría por
ellos, jugueteaba con la mi lengua y rozaba con insistencia el piercing de mi
lengua cuando se separó, sonriendo. Noté un hilillo de saliva escurrirse por la
comisura de mis labios.
-Piercing. – se lamió los
labios. Era condenadamente sexy cuando hacía eso. Sentí la presión de mi
miembro erecto bajo mis pantalones. Casi me dolía.
Una de sus manos empezó a
colarse bajo mi camiseta. Estaba helada, la sentí brusca y ansiosa acariciando
mi piel, fría como un cubito de nieve, provocándome escalofríos placenteros.
Eché la cabeza hacía atrás, entreabrí los labios, deshaciéndome en suspiros y
vi el vaho provocado por mi aliento emanar de mi boca. Uno de sus dedos congelados
me rozó un pezón.
-¡Ah! – temblé. Sus labios
lo rodearon con la lengua casi al instante, haciéndome estremecer y apoyé las
manos sobre sus hombros, clavando las uñas al sentir sus dientes cerrándose
sobre él. - ¡Aaahh, no!
-¿No qué? – me pellizcó el
pezón contrario con fuerza. Una sensación que variaba entre el dolor y el
placer quedó atascada en mi garganta, deseando estallar en gemidos, pero antes
de que pudiera abrir la boca, él me la tapó con una mano, dejando caer por
completo su cuerpo sobre mí. Estallé en temblores con el contacto del frío capó
contra mi espalda desnuda. – No chilles muy alto. Estamos en la calle. – estaba
a punto de tener sexo en un lugar público con un desconocido y solo se me
ocurrió ruborizarme y cerrar la boca. Le hubiera golpeado y hubiera salido
corriendo… de no ser porque me estaba volviendo loco. No había otra explicación
a la locura que estaba a punto de cometer. No comprendía como podía dejarme
llevar de ese modo por una persona que acababa de conocer. Sus ojos, su sonrisa
y sus gestos me tenían completamente hipnotizado.
-Puedes tocarme si quieres,
no te voy a morder. – se burló de mi pasividad y entonces, me atreví a alzar
las manos hasta su cabeza. Sus rastas se enredaron entre mis dedos, su tacto no
era áspero, pero tampoco suave. Le quité la gorra con cuidado y juntó sus
labios con los míos levemente. Cerré los ojos y entreabrimos los labios,
dejando viajar nuestras lenguas a la boca del otro, compartiendo el aliento y
los suspiros ansiosos. Sus frías manos se posaron en mi espalda, acariciándola
con la yema de los dedos, provocándome escalofríos, descendiendo hasta dar con
mis pantalones. Atrapó mi labio inferior entre sus dientes y empezó a lamerlo y
a darle besos húmedos. Notaba mi entrepierna cada vez más dura y sus manos se
atrevieron a introducirse bajo mis pantalones, agarrando mi trasero con
fuerza.
Se separó unos segundos de
mí y se quitó la enorme sudadera, acalorado. Debajo llevaba una camiseta más
grande, pero cuando se inclinó de nuevo, me mordió la barbilla y su lengua
empezó a recorrer mi cuello hasta llegar a mi oído, lamiéndome el lóbulo
suavemente, noté los duros músculos de su abdomen restregarse contra mí en un
excitante movimiento, contra mi entrepierna.
-¡Oh, joder! – grité, sin
poder evitarlo. Se separó de mí, de repente y me observó fijamente, con una
seriedad que no le había visto hasta ese momento, como si se hubiera dado
cuenta de algo. Temí que se echará para atrás justo en ese momento. - ¿Qué… que
pasa? – murmuré. Vi el movimiento de su nuez al tragar saliva.
-Nada… - volvió a sonreír,
malicioso.
