sábado, 15 de febrero de 2014

Capitulo 8

 -¡Tom!

-¿Hum? – Tom estaba medio atontado viendo el baloncesto desde la cocina. Su actitud pasota me cabreaba, pero más lo hacía la de mi madre y Gordon, ocupando el sofá, mirándose como si en el mundo no existiera más que el otro, abrazados.

Joder, que cursilada y me daba más rabia aún tener que reconocer que en el fondo les tenía cierta envidia. Natalie y yo una vez fuimos así, casi me daba vergüenza recordar lo horriblemente meloso y cursi que era pero… estaba enamorado, ¿Qué se le iba ha hacer?

-¿Cómo se supone que tengo que sacar esto del horno sin quemarme? – miré a Tom, abriendo el horno y mirando el pastel de frutas de mi madre con mala cara, sin saber que hacer con él.

-Utiliza las manoplas.

-¿Manoplas?

-¿No sabes lo que son manoplas? – Tom miró de un lado a otro y agarró el delantal que mi madre había llevado puesto mientras hacía la cena. Me lo mostró con gesto interrogante. – No, eso no son manoplas. Es un delantal, burro. – alzó una ceja. - ¿Nunca has cocinado nada en tu vida?

-¡Claro que sí! Salchichas de lata, en el microondas.

Dios, ¿Cómo había pasado de Natalie a esto? Un… un…

-Quita anda. – me puse las manoplas y yo mismo saqué el pastel con extremo cuidado. Lo solté sobre la mesa de la cocina y sonreí con superioridad. – Así se hace.

-No me digas. ¿Te crees mejor que yo por saber sacar un pastel del horno?

-Tengo más experiencia culinaria que tú, sólo digo eso. – Tom se carcajeó mientras me quitaba las manoplas y sacaba los cubiertos. No le veía la gracia.

-Eres una jodida maricona.

-¡¿Qué?! - se cruzó de brazos, dirigiéndome una mirada de autosuficiencia y chulería irritable y se sentó sobre la mesa de un salto.

-Te gusta que te folle, ¿No? Que te de por culo un tío. Creo que es obvio.
 
-¡Una mierda! ¿Y tú qué? ¡Que te gusta tirarte el culo de tu hermano, pedazo de mamón! ¡Que no te cortaste un pelo en ir a por mí aún sabiendo que…!

-¡A mí no me amenaces con tenedores eh! – miré la mano que le alzaba, con los cubiertos agarrados fuertemente y los dejé sobre la mesa con lentitud.

-Tenía novia, hasta que tu llegaste todo era normal.

-¡Ja! Abría que ver a tu ex. – sería hijo de… le di la espalda, dispuesto ha hacerle tragar sus palabras y cogí el móvil, rebuscando por la galería de imágenes. Ju, aún tenía la foto que Natalie y yo nos hicimos en la playa en verano, cuando cogimos el bus y nos escapamos el fin de semana a la casa de veraneo de sus padres. Estábamos abrazados y en bañador en la orilla. Estaba guapísima y con la cabeza bien alta, se la puse en las narices a mi hermano.

-Esa es Natalie, mi ex. – sonreí al ver como la boca le llegaba al suelo al verla.

-¿Tu… ex? – asentí. Estaba orgulloso de ella, para que negarlo. – ¡Joder, que tetas! – me quitó el móvil de un manotazo - ¡Madre mía, como está la rubia!

-¡Tom, dame eso!

-¡Pero mira que piernas!

-¡Tom! – revoloteé a su alrededor, intentando quitarle el móvil, recibiendo empujones bruscos por su parte. - ¡Dámelo!
 
-¡Y tú te la tiraste! ¡No me lo puedo creer!

-¡AAhhh! ¡Idiota!

-¡Oh, no! ¡He borrado la foto! – me tiré literalmente a por él al oírle, arrancándole el móvil, mirando horrorizado como la foto de Natalie y mía había desaparecido.

-¡¿Qué has hecho?!

-No salías favorecido, Muñeco, créeme. Mejor así.

-¡No tiene gracia, Tom! ¡Era la única foto que tenía de ella! – Tom se toqueteó la gorra, pasota como él solo.

-¿Y qué? Es tu ex, ¿no? ¿Qué importa?

-¡Me importa, me importa mucho, eres un gilipollas! ¿¡Por qué has tenido que borrarla!? ¡Era mía!

-¿Tuya? – saltó de la mesa. Su típica expresión de niño malo me puso el vello de punta y al verlo acercarse con pinta de querer echárseme encima, retrocedí, concentrando la mirada en mi madre y Gordon acurrucados en el sofá. Ya era raro que no se hubieran enterado de nada de lo que andábamos gritando como para tentar a la suerte follando en la cocina como animales en celo.

-Tom, mamá está…

-¿Y qué? – abrí los ojos como platos cuando me agarró de las muñecas y me alzó las manos, acercando su cara a la mía. Me eché para atrás, con la vista fija en mi madre. Joder, ¡Que se iba a dar cuenta!

-¡Tom, eres un puto flipado! ¡Suéltame! – por unos momentos pensé que me haría caso al verle desviar la mirada a mamá.

-Y una mierda. – nada más lejos de la realidad. Empezamos a forcejear, empezó a empujarme lejos de la puerta del salón, hacía un rincón poco iluminado de la cocina. Por un momento casi tuve la tentación de ponerme a gritar llamando a mi madre, pero no lo hice. Tom era tan imprevisible y cabrón que era capaz de follarme encima de la mesa con nuestra madre delante.

Desde luego, vaya elemento con el que había llegado a parar.

-Tom… - bajé la voz. Una vez fuera de la vista de mis “padres” me daba miedo que fuera incapaz de parar y, sobretodo, que yo le siguiera el juego. ¡Coño, Tom arrasaba con todo mi jodido autocontrol! – Tom, que nos ven, joder.

-Me da igual. – aproximó su boca a la mía, sin soltarme las muñecas, pegándome por completo a la pared, acorralándome como un perro acorrala a una oveja y, con una fuerza de voluntad tremenda, eché la cara a un lado, esquivando sus labios. Tom se quedó parado unos segundos antes de zarandearme bruscamente.

-¡Oye!

-¡No me da la gana, gilipollas! A ti te da igual, pero a mí no. ¡No puedes ser tan animal como para no ver lo que hay a tu alrededor!

-Soy un animal y estoy cachondo, ¿Te lo explico a ladridos? – volvió a aproximarse a mí con intención de enganchar sus dientes en mi cuello. Alcé la pierna y rocé con la rodilla su erección.

-O te quitas o te la reviento de una patada. – Tom me miró con rabia contenida.
 
-Hijo de…

-¡Chicos! ¿¡Y la cena!? ¿¡Para cuando pensáis poner la mesa!? – sonreí triunfal al oír a mi madre desde el salón y nada me provocó más placer que ver la cara contraída de rabia de mi hermano.

-Aparta, negado culinario. – pero Tom no se apartó. Me apretó con más fuerza las muñecas hasta hacerme daño y provocar que un quejido saliera de mi garganta.

-Cuidado con hablar mucho de esa tal Natalie delante de mí. Ahora no eres suyo… ahora eres mío. – y me soltó. Me quedé paralizado unos instantes hasta que sentí un espasmo de placer y excitación total cuando su mano se cerró sobre mi entrepierna, apretándola con fuerza casi dolorosa.

-¡Oooh! – apreté los dientes, soltando aquel berrido. Agarré su mano y no sé como fui capaz de contenerme para no restregarme contra ella, quizás por la mirada de satisfacción y poderío con que me miraba Tom, con las mejillas ruborizadas. Me observaba fijamente con una extraña mezcla de enormes ganas de agarrarme, desnudarme y metérmela sin piedad hasta reventarme y una mirada repleta de admiración hacía algo, sorpresa.

Me la estrujó con más fuerza.