Sus manos empezaron a bajar
mi pantalón con un ansia que hizo latir mi corazón con fuerza. Entrecerré los
ojos. La vergüenza me invadió de repente y me deshice en temblores cuando quedé
casi totalmente expuesto al frío de la noche, totalmente expuesto a él. Estaba
demasiado excitado y mi miembro quedó tieso y duro frente a su mirada. Cerré
los ojos y él se rió.
-Estás muy duro. – murmuró.
Se separó un poco de mí y conseguí acurrucarme un poco, muerto de frío,
colocándome entre temblores la camiseta de nuevo. Mis ojos observaban como
empezaba a bajarse los anchos pantalones, lo justo para poder ver su miembro
tan erecto como el mío. Tragué saliva, aún más nervioso. - ¿Nunca has hecho
esto antes?
-¿E-eh? – tartamudeé. Me
castañeaban los dientes. – N-no.
-Estás temblando. – susurró.
Su frente se pegó a la mía. Sentía su aliento cálido contra mis labios helados
y empezó a darme pequeños besos sobre ellos. – Estás congelado. Joder… - Rodeé
su cabeza con mis brazos en ese instante, fuertemente. Todo su cuerpo acabó
sobre mí, haciéndome sentir su calor. Sus manos se entretuvieron acariciándome
por todos lados con tanta rudeza que hacía desaparecer el frío por su simple
contacto. – Lo siento. Que burro soy… - le oí murmurar contra mi oído y tiró de
mí suavemente. Las piernas se me doblaron cuando mis pies dieron contra el
suelo, casi haciéndome caer si él no me hubiera sujetado.
-N-no-noo… - me moví
débilmente, lo que me permitió el frío que me congelaba las piernas cuando me
cogió en brazos y me llevó a la puerta trasera de su coche. – Su-suéltame –
abrió la puerta y me soltó dentro, sobre los asientos de cuero.
-Espérame aquí. – y cerró la
puerta. ¿A dónde quería que fuera con solo las botas puestas, desnudo? Me
acurruqué allí, encogiendo las piernas y acariciándolas, intentando entrar en
calor. ¿Cómo había acabado en esa situación tan vergonzosa? Por lo menos en ese
pedazo de coche hacía mucho más calor.
Él entró por la puerta del
conductor y metió la llave en el contacto, encendiendo la calefacción. Salió de
nuevo y tras varios segundos, la puerta que había a mi lado se abrió. Entró y
me aparté, haciéndole un sitio. Llevaba en las manos la ropa que me había
quitado hacía varios minutos y su sudadera, la cual me puso por encima, tapando
mi desnudez.
-¿Mejor? – preguntó. Asentí
con la cabeza. – Te habías puesto azul. – sonreí. Por lo menos los dientes
habían dejado de castañearme. - ¿Quieres que te lleve a casa?
-¿Ya?
-Son las cinco de la mañana,
¿Tienes otros planes o… quieres seguir? – me miró esbozando una nueva sonrisa
pícara que me hizo ruborizar de nuevo. – Puedes vestirte aquí si quieres, no
miraré. – Me cubrí más con su sudadera, intentando disimular que a pesar del
frío, seguía completamente excitado. Olía a él. - ¿No quieres volver a casa?
-No es eso.
-¿Entonces?
-Nada… - quería estar más
tiempo con él - ¿Y tú qué?
-¿Yo?
-¿No quieres volver a casa?
– alzó una ceja, pensativo.
-No es eso. Te dije que me
iba a mudar por aquí, pero no tengo casa hasta mañana, así que hoy pensaba
dormir en el coche.
-Ah… - me acurruqué más en
la sudadera hasta que caí en que si yo estaba allí, él no podría dormir hasta
que me fuera – Esto… si quieres que me vaya para dormir solo…
-¡No, no! – su sonrisa era
encantadora – Si quieres quedarte a dormir esta noche… no tengo ganas de dormir
solo hoy, ahí fuera está muy oscuro. –hizo una mueca que me hizo reír. –
Además, fuera aún hace frío… aquí se está calentito.