-Y sé que te encanta ser mío. – jadeó contra mis labios, mordiéndome levemente el inferior y entonces… me soltó. Precisamente cuando yo no quería que lo hiciera.

Sí, desde luego, como había acabado siendo Muñeco de un animal como ese era un misterio. Lo más jodido era que tenía razón, me gustaba serlo y que lo afirmara con tanta bestialidad.

Bill, eres un puto masoca enfermo.

-Tom ¿Te gustan los deportes? – mi hermano desvió la mirada del partido de baloncesto que se retransmitía por la tele y miró a mi padrastro, sin mucho interés. Ya estábamos los cuatro sentados a la mesa con un plato de pescado repleto de condimento delante, hecho al horno. Tom estaba a mi lado, con el tenedor en la mano. Era el único que no había probado bocado todavía.

-¿Los deportes? Si, bueno, algo…
 
-¿Se te dan bien? – Tom se encogió de hombros.

-Si, pero soy vago y jugar en equipo no es lo mío. Una vez jugué un partido de baloncesto oficial y… no, el quipo no es lo mío definitivamente.

-¿Por qué no? ¿No pasabas la pelota? No sabes compartir, hermanito. – le piqué, con cierto rentintín en la última palabra. Tom me sonrió con picardía.

-No me gusta compartir con nadie las cosas de mi propiedad, creo que ya lo sabes, hermanito. – me mordí el labio inferior. Eso iba por mí.

-¿Por qué no es lo tuyo el deporte en equipo? Da la sensación de que tienes buena coordinación. – observé con una mueca en la boca la pésima manera en la que Gordon intentaba ganarse a mí hermano como nuevo padre. A mí, prácticamente me tenía ganado. Me gustaba como padre, quizás porque no recordaba al mío y Gordon era un gran referente paternal para mí, un tío enrrollado y divertido, pero sospechaba que con Tom lo iba a tener un poco más difícil. - ¿Perdisteis el partido en el que participaste?

-Si… porque me echaron a los tres minutos. – miraba el pescado con una mueca de frustración con el tenedor en alto. Me costó varios segundos averiguar que Tom no tenía ni idea de cómo empezar a comer el pez, de cómo abrirlo, apartar las espinas y llevarse trocitos pequeños a la boca. Vaya, cuando hablaba de su negación culinaria no me refería a esto. ¡Si parecía que quería hacerle una autopsia al pez! ¿En que clase de sitio se había criado este hombre para ni siquiera saber coger los cubiertos adecuadamente?

-¿Te echaron a los tres minutos? ¿Por qué?

-Agredí a un jugador del equipo contrario. – entorné los ojos. ¿Por qué no me sorprende?

-¿Lo agrediste? – mi madre se llevo un vaso de agua a la boca, casi atragantándose al oír aquella confesión. Ella, abogada, fanática de la justicia, pobre. No sabía hasta que punto tenía un criminal metido en casa.

-Le rompí la nariz. Se puso en medio cuando iba a tirar a canasta. Me sacaron falta personal y directamente intentaron llevarme al banquillo… intentaron…

-¿Intentaron? – Tom puso los ojos en blanco. Notaba como empezaba a sulfurarse con el pescado.

-También agredí al árbitro cuando me sacó la falta, también al entrenador… y me echaron del recinto porque le prendí fuego a la mascota del equipo contario. – Gordon abrió los ojos como platos y tragó saliva. Contuve la risita y al ver a Tom casi empezar a cabrearse con la comida de pura impotencia ante su pescado, le di un codazo para que me mirara y empecé a abrir el mío, a pelarle la capa salada con el cuchillo y tenedor frente a sus ojos y a trocearlo con cuidado, llevándomelo a la boca. Le sonreí. Tom me devolvió la sonrisa, empezando a imitarme con cuidado.

-Vaya, que… interesante. – mi madre miró con mala cara a Gordon. El pobre hombre se había quedado de piedra.