-Si. – la sonrisa
desapareció de su cara y su expresión se volvió seria de nuevo. Empezó a
toquetearse el piercing del labio con nerviosismo.
-Si quieres… - se inclinó un
poco sobre mí, vacilando. – Aún tienes los labios azules…
-Aún están congelados,
necesitan calor. Aún tengo frío… - su mano se posó sobre mi mejilla,
acariciándola tiernamente, acercando sus labios a los míos de nuevo.
-Aún quiero jugar con mi
muñeco. – no entendía que quería decir con la palabra muñeco, pero no me
disgustaba del todo. De todas formas, no lo volvería a ver después de
aquello.
Nuestros labios se
fusionaron de nuevo, nuestras lenguas volvieron a entrar en contacto con más
ansia que antes. La sudadera acabó siendo aplastada por mi cuerpo desnudo
cuando se tumbó encima de mí sobre los asientos. Mis manos le quitaron la banda
que tenía sobre la frente y me deshice de un tirón de la goma que le ataba las
rastas, sin apartar un momento mis labios de los suyos.
Se separó de mí, agarrando
suavemente los brazos que le rodeaban el cuello, apartándolos de él. Dejé mis
manos caer a ambos lados de mi cabeza sumisamente, observando como se quitaba
la camiseta y la dejaba junto a mi ropa. Las rastas cayeron sobre su espalda y
pecho. La necesidad de acariciar esos músculos me azotó con fuerza.
-Engañas a las personas con
esa ropa tan enorme. – se rió, empezando a bajarse los pantalones de nuevo,
ansioso. Se desnudó sobre mí.
Nunca había pensado que
desearía tanto tocar a alguien y desear que ese alguien me tocara a mí.
-Quiero… quiero… - se
inclinó sobre mí, manteniendo una distancia prudencial entre su cuerpo y el
mío, entre su piel y la mía. Estaba suspirando ansiosamente y su cuerpo
empezaba a brillar a causa del sudor, del calor entre la calefacción y la
excitación.
-¿Qué? – tragué saliva – Aré
todo lo que me pidas. – cerré los ojos.
-Tócame. – sus manos ahora
estaban calientes y sudorosas. Eran callosas y bruscas pero su contacto me
gustaba y me excitaba. Me acariciaba el cuello y los brazos, la espalda y el
torso con una ternura inimaginable sin apartar los ojos de los míos. Dejó caer
su cuerpo por completo sobre mí, apoyando las manos en mi cintura,
acariciándola con los pulgares. Notaba nuestros miembros rozarse con cada
simple movimiento y los dos nos deshacíamos en gemidos. – Bésame.
Hacía mucho calor de
repente. Nuestros cuerpos estaban cubiertos por una capa de sudor. Mis manos se
entretenían en recorrer su espalda ansiosamente, casi arañándola. Las suyas no
soltaban mi trasero, agarrándolo entre sus manos. Nuestros labios se devoraban
mutuamente, nuestras lenguas no paraban de juguetear. Mis manos dejaron
olvidada su espalda y acabaron acariciando sus hombros, descendiendo hasta su
pecho.
-Le tenías ganas eh. – se
burló, separándose de mis labios, besándome el cuello y la mejilla. Me reí,
recorriendo su duro abdomen con mis dedos. Me mordió el cuello y con un
movimiento brusco, se restregó por completo contra mí. Gemí. Él soltó un gemido
ronco cuando agarré algo más duro que los músculos de su torso. – Si me tocas
ahí… me vas a hacer reventar.
-No es mala idea.
-Si reviento se acaba el
juego, muñeco. – mis manos volvieron a su cuello, nuestras frentes juntas,
nuestros labios rojizos debido a tantos besos.
-Revienta en mí. – su boca
entreabierta, tomando aire a bocanadas torció el gesto en una mueca
maliciosa.
-Ven aquí. – sus manos
acabaron en mi cintura, tirando de mí hacía arriba. Apoyé los antebrazos sobre
los asientos, levantando un poco la espalda y mi trasero quedo sobre sus
piernas flexionadas. – Muñeco…
El calor era intenso, los
latidos de mi corazón también.
-Házmelo. – me abandonaba
por completo a él. Por completo a un desconocido. Eso sonaba demasiado fuerte
para mí, algo imposible, algo que nunca haría, pero él… no era un completo
desconocido, era algo más…
Sino sabía que tenía para
provocarme tanto placer, lo que me hacía desear pasar esa noche con él, al
menos disfrutaría a su lado.
-¡Aaaahhh! – cuando me
penetró de golpe, grité. No resultaba agradable sentir que algo tan grueso y
duro se introducía en tu cuerpo con tanta brutalidad. Dolía. Se me saltaron las
lágrimas de puro dolor. Él me apretaba contra su cuerpo, yo arqueé la espalda
hasta que mi cabeza dio contra el asiento. Se movía, el dolor aumentaba. Apreté
los dientes, tragándome los gritos, esperando que terminara cuanto antes y de
repente, paró.
Abrí los ojos de nuevo,
húmedos y noté como me soltaba poco a poco sobre los asientos, de nuevo,
despacio, sin salir de mí.
-¿Por qué… paras? – su mano
se cernió sobre mi propio miembro, acariciándolo levemente. Me estremecí.
-Acaríciate. – mi mano
automáticamente se deslizó por mi cuerpo sudoroso con suavidad. Mi simple
contacto me ponía el vello de punta y sus ojos sin perderse detalle de cada
movimiento mío me excitaban hasta lo inimaginable. Nuestras manos se tocaron
cuando las dos se cerraron sobre mi pene erecto, una sobre la otra. Cada vez lo
sentía más duro.
Empezó a moverse sobre mí,
inclinándose por completo sobre mi cuerpo. Su respiración entrecortada se
mezcló con la mía, nuestros labios se rozaban con cada movimiento, compartíamos
el mismo aliento, el mismo cuerpo.
El dolor desapareció en el
mismo momento en el que nuestras manos se movieron de arriba abajo sobre mi
miembro, apretándolo con fuerza, al ritmo de las profundas embestidas que
empecé a recibir. Sentía calambrazos de placer recorriéndome la columna de
arriba abajo con cada estocada, por pequeña que fuera, con cada beso, con cada
caricia. Su abdomen se restregaba contra mi bajo vientre sudoroso, rozándome la
punta.
-No… puedo más… - me salían
gemiditos agudos de la garganta. Su voz se había vuelto más grave y ronca
contra mi oído.
-Dios… - le hoy susurrar.
Cerré los ojos. Tenía la mente en blanco y solo conseguí rodear su cintura con mis
piernas, empujando su pelvis con más fuerza contra mi entrada. Con mi mano
libre me agarré a su espalda, agarrando una de sus rastas, estrujándola entre
mis dedos.
Estábamos tan excitados y el
ritmo había empezado a ser tan brutal, que no lo soportamos mucho más.
Mi mano se impregnó de mi
propia semilla. Mi espalda se curvó y abrí la boca, incapaz de pronunciar
sonido alguno, ahogándome en mi propio placer, con la mente en blanco y el
corazón alocado. Sentí mi entrada humedecerse, repleta de su esencia. Apreté
los dientes con su última embestida que impulsó mi cuerpo hacía atrás. Le di un
tirón de las rastas y grité tan fuerte como me permitió la garganta. Oí su
gruñido grave contra mi oído y como estrujaba mi miembro entre su mano con
tanta fuerza que me hizo removerme bruscamente, con un ligero espasmo. Su
cuerpo cayó flácido sobre el mío.
Nuestros suspiros ahogados
eran el único sonido que rompía el absoluto silencio que se hizo entre
nosotros, intentando recuperar el aliento. Sentía mi cuerpo empapado en sudor,
el suyo en pleno contacto con el mío.
Estaba húmedo. No me
importaba.