-Si eso te parece interesante… mamá sabe muchas de mis experiencias en el terreno de la delincuencia. – por fin logró pelar el pescado y pinchó un trozo enorme, llevándoselo a la boca. Ups, lo iba a pasar mal con las espinas.

-Creo que ese no es un tema adecuado para hablar mientras cenamos.

-¿Por qué no? A mí me interesa. – interrumpí. La verdad es que la manera rebelde y maligna en la que se comportaba mi hermano me interesaba bastante. Me parecía… excitante, para que mentir.

-Claro, siempre puedes usarme de conejillo de indias para… - tragó saliva, con mala cara – tus aspiraciones a loquero. – tosió un poco, llevándose un vaso de agua a la boca. Sabía que lo iba a pasar mal con las espinas. – De hecho, estoy fichado ¿No te lo ha dicho tu madre?

-¿Fichado? ¿En serio? Uou, eres todo un criminal.

-Si. – y se reía. Hacía tres días un tío fichado me hubiera echado para atrás pero a estas alturas, ya no había forma de que algo me sorprendiera viniendo de mi hermano. Ni siquiera me sentía incómodo a su lado, de hecho, todo lo contrario.

-¿Qué hiciste? No habrás matado a alguien, ¿O sí?

-¡Bill!

-No, no he llegado tan lejos, pero poco me ha faltado y no a sido por falta de ganas.

-Guau. ¿Qué has liado entonces? ¿Violación, intento de homicidio, atraco a un banco? – mi madre me iba a asesinar con la mirada y Gordon intentaba comer sin atragantarse, manteniéndose al margen de la conversación, pero me daba igual. Estaba demasiado concentrado en Tom como para pararme a pensar en la reacción de los demás que, ciertamente, poco me importaba.

-Varios robos… - hizo una mueca. Soltó los cubiertos y se llevó una mano a la garganta. Sospeché que se le habían atascado las espinas bien hondo. – Allanamiento de morada, buscapleitos, agresión a varios agentes, grafittis, amenazas… constantes peleas. No recuerdo que más.

-Practicas pirómanas. – murmuró mi madre. Se le notaba no sólo tensa y enfadada, también avergonzada ¿Por qué? ¿Por qué Gordon estaba delante? Estaría pensando, vaya un regalito de niño. Nunca pensé que llegaría el día en que dijera esto pero… me daba igual. Crímenes por todos lados, no, no lo creía.

Tom no era tan malo, al menos no conmigo. Era… era diferente, eso sí, pero no malo. Desde que había llegado a Hamburgo no había hecho aún nada malo… salvo acostarse conmigo y deformarle la cara a Sparky, tampoco era tan grave ¿O sí?

-Pero para eso estás aquí, para moderar tu conducta agresiva y guiarte por el buen camino. Está claro que el lugar en donde te has criado ha influenciado muy negativamente en ti. Aquí estarás mejor. – habló mi madre con seriedad. Tom asintió con la cabeza, con una mueca de asco en la cara.

-Si, claro. Estoy seguro de que mi hermanito logrará quitarme el trauma de encima con su aplastante psicología. ¿Verdad, Bill? – sonreí. Joder, Tom estaba flipado. Se lo tomaba todo a cachondeo y cuando mi madre se ponía seria, más valía ir con cuidado.

-Supongo que el tener una madre también te irá bien. Criarte con un solo padre tan ocupado debió de ser duro y complicado. – tragué saliva, mirando alternativamente a mi madre y a Tom. Gordon hacía lo mismo, preocupado. Mamá se estaba metiendo en terreno pantanoso, un terreno que ni siquiera ella quería tocar y Tom… no sabía como reaccionaría Tom, pero no sería muy agradable si se metía con su padre. Lo entendería si lo defendía con uñas y dientes de las afiladas palabras de mi madre, pero… una vez más la actitud de mi hermano me hizo enmudecer.

-¿Ocupado? Si, claro, cargado de litronas de vino. Cargar con un padre borracho perdido a cuestas es mucho más fácil a como te lo ponen. Le das una botella de tequila y ya te lo quitas de encima, lo demás… es cuestión de aprender a cuidar de ti mismo. Además… sí que he tenido madre. – lo soltó todo de golpe, entre risas, como si hablara de un chiste malo.

Mi padre era alcohólico, lo sabía. Se sometió a muchas terapias sin mucho resultado y al final, mi madre, cansada de pagar las facturas y llevar la casa y a sus hijos sola hacía delante, decidió divorciarse. Mi padre, tristemente, accedió. El amor que había surgido entre ellos se ahogó con cientos y cientos de litros de alcohol pero mi padre no estaba dispuesto a desaparecer así como así y no volver a ver a sus hijos, pues iba a mudarse a Stuttgart y no podría venir cada dos semanas a vernos y cumplir con la custodia en vacaciones. La mejor solución que encontraron fue esa, separarnos.

No recuerdo si lloré, ni siquiera si sentí algo parecido al dolor. Esa etapa de mi vida estaba en blanco porque… según ciertas cosas estudiadas en psicología y otras tantas que Georg me había explicado, superiores a mis conocimientos, había dos opciones…


La primera, que de verdad me importó poco que mi hermano se fuera, cosa muy poco probable, ya que a esa edad los niños están muy ligados a las personas que los rodean y más si son tan cercanas como hermanos.

La segunda, mi mente experimentó tal dolor que esa etapa de mi vida quedó sepultada de la única manera permitida para un niño de cuatro años, el olvido.

En esa etapa de nuestra vida familiar, tanto mi madre, mi padre y yo, aunque no lo recordara, lo habían pasado francamente mal. Fruncí el ceño. Burlarse de eso no era divertido, además… ¿Cómo que ya tenía madre? Eso… no lo entendía, pero mi madre si parecía entenderlo y no le había sentado bien.

-Helem ¿no? – Tom sonrió abiertamente ante ese nombre. Me sonaba. - ¿Cómo está tu madrastra? – lo preguntó con toda la indiferencia que pudo aparentar y yo até cabos de inmediato. El contacto con mi padre había sido nulo desde que se fue de casa y no porque mi madre no quisiera que contactara con él, sino porque yo no había mostrado mucho interés. Así que mi padre se había vuelto a casar. Vaya…

-¿Mi madrastra? – Tom alzó una ceja y sin borrar la sonrisa de la cara dijo. – Muerta desde hace 8 años.

Joder.
-¿Mu-muerta? – mi madre tragó saliva. Se había puesto pálida. Gordon y yo bajamos la cabeza, aturdidos por la respuesta. – Dios mío.

-Hubo un accidente de coche. – fue la única explicación que dio mi hermano y todos nos sumimos en un intenso silencio durante varios minutos. Empezamos a comer de nuevo, desganados e incómodos.

-Vaya. Eso… debió de ser duro para ti, Tom. – miré a mi hermano. Ante mi mirada atónita, su expresión se convirtió en la viva imagen de la extrañeza.

-¿Duro por qué? – preguntó, como si la muerte de su madrastra le hubiera importado tan poco como la muerte de una rata sucia, tirada en medio de la calle. No pude más, esa frialdad me heló las venas y no sólo a mí. Mamá se levantó, con los ojos brillantes, blanca como un muerto.

-Se acabó la cena. – ninguno había terminado de comer. Lo mismo daba.

Se nos había quitado el apetito.

Gordon se fue enseguida. Le había oído preguntar a mi madre si quería que fueran a terminar de cenar por ahí o ir a ver una película o simplemente, si quería pasear con él para hablar sobre lo ocurrido. Mamá dijo que no. Creo… que tenía miedo de que Tom y yo nos quedáramos a solas.

-Bill, cielo, voy a la cama. No me siento bien y mañana tengo que levantarme temprano para…

-Está bien mamá. Yo recojo esto, no te preocupes. Buenas noches.

-Buenas noches, cariño. – me dio un beso en la mejilla y caminó hacía las escaleras.