Se me cerraban los ojos,
embriagado por el ambiente que me rodeaba y los brazos que me protegían. Pensé
que él se abría quedado dormido con la cabeza sobre mi pecho al sentirle
totalmente quieto y cerré los ojos. Su mano me apartó varios mechones de pelo
pegados a mi cara por el sudor. Sus labios me besaron la nuez.
-Muñeco…
-Hum…
-¿Quieres dormir conmigo lo
que queda de noche?
-Hum… - se rió.
-Te llevaré a casa. – se
apartó de mí. Entreabrí los ojos. Protesté con un gruñido y alcé los brazos,
esperando que se tirara sobre mí de nuevo. – El delincuente de tu hermano
aparecerá hoy.
-Me quieres echar.
-Quiero dormir. – me senté
enseguida.
-Lo siento. - cogí mi ropa
con la mano y sentí una ligera presión en el pecho con el movimiento. –
Perdona… - murmuré. Me acababa de dar cuenta de mi estúpido comportamiento y me
sentí humillado. – Me he tomado… demasiadas confianzas… - demasiadas para un rollo
con sexo. Un simple rollo con sexo.
Empecé a ponerme los boxer y
los pantalones rápidamente. Sentí la urgencia de salir corriendo en ese
instante. Tenía ganas de llorar.
-¿Sabes una cosa? – él
también se vestía, más lentamente, con más aplomo, observándome con esa sonrisa
de chico malo que me ponía el vello de punta – Me gustaría estar más tiempo
contigo, aunque no lo parezca. He disfrutado mucho. – bajé la cabeza,
poniéndome la camiseta. Estaba avergonzado. Me agarró un mechón de pelo y se lo
llevó a los labios. El corazón, otra vez… – Han sido muchas noches y esta, ha
sido la más especial. – tragué saliva.
Me soltó el pelo,
apartándomelo de la cara, situándolo tras mi oreja y salió del coche. Se sentó
en el asiento del conductor y me miró a través del espejo retrovisor.
-¿No vienes? Te llevaré a
casa, necesito que me guíes.
…-¡Bill! ¿Se puede saber dónde estás? ¡Hemos estado llamándote toda la noche! – tuve que apartarme el móvil del oído para que los gritos de Georg no me reventaran el tímpano. Hice una mueca de disgusto oyendo el eco de su voz a través del aparato sin acercármelo de nuevo y suspiré con los ojos en blanco, esperando pacientemente a que terminara el sermón para poder articular palabra.
-Georg, calla…
-¡Estábamos preocupados tío!
Gustav decía que te habías ido. Se ha puesto histérico. ¿Dónde coño
estás?
-Eeh… estoy de camino a
casa. – miré a través de la ventanilla, abierta. El aire me refrescaba un poco
las ideas y la mente. Lo necesitaba.
-¿A tu casa? ¡Pero si
estamos a las afueras! ¿Por qué no nos has esperado, por qué no nos dijiste
nada?
-Porque estabais ocupados
buscando un rollo con el que pasar la noche y a mí, me dejasteis solo. Por
eso.
-Bill… - hizo una pausa.
Suspiró. – Lo siento tío ¿Dónde estás? Iremos a buscarte.
-No hace falta. Ya… voy en
coche. Me llevan a casa. – le miré de reojo, concentrado en la carretera, pero
sabía que estaba escuchando. No se porque, lo sabía.
-¿Te llevan a casa? ¿Quién?
-Pues…
-Gustav quiere hablar
contigo. – tragué saliva.
-No tengo ganas de hablar,
estoy cansado.
-Pero está…
-Me da igual. Estoy bien, no
os preocupéis. Mañana os llamaré si así os quedáis más tranquilos.
-Hum… vale. ¿Seguro que
estás bien?
-Estupendamente.
-¿Y quien te lleva a casa?
Será alguien de confianza ¿no? – puse los ojos en blanco.
-Claro. Es de
confianza.