 

-Buenas noches mamá. – pude ver claramente como mi madre se estremecía al pasar al lado de mi hermano.

 

-Buenas noches, Tom. – su voz estaba quebrada. Desapareció como un fantasma al subir las escaleras. Seguí lavando los platos, ignorando la presencia de Tom a mis espaldas, moviéndose silenciosa. Apreté con fuerza el esponjita con la que limpiaba los platos, llenándome de espuma el brazo.

 

-¿Cómo puedes tener tanta sangre fría en las venas? – le pregunté sin dirigirle la mirada.

 

-No entiendo exactamente porque os habéis puesto en tensión cuando he hablado de la muerte de Helem. No la conocisteis de nada, ¿no?

 

-No es eso lo que nos ha revuelto el estómago, sino la forma en la que has hablado de ella, como si te importara una mierda. ¿Qué pasa? ¿Acaso la odiabas?

 

-No.

-¿Era mala contigo o qué?

-No. Era buena, divertida, lista y me ayudaba ha hacer los deberes. – solté el plato ya limpio bruscamente sobre el fregadero, haciendo un ruido estridente y me volví a mirarle, con el ceño fruncido.

-La que hizo de madre en tu infancia murió y tú te ríes hablando de su muerte. Te ríes burlándote de tu pobre padre alcohólico, te ríes burlándote de tus crímenes, de estar fichado por la policía y, sobretodo ni siquiera pareces tener el menor remordimiento acostándote conmigo, con tu propio hermano. ¿De dónde mierda has salido tú? – por una vez no se rió. Su expresión se volvió más seria, más melancólica, casi se tornó arrepentida. Se acercó a mí lentamente.

-Muñeco, yo… vengo del infierno… porque soy el diablo. – y volvió a reírse en mi cara. Esa actitud me sacó de quicio y no le aguanté ni una más. Le arrojé a la cara la esponjita húmeda del lavaplatos hecho una furia.

-¡No tiene gracia, eres gilipollas! ¡Esta noche ni se te ocurra entrar en mi habitación! – le grité, echo una furia y sin atender a razones, salí corriendo hacía mi cuarto, con el corazón encogido.

-Muñeco… – ignoré su llamada y cerré la puerta de mi habitación en cuanto llegué a allí. Apoyé la frente en la puerta, jadeando. Estaba hecho un manojo de nervios porque no conocía a Tom.

Había hecho daño a mamá y ni siquiera parecía darse cuenta del dolor que causaba a su paso. Sus crímenes me habían parecido hasta divertidos mientras los mencionaba él pero ahora empezaba a darme cuenta de lo egoísta que yo era.

Tom podría arrasar todo lo que se le pusiera por delante sin remordimiento alguno, era un prototipo de futuro delincuente, posible asesino, la semilla de un monstruo crecía en él y yo… yo estaba a su lado y era inmune. Me había concedido inmunidad, a mí, cuando ni siquiera le importaba su propia madre o su padre. Me había concedido el poder de hacerle frente, de plantarle cara a mí. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Ni siquiera era capaz de controlarme a mí mismo, de controlar el deseo que me hacía sentir.

-¿Por qué yo, Tom? ¿Qué quieres de mí, puto maníaco? – apoyé el hombro en la puerta, suspirando. – Tom… - y abrí.

Tom me miró fijamente en cuanto abrí la puerta, plantado frente a mí, con una expresión que no sabía clasificar en su cara. No mostraba malicia ni amenaza ni nada parecido. Se quedó quieto unos segundos antes de avanzar hacía dentro. Me aparté y él entró en silencio. Cerró la puerta.

-¿Qué clase de monstruo eres, Tom? – él alzó una ceja e hizo una mueca con la boca.