-Vale. Buenas noches
entonces y… tío, ¡Cuando llegues dame un toque o no puedo dormir tranquilo! ¡Hazlo!
-Vaaaale mami. Yo también te
quiero. – colgué.
-¿Eran tus amigos?
-Si. – desde que había
arrancado, se había formado un tenso silencio y yo no podía estarme quieto y
callado al mismo tiempo, era superior a mis fuerzas. – Son buenos, un poco
burros y salidos, pero buenos.
-Y te han dejado solo en una
fiesta.
-Si… no… bueno,
técnicamente… pero no son malos…-Si fueran buenos amigos, hubieran impedido esto.
-¿Esto?
-Que yo te cazara. – tragué saliva.
-No es algo… malo. No es algo por lo que tenga que preocuparme. – sus labios se curvaron en una sonrisa. - ¿Verdad? – pregunté, inseguro. Su sonrisa se ensanchó.
-Claaaaaaro que no. Soy un tío decente que va a misa todos los domingos y que no se mete en líos… nunca.
Capté la ironía al momento.
-Es a la izquierda. – giró el volante y condujo varios metros más allá. – Es aquí. – frenó lentamente. No podía creerme que hubiéramos tardado tan poco en llegar. Me mordí la lengua. Quizás no hubiera estado mal que hubiera cerrado la boca. Nooooo, Gustav me cortaría los huevos al día siguiente, Georg le buscaría con un bate de béisbol hasta debajo de las piedras por engatusarme y mi hermano… mi hermano…
-Mi hermano… - observé la puerta de casa. Me pareció una casa embrujada, tétrica y oscura.
-¿De verdad tienes miedo de tu hermano? – se reía de mí y le di un pellizco en el brazo, haciéndome el enfadado.
-Claro que no. Estoy nervioso, se acabó. – suspiré. Ya era la hora.
Abrí la puerta del coche y salí por ella a paso lento, muuuuuy lento. No quería irme. Quería… quería… otra noche más… Pero él no me detuvo.
-Gracias por… traerme.
-Has sido un placer, muñeco. – sonreí. ¿Qué otra cosa podría hacer?
-Bueno pues… ya nos veremos por ahí.
-Muñeco… - me hizo un gesto con el dedo. Me incliné hacía delante antes de cerrar la puerta y él me agarró de la barbilla bruscamente y me dio un beso en los labios. Metió algo en los bolsillos de mi chaqueta, me soltó dándome un empujón hacía atrás con tanta fuerza que casi me hace caer sobre la acera. – Si tu hermano te causa muchos problemas, puedes llamarme. Lo mataré. – se rió con una maldad estremecedora y cerró la puerta.
Antes de que pudiera reaccionar, ya se había ido.
Me metí en casa, intentando hacer el más mínimo ruido para no despertar a mi madre. Eran las ocho de la mañana, ya había amanecido. Entré en la cocina para beber agua cuando vi que todo estaba exactamente como lo había dejado. Los platos sucios aún estaban en el fregadero, sin lavar. Todo estaba por medio. Mamá no había vuelto, seguramente abría pasado la noche con Gondon. Genial, más trabajo para mí.
Pero antes dormiría, si. Lo necesitaba.
Aún llevaba su sudadera puesta cuando entré en el baño, dispuesto a darme una ducha rápida antes de irme a la cama. Pero no lo hice. Cada fibra de mi cuerpo olía a él, lo sentía tan cerca.
Pensando en eso me eché sobre la cama, abrazando su enorme sudadera. Podría dársela. Podría llamarle con la excusa de que se me había olvidado devolvérsela y podríamos volver a vernos otra vez.
Me dormí.
Ni siquiera le había preguntado su nombre…
Bill! ¿Se puede saber dónde estás? ¡Hemos estado llamándote toda la mañana! – tuve que apartarme el móvil del oído para que los gritos de Georg no me reventaran el tímpano… otra vez.
-Buenos días, Georg. Se empieza por ahí.
-¡Te dije que me dieras un toque cuando llegaras! ¿¡Tan difícil es!?
-Me quedé dormido. Lo siento.
-¡Una mierda! ¡Quiero verte en el Dona dentro de cinco minutos!
-Hum… pues va a ser que no. ¿Para que quieres quedar tan de repente?
-¿Qué para que? ¡Detalles Bill, quiero detalles! Ayer mojaste ¿verdad?
-Hum…
-¿Verdad?
-Hum…
-Gustav me ha dicho que… ¡No! ¡Mamón! – oí un par de golpes y gritos. En ese momento, apoyé el móvil en el hombro y lo solté, sujetándolo con la barbilla mientras me dedicaba a lavar un plato a fondo.
-¡Aaahh! – restos de comida se me pegaron en la uña y sacudí la mano, asqueado, salpicándome el agua en la cara. Me estropeé el esmalte y algo de lavaplatos se me metió en el ojo, haciéndome sentir un gran escozor. Acababa de recordar porque nunca lavaba los platos en casa y prefería fregar o intentar hacer algo comestible para la cena.
-Bill, soy yo. – el móvil se me cayó al suelo mientras me restregaba el ojo con el brazo, intentando hacer desaparecer el escozor, pero lo único que conseguí fue llenarme el brazo de restos de rimel oscuro y estropearme el maquillaje.
-¡Joder! – me agaché de rodillas a recoger el móvil, que había ido a parar bajo la mesa de la cocina.
-¿Bill? ¿Bill estás ahí? – oí la voz de Gustav al otro lado de la línea. Agarré el móvil bajo la mesa y me lo llevé al oído de nuevo. Me golpeé la cabeza con la madera al intentar levantarme.
-¡Ah, mierda!
-¿Bill, estás bien?
-¡Si, si!
-¿Qué pasa, tío? -Nada. – me acaricié la cabeza, adolorido por el golpe. Las manos me olían al asqueroso lavaplatos que había estado utilizando hacía segundos. Tomé aire y pedí paciencia. – No puedo ir, Georg parece que no lo entiende, ¡Díselo!
-¿Por qué no puedes venir?
-Mi hermano… Mi madre ha ido a recogerlo y…
-Bueno, era de esperar, pero tenemos que hablar de lo de… ayer… - suspiré. – Bill, te vi.
-Ah.
-Tú también me viste a mí, no te hagas el tonto…
-Se lo has dicho a Georg?
-¿El que exactamente? Porque no tengo ni idea de lo que pasó. Tú estabas ahí, ese tío te había cogido de la mano y de repente… Bill, ¿Qué pasó anoche? ¿Lo conocías? ¿A dónde… fuisteis, para qué?
-Gustav… te lo cuento en otro momento ¿vale? Ahora viene mi hermano y mi madre y estoy estresado y… ya hablaremos…
-¿Estás bien? – por el tono grave de mi voz no lo parecía. Me dolía la garganta y tenía frío. Quizás tuviera un poco de fiebre. No sería de extrañar después de lo que hice en pleno invierno, en plena calle.
-Si. Ya nos veremos.
-Espera Bill… - colgué. No tenía ganas
de hablar. No tenía ganas de nada. ¿Qué me pasaba? Me había levantado pensando
en él y llevaba toda la mañana pensando en él y era imposible sacármelo de la
cabeza, ni siquiera sabiendo lo que se me venía encima con mi hermano.
Miré el móvil y me mordí el
labio. Ya había añadido el número que me dejó escrito en la hoja de papel que
me metió en el bolsillo a nombre de Él. Un nombre no muy acertado, pero puesto
que no sabía su nombre… tampoco iba muy desencaminado.
Tosí varias veces. Me subí
la cremallera de la chaqueta hasta arriba. Tenía mucho frío y me dolía el
cuerpo. Estornudé. Definitivamente, estaba enfermo.