-No tienes que preocuparte por eso. – dio paso hacía delante, acercándose más a mí y se quedó quieto, como pensando que debería hacer, que debería decir. Vi el movimiento de su nuez al tragar saliva y alzó una mano. Agarró la mía suavemente, casi con miedo, preparándose para alejarse si le rechazara, pero no lo hice. Su tacto áspero me hizo sentir una descarga eléctrica y como si mi corazón estuviese conectado a los electrones, empezó a palpitar tan fuerte que casi superaba el sonido de mi jadeante respiración. – Soy un monstruo peligroso, pero no debes preocuparte ni temerme por eso.

-¿Que no te tenga miedo dices? Cuando tú mismo lo admites…

-Precisamente por eso también admito que no tienes razones para temerme. Soy un monstruo peligroso, pero no para ti. – los labios empezaron a temblarme y mi respiración prácticamente se volvió entrecortada.

 
-¿Por qué no para mí? – Tom se tornó pensativo unos segundos, una pequeña sonrisa, sin malicia alguna, se dibujó en sus labios.

-Creo que eso tienes que averiguarlo tú.

-¿Yo? ¿Por qué?

-Soy su primer paciente, Doctor Kaulitz. Si puede conmigo, será el mejor psicólogo del mundo. – me reí, bajito.

-Entonces, si voy a tratarte, tendré que saber mucho de ti.

-¿Mucho?

-Sinónimo de todo. – Tom se mordió el labio inferior unos segundos.

-Son muchas cosas. – nuestras manos seguían unidas. Sentí como me acariciaba con el pulgar el dorso de la mano y como se me erizaba la piel por ese simple hecho.

-Hay mucho tiempo. – él no respondió. Los dos nos quedamos absortos mirándonos fijamente como dos idiotas sin decir una palabra. Me dio tiempo a sentir como las mejillas me empezaban a arder y como mi hermano se toqueteaba nervioso el piercing, paralizado.

-¿Quieres…?

 
-Tom, cada vez estoy más seguro de que eres un poco idiota además de delincuente. – alzó una ceja con cara de ¿Qué me estás contando? Y me puse a reír.

 
Negó con la cabeza.

 
-A la mierda las gilipolleces. – me agarró de la barbilla y al segundo ya había metido su lengua en mi boca y nuestros labios se movieron con ansia incontrolada. Otra vez perdía el control como un loco desesperado, otra vez me dejaba devorar como un animal indefenso. Si, si, si, ojala me devorara y no dejara de mí ni los huesos.

Le arranqué la gorra y la bandana de un tirón.

-¡Au! – se quejó el tiempo justo que dejé su boca libre para quitarme la camiseta y agarrarme a su rastras, tirando de ellas hacía abajo, obligándole a alzar la cabeza y recorriendo las comisuras de sus labios con mis labios húmedos a causa del magreo.

Cayó sobre la cama, conmigo encima bebiendo de su boca y apretándole bruscamente las rastas. Nos separamos con su lengua todavía unida a la mía, rozándolas fuera de la boca, con la saliva descendiendo por mí barbilla y la suya.

-¿Por qué siempre acabamos así? – pregunté, alzándome sobre su cuerpo y agarrando sus manos, situándolas directamente en mi trasero. Me lo estrujó fuertemente.

-Misterios de la vida. Quizás estemos destinados a acabar siempre así. – eché mi pelo hacía un lado de mi cuello observando su inmensa sonrisa de niño malo y volví a descender hasta su boca.

-Lo dudo mucho. Ahora… házmelo… con fuerza.

-¿Sin límites? – tomé una bocanada de aire y sonreí ampliamente.

-Reviéntame.

-Vas ha desear no haber dicho eso, Muñeco.

Supongo que fue en ese momento cuando oficialmente me convertí en Muñeco y, pese a todo, seguía sin verle nada de malo. Dejando a parte los pensamientos de que era mi hermano con quien me acostaba, obviamente, pero esos pensamientos eran fáciles de esquivar, pues me costaba trabajo ver a Tom como tal. Sólo era un hombre, bueno… mi hombre.

 
Tom no me consideraba su hombre, sino su Muñeco y yo, seguía sin ver la diferencia

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