Apoyé la mano sobre el suelo
para salir de debajo de la mesa, me lo encontré totalmente encharcado. Me había
dejado el grifo abierto y corrí a cerrarlo apresuradamente, volviendo a
golpearme la cabeza con el pico de la mesa durante el proceso y empapándome la
ropa de paso. Ahora tenía que volver a fregar el suelo y volver a ducharme.
Sentí la tentación de subir a mi cuarto y volver a meterme bajo las sábanas de
la cama, agarrar su sudadera, bajo la almohada, y acurrucarme en ella. Miré de
nuevo mi móvil.
Quería llamarlo. Me sentiría
mejor después de oír su voz y saber su nombre, estaba seguro… no me atrevía.
Quizás un poco más tarde…
Oí entonces como las llaves
de casa empezaban a abrir la cerradura desde fuera.
-¡Genial!
-¡Bill, cariño, ya hemos
llegado! – los gritos entusiasmados de mi madre me provocaron un ligero rubor.
Seguía llamándome cariño, cielo y tesoro incluso delante de mis amigos y ahora,
también delante de mi hermano. Ojala lo avergonzara de la misma manera a él,
así no me sentiría el único niño de mamá de los alrededores.
Suspiré y, nervioso y un
poco mareado, empecé a caminar hacía la puerta cuando pisé torpemente el charco
de agua que había a los pies del fregadero y me escurrí, cayendo de espaldas
hacía atrás, golpeándome de nuevo la cabeza.
-¡Joder, mierda!
-¡Cielo! – cuando me quise
dar cuenta, mi madre ya estaba frente a mí, agachándose mientras yo me
incorporaba con dolor de espalda. – Cielo ¿Estás bien?
-Si…
-Menos mal. – me pegó un
guantazo en el brazo en cuanto me encorve para levantarme, haciéndome perder el
equilibrio otra vez. Tuve que agarrarme a la mesa para no volver al suelo. -
¡Sabes que no me gusta que digas palabrotas!
-¡Mamá, me he caído, a sido
un acto reflejo!
-¡Bill, no me contestes!
Tom… - suavizó el tono de voz enseguida y su mirada se desvió hacía el umbral
de la puerta. – Siento esto pero no soporto que nadie diga palabrotas en mi
casa, por eso, si tienes por costumbre decirlas, no lo hagas aquí ¿De
acuerdo?
-Sin problemas.
Me quedé paralizado.
Completamente paralizado. Muerto. Los latidos de mi corazón eran lejanos, una
sensación angustiosa se lo tragó todo de un bocado. Un ligero pitido en mis
oídos me aisló de la realidad unos segundos.
-Cariño… - me sonrió mamá,
con la cara iluminada. Me pasó los brazos por los hombros, cariñosamente. –
Hace tantos años que no os veis… este es tu hermano, Tom. – dejé de respirar en
cuanto cruzamos miradas. Esos ojos que la noche anterior me habían mirado con
tanto deseo. Esos labios que habían recorrido cada centímetro de mi piel, esa
sonrisa, ensanchándose, ocultando tanta malicia.
Tom… mi hermano gemelo…
-Cuanto tiempo sin vernos…
Bill. – se dirigió a mí, con un tono ansioso y malvado. Sus labios susurraron
una palabra inaudible que solo yo pude escuchar.
Muñeco…
-Bill, cielo, tienes muy
mala cara, estás blanco… ¿Bill? ¿Bill? – todo se puso negro de repente. -
¡Bill, cariño!
Negro, negro, todo negro.
¿Mi hermano gemelo? ¿Él? ¿Y yo? ¿Un muñeco? ¿Su muñeco?
Dios, ¿Qué locura había echo
esa noche?
Caí con esa pregunta en
mente, sin respuesta. Negro, todo negro.
Su sonrisa…
¿En serio… me he convertido
en el muñeco de mi propio gemelo?
Supongo que viviré a partir
de ahora con esa pregunta en la cabeza.
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